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Un café para redimirse de las cicatrices del ácido en la India

La ONG Stop Acid Attacks fabrica y distribuye el café Sheroes Hangout, cuyos beneficios invierte en la regeneración, a través de integración social y la rehabilitación psicológica, de unas vidas que quedaron truncadas por el ácido

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Cuatro mujeres que participan en el proyecto Sheroes Hangout.

Cuatro mujeres que participan en el proyecto Sheroes Hangout.

AGRA (INDIA).- Existe un lugar en la ciudad india de Agra donde las cicatrices causadas por ataques de ácido parecen invisibles, donde las supervivientes se despojan del estigma físico y psicológico de un rostro desfigurado y comparten su traumática experiencia con la alegría de una nueva vida.

Sheroes Hangout no es un café al uso, es una especie de negocio convencional en el que nada lo es, un proyecto de la ONG Stop Acid Attacks (SAA, Parad los ataques de ácido) que no está destinado a obtener beneficios sino a regenerar, a través de integración social y rehabilitación psicológica, unas vidas que quedaron truncadas por el ácido.

Geeta, Neetu, Ritu, Rupa y la pequeña Dolly son cinco de esos casos que ejemplifican la lucha contra una lacra que se repite en la India de forma sistemática y que destroza la vida de jóvenes convirtiéndola en el calvario anímico de tener la cara desfigurada por el ácido.

Trabajan en la cocina en la preparación de alimentos, en la sala con los clientes o cargando escaleras arriba y abajo —los fogones están en el piso superior— con los pedidos, pero ninguna de ellas duda en contarle su historia a los comensales. "No me importa compartir mi historia con ellos, así la conocen y podrán compartirla con otra gente y generar conciencia sobre los ataques de ácido", afirmó Rupa, que monopoliza una de las paredes del local con su colección de vestidos multicolor, demostrando que, pese al ataque que sufrió en 2008, no va a dejar de lado su sueño de diseñar moda.

Junto a la colección de Rupa, las historias de superación de la joven pakistaní Malala, tiroteada por extremistas musulmanes por defender el derecho universal a la educación, o el expresidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz Nelson Mandela las acompañan en las estanterías del local, pobladas de lecturas como en cualquier café. Entre la literatura, una pantalla muestra un vídeo en el que cuentan, sin tapujos, lo que les ocurrió y cómo.

Son una pequeña muestra de lo que cada año sucede en la India, que comenzó a contabilizar este tipo de crímenes en 2013. En 2014 se registraron en la India 309 denuncias por ataques con ácido, de acuerdo con la Agencia Nacional india de Registro de Crímenes (NCRB), una cifra que, según SAA, es de entre 3 y 5 los casos por semana.

Los ataques son perpetrados sobre todo contra mujeres como venganza generalmente por relaciones sentimentales, la mayoría entre los 15 y los 20 años, y da paso a una dura y larga recuperación tras las operaciones y un costoso tratamiento que desde 2013 debe ser costeado de forma totalmente gratuita por el Estado.

La accesibilidad al producto, que se compra con la misma facilidad y precio que media docena de huevos —30 rupias (medio euro)— impide el control sobre quien quiera usarlo como un arma.

Pese a las intervenciones médicas, las secuelas físicas quedarán de por vida en forma de cicatrices, que el ácido deja en el rostro y que comúnmente se cubren las víctimas. "No porque les guste, sino porque las otras personas esperan que lo hagan", aclaró a Efe el director de proyectos de la ONG, Parth Sarthi.

"Solían vivir en sus casas, trataban de evitar salir a la calle y relacionarse con la gente, pero ahora son muy divertidas y hablan contigo como cualquier otra persona porque han conseguido entender que aunque su cara está desfigurada y su apariencia ha cambiado, no hay nada muy diferente a los demás", explicó Sarthi.

Dentro del colorido y alegre café que comparte ciudad con el Taj Mahal (norte) no hay caras tapadas. "Estoy sonriendo todo el rato porque estoy feliz. Antes solía estar triste y llorar todo el tiempo, nunca salía de casa", confesó a Efe Dolly, de 15 años y la superviviente más joven del local, con una bella sonrisa