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El periodista que denunció a la cúpula del Vaticano que protege a los curas pederastas

Emiliano Fittipaldi presenta 'Lujuria', donde describe cómo la Iglesia tapa los casos de pederastia y encubre a los violadores

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Emiliano Fittipaldi, autor de 'Lujuria'. / HENRIQUE MARIÑO


Emiliano Fittipaldi (Nápoles, 1974) se bautizó a los diez años porque quiso. Sus padres, comunistas, no lo habían hecho cuando nació para que decidiese por él mismo. Y un día el hijo tomó la comunión, fue a misa y creyó que la fe lo había abrazado. Aquel joven católico hoy irrumpe en las pesadillas de la curia vaticana como un pocero que desciende a las cloacas de San Pedro y remueve con su pluma las aguas fecales del Vaticano.


El periodista de L’Espresso reveló las turbias finanzas de la Santa Sede en Avaricia, donde describía el imperio financiero de la Iglesia católica y denunciaba la falta de ética a la hora de hacer números. La publicación del libro lo sentó en el banquillo, aunque gracias a un defecto de jurisdicción se libró de los ocho años de cárcel que le pedían por divulgar secretos de Estado. “Las noticias publicadas son verdaderas y no han sido desmentidas”, se defendió Fittipaldi, quien tropezó con varios cardenales y monseñores durante el juicio.


Asegura que le llegaron a pasar información hasta en los baños del Vaticano y que, si no fuese por aquella acusación, quizás hoy no habría escrito Lujuria. Pecados, escándalos y traiciones de una Iglesia hecha de hombres (Foca). La presentación tiene lugar en un templo que no parece tal situado en el sur de Madrid. Es la parroquia roja de San Carlos Borromeo, donde Javier Baeza, el cura de los sin dios, lucha desde hace tres décadas por los desheredados de Vallecas.


Fittipaldi explica en su libro que la Iglesia tapa los casos de pederastia y encubre a los curas violadores. “Francisco, en la práctica, no ha hecho nada. Todo sigue igual”, denuncia el periodista napolitano. Aunque algo sí ha cambiado: las denuncias se han duplicado y, en tres años de papado, Bergoglio ha recibido unas 1.200. “El aumento puede reflejar que hay menos miedo a denunciar, pero también demuestra que es un fenómeno grave”. Ojo, éste no es un libro que habla de sexo, avisa, sino del poder de la Iglesia para acallar los escándalos.


El papa Francisco habla de transparencia, pero Roma sigue siendo opaca. Según él, la protección de los curas acusados de abusar de menores responde a dos razones: una cuestión de imagen y otra monetaria. Aunque el Vaticano ha tenido que aflojar el bolsillo, el libro refleja cómo intenta amordazar a las víctimas por un puñado de euros. A los padres de las niñas australianas Emma y Katie Foster, por ejemplo, les ofrecieron 30.000 euros a cambio de archivar su querella y olvidarse de todo.

Emiliano Fittipaldi, autor de 'Lujuria'. / HENRIQUE MARIÑO


Mejor ahorrarse los detalles, quedémonos con la persona encargada de hablar con los progenitores de las afectadas: el arzobispo George Pell, quien les advirtió de que si no aceptaban el dinero la Iglesia se defendería “infatigablemente”. Cuando la señora Foster le preguntó por los curas pederastas que todavía servían en varias parroquias de Melbourne, respondió: “Son chismes hasta que no se aporten pruebas al tribunal”. Pasan los años y las niñas se convierten en unas adolescentes deprimidas que se refugian en las drogas y el alcohol. Emma muere de una sobredosis. Katie es atropellada y, desde entonces, está postrada en una silla de ruedas.


¿Y Pell? Pues se ha convertido en el número tres del Vaticano. Es el prefecto de la Secretaría de Economía y forma parte del C9, o sea, el Consejo de Cardenales que asesora al papa. Fittipaldi denuncia en su libro que, además de él, otros dos cardenales que han protegido a curas pederastas forman parte de su reducido círculo de confianza. Pero la nómina de protectores se extiende urbi et orbi, desde Timothy Dolan hasta Tarcisio Bertone, exsecretario de Estado y número dos de Ratzinger. “El papa tiene una responsabilidad importante y puede cambiar las cosas, pero no lo está haciendo, como demuestra la elección de sus consejeros”.


Fittipaldi no es un detractor de Francisco. Valora su labor política, pero no ve pruebas de una revolución interna. Aunque sus palabras son importantes, cree el autor de Lujuria, el papa se revela más como un pastor de almas que como alguien capaz de enfrentarse a la cúpula vaticana y de emprender reformas de calado. “Él puede hacerlo, porque es un hombre duro, pero tiene otras prioridades”, afirma el redactor de investigación de L’Espresso, quien recuerda que en España, Italia y Latinoamérica no ha estallado un gran escándalo porque impera la cultura del silencio.


“No es que los curas sean mejores aquí que en otros lados”. La omertá responde, según él, a cuestiones culturales y religiosas. “La responsabilidad es colectiva: de la Iglesia, pero también de los periodistas y de las familias, que en ocasiones han creído antes a los curas que a sus propios hijos”, concluye Fittipaldi, quien se presta a una breve entrevista sentado ante un altar que es una mesa. A su izquierda, un mural con el lema “He venido a liberar a los presos”. Detrás de él, un cristo encadenado y la foto de un inmigrante encaramado a una valla fronteriza. Delante, los vecinos de San Carlos Borromeo, quienes aguardan pacientes a que comience la presentación de un libro que en otras parroquias sería considerado pecado.


