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El despilfarro de alimentos, una realidad permitida por el Parlamento Europeo

Conservadores y Socialistas aprueban en la Eurocamara meras recomendaciones, mientras que 88 millones de toneladas de alimentos se desperdician cada año en la UE. Francia e Italia son los únicos países con una legislación específica.

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Camión volcando frutas y verduras./EFE

Si el desperdicio de alimentos fuera un país sería el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, después de China y Estados Unidos. La magnitud del problema provoca que cerca de 800 millones de personas pasen hambre en el planeta, mientras que un tercio de todos los alimentos producidos acaba directamente en la basura. Como en la contaminación, en los alimentos también existe un gran desequilibrio entre lo que desecha cada región. Así, las pérdidas de los países industrializados serían tan altas como el total de la producción de los países en vías de desarrollo. Y, según la FAO, los consumidores de los países con mayor poder adquisitivo desperdician la misma cantidad de alimentos que la producción neta total de África Subsahariana.

Estas desorbitantes cifras muestran la necesidad de abordar el despilfarro alimentario como un problema de primer orden. Gracias al activismo de la sociedad civil, el debate llegó en 2016 a los parlamentos europeos y se comienza a legislar para reducir las pérdidas de alimentos a lo largo de toda la cadena alimentaria. El primer país en introducir una legislación específica al respecto ha sido Francia, a raíz de una iniciativa en la plataforma Change.org de Arash Derambarsh -concejal del municipio francés de Courbevoie-. La magnitud de los apoyos recogidos por la campaña ciudadana llevada a cabo por Arash desencadenó en la prohibición por ley de que los supermercados tiren comida, y se vean obligados a donar los excedentes a ONGs y bancos de alimentos. De lo contrario, las empresas se enfrentarán a multas de 75.000 euros o dos años de prisión. Desde su aprobación en febrero de 2016, en el país galo se han donado 10 millones de raciones de comida.

Ese éxito ha conllevado que el resto de países comiencen a abordar seriamente el debate. Seis meses después, Italia se convertía en el segundo país en legislar sobre el derroche alimentario. La ley propuesta por el Ministerio de Agricultura, que nace con el objetivo de reducir a la mitad el volumen de comida desperdiciada en los próximos diez años, goza de un enfoque muy diferente al francés. Este texto legislativo no penaliza a los supermercados y centra sus esfuerzos en exenciones fiscales (rebaja en el IVA) y reducción de trabas burocráticas a las superficies que donen alimentos.

En sintonía con sendos proyectos, activistas contra el desperdicio de comida en toda Europa aprovecharon la ocasión para aunar fuerzas en la red y pedir a la Comisión Europea una directiva que obligue a los supermercados de toda Europa a donar la comida a las ONGs. Cerca del objetivo del millón de firmas, la campaña “Stop al desperdicio de comida en Europa” causó un gran impacto en el continente y obligaba a la Unión Europea a dejar atrás las habituales recomendaciones. Nada más lejos de la realidad. La eurodiputada socialdemócrata Biljana Borzan (Croacia) elaboraba un informe sobre los esfuerzos necesarios para reducir el desperdicio de alimentos que era aprobado la semana pasada en el Europarlamento. El texto aprobado con 623 votos a favor, 33 en contra y 20 abstenciones pedía a los países miembros “que adopten las medidas necesarias para reducir el desperdicio de alimentos a la mitad en 2030”. Entre los aspectos acordados, se recomendaba a los estados facilitar la donación de alimentos y aclarar el significado de consumo preferente y fecha de caducidad.

Montones de lechuga en el interior de un contenedor de basura.EFE/Kiko Huesca

Una vez más, la Gran Coalición que conforman liberales, populares y socialdemócratas, volvía a eludir una decisión que obligue a los países miembros y no supera las declaraciones de buenas intenciones. Esto ha sido criticada por el grupo de la Izquierda Unitaria y por organizaciones de consumidores, quienes consideran que una vez más la Unión Europea vuelve a efectuar dejación en sus funciones. De hecho, las medidas contempladas por la eurodiputada croata son idénticas a las aprobadas en 2012 en la misma cámara. La única diferencia son los cinco años que han pasado de una propuesta a otra sin hacer nada al respecto, que ha provocado que el objetivo de reducir a la mitad el despilfarro se aplace cinco años hasta 2030.

