Público
Público

Barcelona herida

Los minutos posteriores a un atentado son extraños, hay gente que corre, gente que camina porque piensa que lo que sucede no va con ella, y hay gente perpleja que mira, se detiene y se va. Crónica de esta tarde desde el centro de Barcelona.

Publicidad
Media: 2.78
Votos: 9
Comentarios:

Las imágenes del atropello en Las Ramblas de Barcelona. / EFE

“El Estado Islámico ha asumido la autoría del atentado de Las Ramblas”. Tendría que leerlo dos veces si no fuera porque acabo de llegar del centro de Barcelona, una ciudad que conozco y que sin embargo se ha llenado de situaciones que no conozco: cordones policiales, tiendas cerradas, grandes avenidas solitarias, turistas asustados y un aire de rareza en el que todo el mundo se mira pero nadie se dice nada.

Me acabo de dar cuenta de que no he pagado el agua que he pedido en la cafetería de plaza Universitat donde he estado encerrada, por protección, más de una hora. Cuando el peligro no se ve de cara, uno no acaba de percibirlo y eso es lo que me ha pasado. “Abridme que me quiero ir”, he dicho. “¿Irás para arriba?”, ha preguntado el camarero. De hecho solo se podía ir para arriba: todo el centro, desde plaza Universitat, Gran Vía y Urquinaona, está acordonado y es imposible pasar. El periodismo ha sido difícil hoy. ¿Cómo, entonces, se puede informar desde el lugar?

Pues se puede, porque desgraciadamente el atentado no es solo el momento de la sangre y la estampida. El atentado son los helicópteros que han sonado toda la tarde y el silencio sepulcral de una ciudad de moda que ha sido gravemente herida. La policía ampliando el perímetro de seguridad y pidiendo a la gente que “desaloje la vía pública” es una situación en la que una no sabe si correr o grabar -manía de periodista-. Y de vez cuando me escriben amigos, que me vaya, pero no me voy. Y siento calma al saber que hoy personas a las que quiero están de vacaciones bien lejos de Barcelona.

Los minutos después de un atentado son extraños, hay gente que corre intentando no dejar ver que querría correr más, hay gente que camina porque cree que lo que sucede no va con ella, y hay gente perpleja que mira, se detiene y se va. Luego están los que, con niños pequeños subidos al cuello o en el carrito, se posicionan el límite del cordón policial para poder ver…

En la cafetería encerrados, una turista de unos 50 me ha preguntado la nacionalidad de los atacantes. Sin saber aún ni siquiera el alcance del peligro que podíamos correr, con el coche de policía en el ventanal delante de nuestras narices, ella quería saber la nacionalidad de los atacantes. Lamento no haber tenido la fuerza suficiente para explicarle en inglés que eso no era lo importante, que el terror puede tener cualquier nacionalidad y la ignorancia también, a la vista estaba.

Mientras estábamos en la cafetería me ha llegado la información: 13 muertos. El watsap hervía de vídeos e informaciones de personas que tienen contacto privilegiado con cuerpos de seguridad y que saben todo antes que nadie. Pero un periodista debe tener cuidado con eso. De los vídeos recibidos, he filtrado y los más terribles ni los he visto. Con tal bombardeo uno a veces tiene que parar y pensar. “Abridme que me quiero ir”. Al final ha llegado, el nerviosismo y el corazón en un puño.

Han muerto personas que paseaban una tarde de agosto por mi ciudad, han muerto niños y niñas, y ahí el periodismo se funde con la vivencia, porque conoces demasiado esas calles, las has pateado mil veces y no puedes creer que haya llegado el terror aquí, a nuestra puerta.

Son las 11 de la noche y suenan los helicópteros. Hoy dormiremos con ellos y no estamos acostumbrados, confesémoslo. Vivíamos viendo de lejos el horror. Hoy nos sabemos heridos en nuestra realidad, en las calles que conocemos y en la ciudad que queremos.