Publicado: 12.10.2015 00:03 |Actualizado: 13.10.2015 19:00

FEMENINO PLURAL

Caddy Adzuba: “Todos los días tengo miedo, pero los disfruto porque no sé cuándo llegará mi fin"

Activista, periodista y premio Príncipe de Asturias de la Concordia, Adzuba ha vuelto a poner el foco sobre el conflicto en Congo, en el que 48 mujeres y niñas son violadas cada hora por los rebeldes, y asegura que a pesar de las amenazas que recibe, no dejará de luchar por la igualdad

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Caddy Adzuba, recogiendo el premio Príncipe de Asturias. AFP

La periodista congoleña Caddy Adzuba durante la entrega del premio Príncipe de Asturias en 2014. AFP

MADRID.- “Entran hombres armados en una casa y obligan a los hijos a violar a la madre. Si no aceptan, van matando uno a uno los miembros de la familia y finalmente, se llevan a los chicos que deciden dejar vivos a trabajar como esclavos en las minas”. Son las palabras de Caddy Adzuba, activista y periodista congoleña y premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014, que lleva años trabajando para denunciar el feminicidio que se está produciendo en la República Democrática del Congo (RDC), donde 48 mujeres y niñas son violadas cada hora.

Adzuba fue la protagonista del evento Woman4Change, organizado por la Fundación Esperanza Pertusa de la firma española Gioseppo, el pasado miércoles en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. El acto reunía a más de un centenar de mujeres influyentes para debatir sobre los retos conjuntos para lograr la igualdad de género.

“Si a la mujer no la viola el hijo, lo acaban haciendo ellos mismos o con armas. El objetivo es destrozar a la mujer”, así explicó la crueldad con la que actúan los rebeldes en la zona Este del Congo en una entrevista con Montserrat Domínguez, directora del Huffington Post. “Después de eso, con todas las heridas, tienen que caminar durante aproximadamente 12km para ir a la base del grupo armado. La atan a un árbol como a un animal durante dos días donde recibe tratos inhumanos”.

“Se cree que es una guerra de los congoleños, pero es una guerra debida al progreso tecnológico, por el coltán que procede del Congo”, asegura. Defiende que éste es el motivo por el cual continúa uno de los mayores genocidios que se han producido en la era moderna. Según ella, el coltán, un mineral presente en los smartphones, los portátiles y en otros dispositivos electrónicos, hace que empresas multinacionales estén interesadas, financien las armas y provoquen situaciones de guerra.



Las violaciones: una estrategia de guerra

‘¿Por qué se están violando a las mujeres y a niñas?’. Adzuba trata de explicarle que para hacer la guerra “hay que planificar” y que la violación no es más que otra estrategia que permite conseguir los objetivos de esta guerra.

En la RDC, “la mujer es la figura central de la familia y el país no puede existir sin la familia”. La estrategia ha ido enfocada a destruir las mujeres “de la forma más humillante posible”, aclara. Al violar a una mujer en su país, aparte de sufrir las lesiones físicas y los traumas psicológicos y emocionales que conlleva tal acto, la víctima queda totalmente aislada en la sociedad porque el tema del sexo en Congo es tabú. “Al ser violadas, las rechaza hasta su marido”, añade. Por lo tanto, de una manera muy simplificada, al destrozar a la figura central de la familia, que es a su vez la base de la sociedad, consiguen destrozar y controlar la sociedad y así, ganan la guerra.

Si llegan a sobrevivir, lo primero que se intenta es curar el cuerpo. “A algunas han tenido que intervenirlas unas diez o quince veces con cirugías”, sostiene Adzuba. El segundo paso es la terapia psicológica, y después la reinserción socioeconómica. Es en esta etapa de la recuperación en la que trabaja esta activista. Lleva más de cinco años ayudando a 150 mujeres que, según ella, dicen ya estar listas para comenzar “la ruta de la esperanza”. Dicha ruta consiste en dejar de ser víctima y pasar a ser protagonista de su cambio y tomar las riendas de su vida. Una de las mujeres con las que trabaja Adzuba pasó de estar encerrada en casa por la humillación y el temor al rechazo en su pueblo, a querer ser representante política de su municipio. “Ha sabido dejar de considerarse víctima y querer ser otra cosa”, explica la periodista.

“Cuando se dice que la mujer es el sexo débil nos equivocamos, si fueran hombres en lugar de mujeres, no hubiesen sobrevivido. Ha sido atroz. Nacer mujer en la República Democrática del Congo no es el peor sitio del mundo, sino el mejor porque es ahí donde la mujer tiene que demostrar y valorar su potencial”, zanja.

Ignorancia internacional sobre el conflicto

Adzuba trabaja para Radio Okapi, la emisora de la ONU en Congo y forma parte de la Asociación de Mujeres de los Medios de Comunicación (AFEM) que ha denunciado los casos de violencia sexual en Congo ante la Corte Penal Internacional y el Senado de EEUU a fin de que los líderes de grupos armados puedan ser perseguidos y juzgados algún día. “Antes trabajaba en la sensibilización como periodista en zonas de conflicto respecto a esta rama de violencia sexual y pedía a una pequeña parcela de poder que actuasen”. Fue entonces cuando entendió que el problema era la ignorancia de la comunidad europea sobre el conflicto. “No es un conflicto entre congoleños sin más” y señala a los occidentales como culpables de esta guerra.

Los objetivos de la activista son los siguientes: por un lado, pedirle al Gobierno crear un fondo para compensar a las víctimas de alguna manera. Y por otro, la creación de un Tribunal Internacional de Justicia para el Congo “porque hay muchos generales del ejército y políticos acusados de crímenes sexuales. Por eso ha de ser internacional”, insiste.

Las amenazas de muerte no pararán su trabajo

En 2009 le amenazaron de muerte varias veces. “Si no me mataron fue de casualidad. Hombres armados siempre estaban detrás de mí. Me tiraba al suelo y me venía una ráfaga de balas”. Por ello, decidió venir a Granada y quedarse en España. Duró tres meses y decidió volverse a su país porque en España sentía que no la necesitaban. Lo que quiere hacer para los suyos es dar ideas para el cambio y sabe que su lugar está ahí. “Cuando me amenazan vengo a Europa un tiempo y luego vuelvo y retomo el trabajo”.

No quiero ser ni heroína ni mártir, tomo medidas de seguridad. Como soy agente de la ONU tengo a los ‘cascos azules’ que pueden venir a casa para protegerme. Todos los días tengo miedo pero todos los días disfruto porque no sé cuándo llegará mi fin”, zanja.