El Tribunal de Cuentas de la UE ya alertó en enero de la "ineficiente política de la Comisión Europea contra el desperdicio de alimentos”. Mientras tanto, el 20% de todos los alimentos producidos en la UE se desperdicia y, aproximadamente, el 10% de la población europea no puede permitirse comprar comida de calidad cada dos días. Para Rubén Sánchez de FACUA, la Unión Europea ha asumido que no pueden llegar a más que a simples recomendaciones y no tiene intención de impulsar ninguna medida que obligue a los Estados: “Públicamente transmite la idea de que presentando iniciativas de este tipo cubre el expediente”.

En opinión de Ángela Vallina, eurodiputada de Izquierda Unida, el propósito de la Comisión es no adulterar el modelo de superproducción alimenticia vigente: “Acaban de aprobar el CETA que favorece ese modelo, con lo cual lo único que hacen con las recomendaciones es lavarse la cara. Además, con las medidas planteadas quieren que todos los europeos demos ayudas fiscales como la exención del IVA a los principales responsables del desperdicio alimentario”.

España, camino de adoptar la vía italiana

Como sucede en muchos otros asuntos, el dispendio alimenticio aún no ha llegado a ocupar la agenda política de España. Pese a adoptar un primer paso en 2013 con la campaña "Más alimento, menos desperdicio", que ha logrado cuantificar el fenómeno en nuestro país, estos esfuerzos de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) no se han traducido en leyes concretas. El último intento, a iniciativa del PSOE, acaba de pasar el examen en la Comisión de Sanidad y Servicios Sociales del Congreso. La propuesta recoge medidas similares a las contempladas en la ley italiana: exenciones fiscales para los donantes, una revisión del etiquetado que distinga entre fecha de caducidad y de consumo preferente y diversificación del tamaño de los envases.

Begoña Tundidor, diputada del PSOE encargada de elaborar el texto, sostiene que la proposición no de ley (PNL) es necesaria para incentivar que las empresas y agricultores donen los alimentos: “Hay gente que está en contra de incentivos fiscales, pero está claro que si no tienen ningún tipo de beneficio van a tirar la comida a la basura”. Preguntada acerca de si es adecuado bonificar o castigar a los donantes, Tundidor considera que la PNL no está hecha para sancionar, va destinada a sensibilizar a todos los actores de un problema que es real: “No creemos que sancionar sea lo adecuado, lo que queremos es un consenso que no perjudique a ninguna parte. En este momento la legislación española hace responsable al donante si hubiera algún problema sanitario, y lo primero que hay que hacer es modificar la normativa para que el traslado alimentos se haga con la suficiente garantía”.

Por contra, organizaciones como FACUA consideran que no se debe regalar nada a las cadenas de distribución: “Los supermercados saben que hay un porcentaje de lo que ponen las estanterías que no se va a vender nunca, que está simplemente para decorar estanterías porque una estantería llena vende más. No es aceptable que se pague a las empresas por no cometer una atrocidad de tal magnitud como tirar toneladas de basura la comida”.

El texto legislativo fue aprobado con el apoyo de Ciudadanos y las abstenciones del Partido Popular y Unidos Podemos. Mae de la Concha, diputada de Unidos Podemos en la Comisión de Sanidad, explica el motivo de la abstención de su partido: “La PNL es demasiado ambigua. Se habla de beneficios fiscales, pero no sé específica para quien; se habla de hacer envases de diferentes tamaños, pero no se habla del granel. Lo que planteamos es que nos pongamos a trabajar todos en un proyecto de ley y no en una PNL. Existe una cantidad ingente de proposiciones sobre este asunto. Un día es el etiquetado, otro día son los envases, la publicidad infantil, la reducción de los azúcares, el aceite de palma, etc. En realidad, es todo lo mismo. Hay que abordar la alimentación como un tema político de primer orden”.

Una voluntaria recoge comida de los contenedores de basura.EFE/Kiko Huesca

El desperdicio ¿culpa de los hogares o de los supermercados?

