Publicado: 28.03.2015 20:27 |Actualizado: 26.08.2015 19:01

Nada cambia en la frontera sur con
la 'ley mordaza'

Doce kilómetros de acero y cuchillas separan dos mundos. Al sur, “los negros”; al norte, una ‘cuarta valla’ de agentes. “Somos la última alambrada que tienen que superar para quedarse en España”, aseguraba la Guardia Civil antes de la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Ciudadana, que regula las devoluciones en caliente de inmigrantes, práctica habitual en Ceuta y Melilla

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Dos agentes de la Guardia Civil junto a la valla de Melilla. - JAIRO VARGAS

Dos agentes de la Guardia Civil junto a la valla de Melilla. - JAIRO VARGAS

MELILLA.- Noche de niebla, noche de salto. Esa especie de refrán provinciano con el que se podría predecir la lluvia es, en Melilla, una máxima que pone en alerta a activistas, periodistas y agentes de la Guardia Civil. Pero los refranes no siempre aciertan, y los GRS (Grupos de Reserva y Seguridad del Instituto Armado) que patrullan la valla las 24 horas respiran con cierta tranquilidad a media mañana de un miércoles.

Hoy no ha habido ningún intento de salto. "Nunca se sabe cuándo va a pasar. Depende de los marroquíes, que son amigos suyos cuando quieren", asegura uno de los 734 agentes destinados a vigilar los doce kilómetros del perímetro fronterizo que protegen la ciudad autónoma de "los negros". Despectivo o, simplemente, más cómodo, es el gentilicio preferido de buena parte de los melillenses para hablar de los inmigrantes subsaharianos que aguardan en los montes de Marruecos el día que cambie su suerte y consigan entrar en Europa.

"Nunca se sabe cuándo va a pasar. Depende de los marroquíes, que son amigos suyos cuando quieren", asegura un agente sobre los intentos de salto de la valla

Antes tienen que saltar tres vallas que, observadas con unos metros de distancia, convierten el aire en un elemento casi opaco. En algunos tramos hay concertinas cortantes que refuerzan las minúsculas celdillas de la reciente malla antitrepa. En medio, una maraña de cables de acero sobre la que no es recomendable una caída desde nueve metros. Tras un corredor despejado, se alza la última valla. Pero falta el obstáculo final: un cordón de agentes dispuestos a hacer bajar como sea a los encaramados.

A veces aguantan horas en lo alto de este limes de metal, hasta que sus fuerzas se agotan y son conducidos de nuevo a territorio marroquí por alguna de las puertas del enrejado. Aunque, contando a los agentes, en realidad son seis los obstáculos que deben sortear los subsaharianos. Marruecos ha levantado otra alambrada y ha cavado un foso de varios metros de profundidad que, cuando llueve, se inunda y cuyo fondo está lleno de cristales, según algunos activistas.



"Somos la última alambrada que tienen que superar. Cuando traspasan a la unidad de la Guardia Civil ya sí están en España, pero dentro de la valla, no. ¿Para qué estaríamos aquí entonces? La valla es sólo para que nos dé tiempo a llegar". Las declaraciones no son oficiales. Las hace Aurelio, un afable agente en la reserva reconvertido en guía del tour con el que el Ministerio del Interior muestra a la prensa la labor cotidiana de los uniformados, la única forma de acercarse a la frontera de forma legal.

Ni siquiera la ONU ve con buenos ojos le Ley de Seguridad Ciudadana que tampoco contenta a los propios agentes

Lo que relata Aurelio no es otra cosa que una devolución en caliente: coger a un inmigrante y depositarlo en otro país una vez que ha cruzado la frontera, porque según Aurelio "desde la primera hasta la última valla es territorio español".

Esta práctica vulnera la normativa y los tratados internacionales en materia de inmigración y de derechos humanos, por lo que para que las autoridades no trasgredan la legalidad, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, la ha rebautizado con el nombre da "rechazo en frontera", y se ha encargado de colocar el término en la nueva de Ley de Seguridad Ciudadana a través de una enmienda a la Ley de Extranjería que cita específicamente a las ciudades de Ceuta y Melilla.

Ni siquiera la ONU ve con buenos ojos esta reforma que tampoco contenta a los propios agentes, como ha denunciado la Asociación Unificada de Guardia Civiles (AUGC). "La ley no soluciona nada", aseguran. Para la organización es "una chapuza" que deja "desprotegidos" a los agentes ante “más imputaciones”.

