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El ingeniero que lo dejó todo para vivir en una aldea de los Picos de Europa

Gregorio Sánchez tenía 49 años y una exitosa carrera en Madrid como ingeniero industrial y economista. 

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Alevia, la pequeña aldea asturiana situada en los Picos de Europa

El mundo rural es así de pequeño y así de cariñoso: la vecina más mayor acaba de cumplir 100 años. Un hito en Alevia, una aldea asturiana de 55 habitantes, en plenos Picos de Europa, en la ladera de Piedrahita, en la sierra del Cuero, donde la naturaleza se funde en un abrazo. Un escenario capaz de regresar a la prehistoria por el que Gregorio Sánchez lo dejó todo hace veinte años. Tenía 49 y una exitosa carrera en Madrid, primero, como ingeniero industrial y después como economista. "Trabajaba entonces como cargo de confianza en la Administración en el Ayuntamiento de Tres Cantos y terminaba la legislatura", recuerda hoy. "Pero ése no era el problema porque tenía opciones suficientes, incluso para volver a la empresa privada. El problema fue cuando me pregunté a mí mismo si quería seguir con esa vida y no me sentí con fuerzas para contestar que sí. Quizás porque ya llevaba demasiados años luchando o porque veía que la competencia de la juventud venía con demasiada fuerza y yo ya no tenía esa fuerza. Fue clave".

El resultado es que no tuvo miedo a adoptar esa decisión de romper con todo que tantas veces imaginamos y casi nunca tomamos. "Es verdad que yo tenía dos hijas en edad universitaria o que mi mujer también tenía su trabajo y claro que metí todos esos ingredientes en el cóctel. Pero al final, llegué a la conclusión de que se podía hacer y de que lo podíamos hacer tal vez porque recordé que sólo se vive una vez. Sólo hay que perder el miedo y si tienes unas mínimas condiciones objetivas para cambiar de vida y es lo que realmente quieres hacer, hazlo".

La prueba fue Gregorio Sánchez que no cree que esto fuese un retiro espiritual. "Al menos, yo no lo interpreto así ". Sólo es una demostración de que los finales felices existen si realmente se intentan. "Yo estudié ingeniero industrial en Gijón y desde entonces sentí una afinidad con Asturias que no se podía quedar quieta". El resultado son días como el de hoy en Alevia, donde el silencio es un habitante más y un fiel compañero de Gregorio Sánchez que hace veinte años se atrevió a restaurar "una antigua casa de labranza que data del siglo XVI y en la que había nacido mi mujer. Al morir mi suegro se planteó el debate: o la dejábamos morir o acometíamos una severa reforma y ahí fue donde encontré mi oportunidad para materializar un sueño".

El ingeniero Gregorio Sánchez

Entonces montó una casa rural de nueve habitaciones que se convirtió "en un hotel de autor" junto a su mujer Guadalupe, que es licenciada en Bellas Artes. Hoy, Gregorio se ocupa de él personalmente y ha mantenido la esencia. "Jamás se ha mirado nunca hasta el último euro. Cobramos porque tenemos que cobrar, esto tiene unos gastos. Pero nuestro fin último es que la gente, que viene, sienta que ha vivido una experiencia irrepetible. No somos la ciudad. Estamos en las antípodas de todo eso y tenemos la oportunidad de demostrarlo".

Y no es que él renuncie Madrid donde vivió tantos años y, de hecho, la familia todavía conserva la casa de Colmenar Viejo. "Pero, más que para vivir esa ciudad, la quiero para disfrutarla". De ahí que en Alevia, en el extremo oriental de Asturias, en la misma frontera con Cantabria, haya encontrado algo parecido a una vida perfecta "donde ni siquiera el aburrimiento es un peligro. Yo diría que me faltan horas. Tengo mi huerto, tengo mis paseos y tengo mi peña a tres kilómetros de aquí, en Panes, donde regresa la civilización. Y, por encima de todo, tengo las llaves de mi coche en la puerta que me lleva a Gijón, a Oviedo o a Santander cuando siento la llamada de la ciudad". La esencia no se pierde: "No se trata de renunciar a nada, sino de compartirlo todo".

Imagen de Alevia

Hoy, casi a los 70 años, Gregorio Sánchez no se arrepiente de nada en el silencio casi sepulcral de Alevia. "Pero esto no hay que confundirlo con la paz", replica. "La paz no se compra, la paz se lleva dentro", sostiene él, un hombre que encontró su propio destino, capaz de renunciar a su carrera profesional en un momento álgido. "Pero entonces preferí escuchar a mi cuerpo". Y por eso lleva veinte años casado con los Picos de Europa, donde la naturaleza le recuerda que se puede vivir sin grandes lujos. "La austeridad también es interesante. No se trata de vivir con grandes lujos. Ni puedo tenerlos ni los necesito. Pero para mí un paseo por los Picos de Europa ya es un lujo donde no me voy a encontrar más de 25 grados en verano y es francamente difícil que hiele en invierno".

Por lo tanto, es el vivo retrato de un hombre feliz que, en realidad, no cree que huyese de nada en su momento. "Sólo di vida a una añoranza que sentía desde la juventud cuando vine a estudiar a Asturias. Me enamoré de esto y de su gente. Si no hubiese regresado a vivir aquí me hubiese quedado incompleto. Quería hacerlo y pude hacerlo. Yo ya era mayor cuando vine. Sabía que a esa edad no sobran tantas oportunidades". De ahí que 20 años después la vida siga igual en Alevia, los mismos silencios, los mismos parajes y las mismas construcciones de piedra y castaño. Sólo ha cambiado el nombre de las vacas que lo vigilan desde las montañas.