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"Los desahuciados son refugiados en su propio país"

'La Grieta' es el documental que firman dos realizadores madrileños con el que quieren volver a poner en el centro los casos de desahucios en viviendas públicas.

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Isabelita, hija de Isabel. Una de las familias que aparecen en 'La Grieta'.

Soy todo lo libre que me permiten los mercados. La frase la pronunció El Lute, pero la piensan miles. Entre ellos, parte de la clase popular que se podría haber beneficiado de las más de mil viviendas públicas que vendió la exalcaldesa de Madrid Ana Botella a fondos buitre. Un episodio turbio que ahora reabre la Audiencia Provincial para investigar la "eventual presencia de delitos" en los que pudo incurrir el consistorio anterior.Solo un pedazo de este puñado de historias que terminaron en desahucios auspiciados por la administración pública son las que recupera un documental que se estrenó en la pasada Seminci de Valladolid y que firman dos realizadores madrileños, Alberto García Ortiz e Irene Yagüe Herrero. Lo han llamado La Grieta, “porque la PAH, resquebraja un sistema que favorece a los bancos”.

La Grieta cuenta un capítulo clave en la vida de dos familias mercheras capitaneadas por dos mujeres: en un edificio, Isabel; en el de enfrente, Dolores. Ambas vivían junto a sus maridos e hijos en la calle Unanimidad del barrio de Villaverde, en un bloque madrileño de vivienda pública donde se creó entre sus habitantes una auténtica comunidad de apoyo captada a la perfección por las cámaras de Irene y Alberto. “Hubo unos meses en los que había desahucios cada semana”, relata la realizadora, y rememora dónde empieza La Grieta, hace ahora cuatro años: “Isabel y Dolores son supervivientes de su propia vida; las dificultades las han convertido en leonas, en guerreras que sacan adelante a sus familias”.

A Isabel y los suyos les expropiaron una casa para ensanchar la Avenida de los Poblados y les dieron, por un alquiler social, la vivienda de la que, un tiempo después, los echarán por no pagar un par de meses los recibos. Fue la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid (EMVS) quien les denunció por impago. Cuando finalmente consiguieron reunir el dinero ya era tarde porque había empezado el proceso judicial de desahucio.

Desahucio. Desahuciados. ¿Qué significan esas doce letras para las personas que las padecen? No es solo que falte un techo: “Se pierde el entorno, el sentimiento de pertenencia”, matiza Alberto. Isabel y los suyos, justo después de que les echaran de su casa, estuvieron acampados con todos sus muebles en su portal. Desde aquel episodio han pasado ya por tres casas. Su hija, Isabelita, tenía ocho años cuando vivió el primer desahucio y actualmente se encuentra en tratamiento psicológico. “Cuando te echan de tu casa a las seis de la mañana, en la oscuridad y con violencia, es lógico que se generen traumas”, apunta Irene.

Esa es la cara b de un drama que parece pasado quizá porque la prensa se ha olvidado ya de la situación en la que quedó la vida de quienes lo vivieron ayer. Y sobre todo, que de aquellos lodos viene el aumento de los alquileres abusivos. “No podemos olvidar”, recuerda Alberto, “que es ahora cuando están echando a la gente de sus casas, unas casas que antes pertenecían al Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid y que ahora son propiedad de fondos buitres que suben los alquileres hasta que los inquilinos no pueden seguir pagándolos”. La vivienda siempre es noticia, y en pocos casos, para bien: “Debería haber más vivienda pública para que los precios del alquiler pudieran bajar y son los poderes públicos los que tienen la llave para arreglar esto”, zanja.

Isabel, en un momento del documental.

Las grietas del documental

Ambos directores son conscientes de los retos que tiene por delante una película como La Grieta, lanzada justo en un momento en el que se habla más de Catalunya y de las fronteras que de lo que ocurre en la esquina de nuestra calle. “De alguna forma, las dos mujeres protagonistas son refugiadas en su propio país”, apunta Alberto. Cuando pierdes tu casa, pierdes tu tierra. Expulsadas de su hogar y también de una sociedad que quizá las mire con recelo, porque como recuerdan los autores de este documental, las dos familias son mercheras: “Por eso puede faltar empatía a la hora de entender su historia”.

La propia película tiene sus grietas por donde pueden entrar hasta prejuicios. Quizá por eso el título tiene tantos matices. La idea la sacaron de una metáfora que usó Rafa Mayoral en uno de los discursos que dio durante una asamblea de la PAH en el que decía: “Nosotros somos una grieta del sistema y esperamos que el dique acabe finalmente cediendo”. La grieta separa ricos y pobres, políticos y ciudadanos: “Cuando vendes un 20% de vivienda pública estás haciendo más grande esa grieta”.

Las diferencias se ensañan con una parte de la población, por ejemplo, con los gitanos y, en especial, con los y las mercheras, esos pueblos de tradición nómada que, como relata Alberto, Franco asentó de forma obligatoria en chabolas periféricas que después pasarían a ser pisos de vivienda pública en los ochenta: “Ahora los vuelven a echar de ahí. Y que sea el propio ayuntamiento el que te desahucia de una vivienda construida con el dinero público de todos está en otro nivel distinto a si te echa un banco”.

Imagen de un momento de 'La Grieta'.

La mosca en la pared desahuciada

Irene y Alberto se fueron a grabar con la PAH a finales de 2012. Querían documentar con material audiovisual acciones como la llamada Acampada Bankia de ese año, en la plaza de Celenque de la capital, y ofrecerlo a la incipiente prensa online que ya empezaba a ganarle terreno al papel.

Todo lo que comenzó como un mero reportaje periodístico se acabará convirtiendo en La Grieta, una película documental con un claro estilo de cine directo, sin entrevistas, o como lo llaman en América, the fly on the wall, la mosca en la pared, como la canción de AC/DC. Lo explica Alberto: “La mosca pasa horas y horas dentro de la habitación, como la cámara; así es testigo de todo lo que va ocurriendo”. Grabaron sin apenas guión y le dieron sentido a todas las horas de metraje en el proceso de edición.

Frente a sus cámaras convertidas en el ojo curioso del mirón, dos mujeres, dos familias que se olvidan de que protagonizan una película que da la apariencia de ficción, sin serlo, convertidas en actrices de sus propias vidas.