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Javi Álvarez, el hombre orquesta que hace hablar a las tortugas

Javi Álvarez convierte viejos cacharros en instrumentos musicales que luego usa en directo. Este sábado actúa en Madrid con Fluzo, su grupo de hip hop marciano

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Javi Álvarez, la mitad de Fluzo y Dúo Cobra. HENRIQUE MARIÑO

El salón parece un mercado de ciberpulgas. Las antiguallas no dejan ver las paredes y emiten sonidos que han sido previamente modificados. Los aparatos tienen una voz posquirúrgica, ronca. Es como si los Furbys hubiesen sufrido una traqueotomía. Y en el estante más alto hay una tortuga que insulta. En inglés. Bitch. "Sufre el síndrome de Tourette", afirma su dueño, Javier Álvarez, músico, nada que ver con el Uno, dos, tres, cuatro. "Todos los cacharros que ves cumplen funciones para las que no estaban pensados", señala frente a un escuadrón despanzurrado de sintetizadores analógicos. Es un artesano del circuit bending, o sea, la customización de utillería electrónica de bajo voltaje con el fin de crear frankensteins musicales.


La Follable, su estudio de grabación, ocupa un cuarto piso del united colors of Lavapiés. La mudanza ha sido ardua, empinada. Uno no concibe cómo ha llegado hasta aquí un vibráfono ciclópeo que proyecta una sombra generosa sobre cientos de vinilos y varias cigar boxes, unas guitarras hechas con latas y cajas de puros. "Solo sale de aquí si la minuta compensa", reconoce este hombre orquesta, embarcado en la presentación de Lastre e oleada. Es el último trabajo de Fluzo, grupo de hip hop marciano en el que se hace acompañar por un tipo que bebe café con gotas y recita en un gallego primigenio, como de regueifa 2.0. Un regreso al rap del futuro.

"La gente que va de sitios pequeños a ciudades grandes no necesita un período de adaptación, porque todo le resulta fácil". No se refiere a Hevi, maestro de ceremonias del dúo, que siempre ha residido en Santiago, sino a él mismo. Y, por extensión, a la emigración gallega, empezando por sus ancestros. "La aclimatación es instantánea, como una teleportación de Star Trek. Mis abuelos eran dos paisanos de una parroquia de Riotorto que llegaron al Londres de Suicide y vivieron entre punkis y hare krishnas. En cambio, ¿qué harían estos en una aldea de Lugo?", se pregunta.

Javier nació en Compostela, dio el estirón en Ponferrada y se fue a estudiar Bellas Artes a Cuenca. De aquella Facultad salieron bandas underground como La Jr, AA Tigre, Kiev Cuando Nieva o Lorena Álvarez, así como los catódicos chanantes Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla. A él le faltan dedos en la mano para enumerar sus ocupaciones más allá de Fluzo.

Néboa es su apuesta más íntima: él y su chatarra instrumental, sin voz, con la que ha abierto el SonarHall de Barcelona. Dúo Cobra, junto a Álvaro Barriuso, suena "como una patada en la boca debajo del agua". Palabra hablada, pero no acierta a explicar qué. Evocadora, aunque él lo niega: "Nuestras letras no son escapistas. En vez de huir de la realidad queremos sumergir a la gente en ella". Sus referencias verbales se repelen: Chuk D (Public Enemy) y Carmen Santonja (Vainica Doble). Supongo que será difícil ilustrar con palabras una vida entre máquinas.

También se expresa con fotografías y vídeos, que lo han mantenido ocupado desde que llegó a la capital hace unos meses. Madrid rumió su tiempo y lo acaba de vomitar frente a la cola del paro. Trampea con sus sesiones de boogaloo, surf y psychobilly después de hacerse un nombre como pinchadiscos en la escena contracultural barcelonesa: DJ de la Muerte

Pero la noche quema, por lo que seguirá ofreciendo su reporterismo visual al mejor postor en vez de volcarse de nuevo en los platos. "Venía de la ficción y caí en el periodismo. Aunque son lenguajes diferentes, en ambos hay una voluntad de contar cosas", cree Álvarez, estajanovista del 79 que pasó de rodar videoclips experimentales a documentar las protestas y los desahucios para un diario digital.

Sujeta el cigarro como una batuta, arriba abajo, izquierda derecha. "La sociedad tiene una imagen del artista simplificada, banalizada y basada en tópicos románticos que son una utopía. Currar es imprescindible, si no los proyectos se quedan en ocurrencias. Hay que choiar como hay Dios, esto no cae del cielo", deja claro este renacentista compostelano, convencido de que por encima del talento y la originalidad está el trabajo. "Pero puestos a fabular, si pudiese elegir, viviría entre el tupé del Memphis de los cincuenta y la boina cósmica del Lugo de 2025", bromea mientras dirige su vacilante penacho hacia las profundidades del pasillo, porque de cháchara ya está bien, la madrugada acecha y hay que regar las plantas y darle de comer a los peces.

Una pantufla de leopardo asoma por una puerta contigua al salón. Su rastro lleva a una estancia con un burro cargado de camisas floreadas, hawaianas y de cowboy. Otra zapatilla yace más allá, donde la habitación de la pecera, amenazada por un enjambre de computadoras del año de la polca. Fueron bautizadas como ZX Spectrum, Amstrad CPC 464 o Commodore 64, aunque para Javi Álvarez son instrumentos en busca de sinfonía.

De repente, el cuaderno de notas se apaga, el bolígrafo desaparece, la conversación se funde en negro... "Coño, Lavapiés se ha quedado sin luz. Ven a la ventana y mira qué bonito está el barrio. La oscuridad es un fenómeno en extinción".

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