Imagen nocturna de la frontera junto al mar. - JAIRO VARGAS

Imagen nocturna de la frontera junto al mar. - JAIRO VARGAS

En Melilla hay ocho agentes imputados –o investigados–, entre ellos un comandante de la Guardia Civil, por las actuaciones en la valla. "A veces son violentos. Nos tiran piedras, nos orinan desde arriba. Hace poco mataron a una sargento de la policía marroquí", justifica Aurelio, gesticulando con el brazo el ataque de un inmigrante con los ganchos que usan a modo de piolet para trepar. En realidad, los golpes a los subsaharianos son la primera parte de la devolución en caliente; de la alambrada hay que bajarlos de algún modo. La línea que separa lo legal del delito es tan difusa que la AUGC ha solicitado en repetidas ocasiones un protocolo integral de actuación en el vallado de Ceuta y Melilla.

"En la actualidad sólo hay una orden de servicio para los agentes que dice que se tiene que rechazar a los inmigrantes", asegura Yamal Alal, portavoz de la asociación que se ha visto varias veces en la tesitura de "tomar la decisión sobre si un migrante puede ser rechazado en frontera o no". "Ni los propios juristas se ponen de acuerdo sobre las devoluciones en caliente, sobre cuándo el inmigrante está en España, sobre qué valla tiene que cruzar… Imagínate un guardia civil que tiene que decidirlo en un segundo", critica.

"En la actualidad sólo hay una orden de servicio para
los agentes que dice que se tiene que rechazar a los inmigrantes", dice el portavoz de la AUGC 

Desde AUGC piden que, durante los saltos, los agentes cuenten con la supervisión de unidades médicas que indiquen a qué personas hay que prestar atención sanitaria; de traductores para poder identificar a los inmigrantes que piden asilo, de bomberos para hacerles descender de una forma segura y de observadores independientes que analicen las actuaciones para establecer el protocolo. "Eso evitaría imputaciones y ordenes abusivas", indica Alal.

Aunque por muchas normas y protocolos que se establezcan, todos saben que el problema seguirá existiendo mientras haya pobreza en Senegal, guerra en Mali, limpiezas étnicas en República Centroafricana, hambrunas en Somalia o ébola en Liberia. También saben que no es un problema de España, que "somos un país de paso hacia Francia, Bélgica o Alemania", los países del norte cuyas empresas multinacionales hacen negocio con su oro, su coltán o sus diamantes.

España sólo es una puerta a Europa que Marruecos abre o cierra cuando le interesa. Y tras desmantelar los campamentos de subsaharianos del monte Gurugú, permanecerá cerrada durante unos meses. España sólo puede aparentar que controla la frontera, que hace su trabajo de contención. La prueba es la inversión de los últimos años en la valla. Reformas, elevaciones, cámaras que ven en la oscuridad e incluso unos aspersores que vaporizan gas pimienta y que sólo se han usado una vez porque también afecta a los agentes. "Las cámaras lo ven todo y en el momento que el negro toca la valla, el sensor avisa, aunque a veces hay mucha niebla y nos cogen en pelotas", prosigue Aurelio.

Detalle de la concertina instalada en la valla. - JAIRO VARGAS

Detalle de la concertina instalada en la valla. - JAIRO VARGAS

El Patrol de la visita desciende por el Barrio Chino, uno de los puntos más calientes de la frontera. La valla de concertinas de Marruecos no llega hasta ahí. Es un paso fronterizo a pie, solo para residentes, que los porteadores aprovechan para llevar productos de España a Marruecos y los inmigrantes para cruzar ahorrándose uno de los peores obstáculos. "Cuando hay un salto, la aduana se cierra. A veces vemos a los porteadores tirando piedras a los negros para poder seguir trabajando", relata el guía de la Guardia Civil.

Después llega el paso de Beni Ensar, por donde cada día cruzan 7.000 vehículos, otra de las vías de entrada de los subsaharianos que tienen algo de dinero. "Se encogen entre el motor de un coche, dentro de una maleta, en los bajos de una furgoneta…Nunca se sabe", explica el guardia que hace desmontar hasta la última pieza de las tartanas marroquíes. Cuando hay dudas, una especie de estetoscopio electrónico detecta cualquier latido proveniente del interior. "Es tan fiable que un día detectó una rata", ríen los agentes mientras lo muestran.

Más allá de Beni Ensar está el puerto y la entrada ilegal por mar en balsas hinchables. Ahí la jurisdicción es de Marruecos. Eso es otro reportaje.