En España, los datos que arroja la AECOSAN culpan directamente a los hogares. De los 7,7 millones de toneladas de alimentos que desperdiciamos cada año, que nos sitúan como el séptimo país europeo que más comida tira, el 42% es desechado en nuestros hogares. En el resto de la cadena, la fase de fabricación desperdiciaría el 39%, la restauración el 14% y en la distribución el 5%. En palabras de Manuel Bruscas, activista y promotor de la campaña “Stop al desperdicio de comida en Europa”, que se señale a los supermercados como responsables del 5% de todo el desperdicio no se corresponde con la realidad: “Las grandes cadenas marcan los estándares de lo que es aceptable y lo que no con la llamada ‘dictadura de la estética’. Por un lado, a los agricultores les obligan a tirar la fruta que no tenga una apariencia perfecta y eso repercute al agricultor que no puede garantizar un aspecto perfecto de los alimentos. Por otro lado, los ciudadanos somos corresponsables, participamos en los estándares de calidad marcados por los supermercados y eso hace que cada hogar europeo arroje por la basura entre 300 y 400 euros de comida al año”.

Para Nazaret Castro, periodista y autora de ‘La dictadura de los supermercados’, no es equiparable la responsabilidad de las grandes cadenas de distribución con la de la ciudadanía: “Consumir es un acto político: debemos responsabilizarnos de que nuestros actos cotidianos de consumo tienen repercusiones socioambientales, como las pésimas condiciones de trabajo en los cañaverales, las plantaciones de palma aceitera, de piña o banano. Debemos buscar alternativas de consumo más justas y saludables para el planeta. Pero cuidado: no es comparable nuestra responsabilidad como consumidores de la responsabilidad que tienen esas grandes empresas. El sistema juega a colocar las responsabilidades en las espaldas de los individuos, cuando hablamos de un problema político y social de dimensiones globales”.

Las cifras en torno al desperdicio generado por los supermercados, en todo caso, estarían por contrastar. FACUA lanzó una campaña en 2014 destinada a conocer que hacen los supermercados con los productos que no venden. De los 28 supermercados encuestados, solo nueve contestaron a la organización. “Eso ni siquiera se traduce en que las que contestaron explicaran lo que hacían con los alimentos sobrantes. La mayoría contestaba con generalidades muy difíciles de contrastar”, explica el portavoz de la organización Rubén Sánchez. En la misma línea, Manuel Bruscas –autor de ‘Los tomates son feos’- cree que el debate no puede darse en España mientras no se tengan cifras reales sobre el desperdicio: “Mientras que la cantidad que tiran los hogares es auditada cada año, no hay manera de conocer los alimentos que desperdician los supermercados. En Inglaterra han obligado a las cadenas a hacer pública la cantidad de comida que tiran y era mucho más elevada que las que reflejaban las estadísticas. Solo con transparencia y datos reales puede tener lugar el debate”.

Tienda de frutas y hortalizas. EFE/Juan Carlos Cárdenas

“Para combatir el desperdicio es necesaria una enmienda a la totalidad”

En el informe elaborado para el Congreso Internacional Save Food, la propia FAO señala como principal responsable del despilfarro al modelo de producción masiva de alimentos. Que en los países industrializados se tiran alimentos cuando la producción excede la demanda parece un principio básico. Sin embargo, los países europeos solo parecen estar centrados en qué hacer con los alimentos sobrantes y se olvidan de reducir la producción en origen. También parecen pasar por alto la cantidad de recursos que esquilma un modelo basado en la superproducción. Según la FAO, “1400 millones de hectáreas de superficie agraria y el caudal anual del Volga se destinan a producir alimentos que acaban desperdiciados”.

Así opina Lidia Senra, eurodiputada de Alternativa Galega de Esquerda, quien defiende su voto en contra en la propuesta socialdemócrata: “Una de las políticas más eficaces para reducir el desperdicio de los alimentos es actuando en la producción, regulándola y existiendo instrumentos para adecuar la oferta a la demanda. El hambre no se combate con caridad. Se está partiendo de esa idea, cuando todo el mundo debería tener derecho a acceder a los alimentos. Antes de enterrar dinero público para resolver un problema de excedentes de la industria alimentaria, ese dinero se debe utilizar en políticas activas para reducir la pobreza”.

Otra de las vías para combatir el modelo de sobreproducción, opina Nazaret Castro, pasaría por apoyar decididamente desde el Estado la economía Social y solidaria y la economía de proximidad: “Optar por el mercado antes que el supermercado, ese es el nudo de la cuestión. El problema no se resuelve con las donaciones, aunque sean vitales en tanto no se ataque la raíz del problema. El problema es un modelo que coloca en el centro la reproducción del capital, en lugar de la vida. Es necesaria una enmienda a la totalidad porque un modelo saludable implicaría volver a la economía de proximidad, y eso ataca las mismas bases de la globalización capitalista”.