Usted era creyente, pero un día comenzó a hacerse preguntas. ¿Cuándo y por qué dejó de ser practicante?


Me bauticé a los diez años, porque mis padres eran comunistas y decidieron no hacerlo cuando nací. Prefieron que tomase yo la decisión. De pequeño, abracé la fe. Luego hice la comunión y fui a la iglesia durante años, aunque poco a poco dejé de ir. Quizás se debió a la mala suerte de haberme encontrado con curas que no lograban comunicarme la palabra del evangelio con la fuerza necesaria. El rito comenzó a cansarme y a aburrirme, y me fui alejando.


Después estudié Filosofía y Letras Modernas. Poco a poco, me hice agnóstico, porque no lograba tener una fe lo suficientemente sólida para, como le pasó al apóstol Tomás, creer en aquello que no veo. Perdí la fe rápidamente, aunque no me atrevo a decir que soy ateo, pues no tengo la presunción de saber que Dios no existe. Obviamente, mi cultura es católica y siento un gran respeto por nuestra religión, así como un gran amor literario e intelectual por el evangelio. Ahora bien, lo que me llevó a escribir este libro es que a menudo veo que los curas están muy alejados de la palabra del evangelio.


¿Ha habido un conflicto entre ese pasado religioso y sus investigaciones en el Vaticano?

No, aunque he puesto mucha atención en el asunto. No son libros contra la fe, sino contra los pecados capitales cometidos por sacerdotes, quienes poseen una autoridad moral mayor que la de los laicos. Más razón aún para respetar al prójimo y no pecar. Lógicamente, cuando los criticas duramente basándote en documentos, debes prestar la máxima atención. Hay más de mil millones de católicos que deben estar bien informados de los pecados de la Iglesia, por lo que nunca conviene exagerar. Insisto: no son libros anticlericales, pues yo no opino ni juzgo, sino que simplemente escribo a partir de hechos y documentos.


Usted desvela quiénes actúan en el Vaticano contra el sexto mandamiento y también señala a la cúpula que los protege. Sin embargo, ¿no cree que su pecado capital va más allá de las tablas de la ley y del título de su libro, Lujuria?

Sí, la pederastia debería ser considerada un pecado capital aparte, porque la lujuria parece que se queda demasiado pequeña para la gravedad del asunto. Había que escoger un título y elegí ése, aunque el horror de la pederastia está muy por encima. A mí no me preocupa que dos curas formen una familia o que dos sacerdotes homosexuales vivan juntos, porque eso no supone ningún problema.


De hecho, dedica el último capítulo al lobby gay y su doble moral.


Es una crítica a la hipocresía de una doctrina católica muy agresiva con los homosexuales, cuando casi un tercio de los curas que están en el Vaticano son gais. Y no lo digo yo, sino historiadores católicos italianos. Aunque es algo sabido, la doctrina católica todavía sigue hablando de Sodoma y Gomorra. Pese a que el papa Francisco dijo “¿quién soy yo para juzgarlos?”, perdió el Sínodo de la Familia y no logró cambiar ni la doctrina ni la durísima relación de la Iglesia con los homosexuales. Yo soy un progresista, un hombre de izquierdas, y no doy valoraciones negativas. Pero si eres un guía o una autoridad moral y condenas a los fieles que no hacen lo que tú les dices, debes ser perfecto. Y la pederastia es algo muy grave.


En el prólogo, Juan José Tamayo alude al patriarcado de la Iglesia como una de las raíces de la pederastia: “Masculinidad y violencia, pederastia y patriarcado son binomios que suelen caminar juntos y causan más destrozos humanos que un huracán”. ¿Habría menos casos si los curas pudiesen tener pareja o casarse?

No lo sé, porque no soy ni un psicólogo ni un psiquiatra. Creo que la pedofilia es una enfermedad. El hecho de que los curas deban ser castos podría resolverse sin ningún problema si mantuviesen relaciones con mujeres u hombres mayores de edad. Para mí no hay ninguna relación entre castidad y pederastia.


¿Por qué el Vaticano no frena a los pederastas? ¿Qué debería hacer?

El Vaticano debe ser mucho más severo. Hay que juzgar a los pederastas con una transparencia absoluta. Sin embargo, argumentan que no revelan los archivos secretos de la Congregación para la Doctrina de la Fe para preservar la intimidad de las víctimas, pero eso es falso. Tampoco los periodistas o los jueces pueden publicar los nombres de los niños, pero sí los de aquellos que se han manchado con delitos y crímenes tan horrendos. Hasta que no sean verdaderamente transparentes, no ganarán la lucha contra la pederastia.


Usted dijo que lo sentaron en el banquillo sólo por haber hecho su trabajo. ¿Es peligroso escribir sobre escándalos de la Santa Sede?

Debes esperarte muchos ataques, no sólo de la curia eclesiástica, sino también de colegas periodistas. En Italia, las relaciones entre el Vaticano y la prensa son muy estrechas, hasta el punto de que puedes poner en riesgo tu carrera profesional. ¿Cómo logré publicar en Avaricia los documentos que desvelaban la riqueza de la Iglesia católica, una información que todos esperaban desde hace cuarenta años? Porque hay otros periodistas que no han hecho su trabajo, pese a que lo sabían. ¿Y por qué no lo han hecho? Para vivir más tranquilos.