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La joven que demuestra que el fútbol te deja tiempo para estudiar

María Arranz, delantera del Albacete, tiene siete titulaciones pensando en el día que se retire. "A los 18 años, perdí a mi padre en un accidente y, en vez de volverme loca, decidí formarme para que él, dondequiera que esté, se sienta orgulloso", explica

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María Arranz, delantera del Albacete.

A los 18 años, cambió para siempre. Aquel 21 de julio hacía una semana que María Arranz (Ciudad Real, 1987) había estrenado la mayoría de edad. Pero entonces descubrió que una llamada te puede cambiar la vida.

"Me llamó mi tía para decirme que mi padre había sufrido un accidente". Cuando llegó al hospital y le dijeron que había muerto su padre, un ingeniero técnico agrícola que amaba el fútbol y que le traspasó ese amor por el fútbol a su hija, María se volvió loca. "Perdí la noción del tiempo y de la vida. Es más, durante meses no quise saber nada. No podía y no sabía. Tenía ansiedad. Tenía miedo. No tenía ni fuerzas para volver a jugar al fútbol ni para pisar un vestuario y recuerdo que me descuidé mucho". El precio no se podía resumir con palabras. "No sólo había perdido a mi padre. También había perdido a mi mejor amigo".

Once años después, es tiempo para recordar "y para echarle de menos cada día. No sólo el Día del Padre. Porque él fue el hombre que me acompañaba a todas partes, que se desvivía por mí y yo me desvivía por él. Mi padre era el delegado del equipo en el que yo jugaba y de la Federación de Fútbol de Castilla La Mancha. Hasta cuando salía de fiesta con las compañeras, ahí estaba él y queríamos que estuviese. Pero ese día, ese maldito 21 de julio, un coche se saltó un stop y fue a estamparse en la puerta de mi padre, que iba de copiloto precisamente para hacer una gestión por el fútbol".

A María le queda el consuelo de que "murió haciendo lo que más le gusta" y la certeza de que ha podido vivir sin él. "Creía que era imposible. Creía que me iba a volver loca hasta que fui al psicólogo, que me convenció de que lo mejor que podía hacer por mi padre era recuperar mi vida, volver a jugar al fútbol y dejar de protestar por lo que había pasado. No tenía solución".

La futbolista María Arranz, en un partido con su equipo, el Albacete.

Quizás por eso volvió a tiempo. Y ahora juega de delantera del Albacete en la Liga Iberdrola, donde ya no tiene miedo a nada. "Ni siquiera a la muerte porque entonces me reencontraría con él. En realidad, mi vida cambió para siempre a los 18 años. Entonces descubrí que ya no podía ocurrirme nada peor. Por eso cuando una amiga o una compañera me cuentan un problema casi siempre les acabo diciendo que no sean egoístas y que en la vida hay problemas más gordos que ése".

Y no es que María les recuerde lo que le pasó a ella a los 18 años, las cicatrices de ése maldito accidente de tráfico, "porque un problema no se soluciona contando otro problema, sino actuando frente a él como los psicólogos me enseñaron a hacer a mí".

La prueba más directa es que María Arranz cambió no sólo de palabra. "También de hecho, porque yo nunca fui buena estudiante en el Instituto", explica. "Si me sacabas de las letras, decía que no podía y no podía. No sé ni siquiera si me esforzaba lo suficiente pero entonces yo era así".

Sin embargo, a los 29 años, ha descubierto el poder de sí misma y no se cansa de reinventarse. Su formación académica, desde que terminó Magisterio en la rama de Educación Física, se advierte imparable. "Al menos, es una prueba de que me esfuerzo, de que he descubierto que la vida es muy difícil y que el saber no ocupa lugar. No sé si esto me ayudará a encontrar un buen trabajo cuando deje el fútbol, pero sea como sea no deberé arrepentirme de nada. Lo he intentado y no dejo de intentarlo como le hubiese gustado a mi padre. Me levanto cada día a las 7.45 y, a las 20.00 horas, cuando llego a entrenar al campo de fútbol, ya he dado mil vueltas. Las 24 horas, que dura el día, no siempre me resultan suficientes".

La futbolista María Arranz.

Y no es heroicidad. Al menos, ella no lo interpreta así. "No me puedo creer lo que no soy. No me gustan los héroes", justifica. "Pero si veo que el fútbol apenas me da para comer y que este es el primer año, a los 29, en el que he cotizado a la Seguridad Social, tengo que buscar soluciones. Y cuánto antes lo haga, mejor. Y si encima se trata de estudiar lo que me gusta, no le doy tanto mérito. He estudiado Magisterio, INEF, psicología, nutrición... He hecho el curso de entrenador nacional de fútbol... Me he sacado el título de quiromasajista, de monitora de tenis... He ido a Madrid a estudiar porque debe ser así. Si no quieres arrepentirte has de formarte como me hubiese aconsejado mi padre a mí o a mi hermano, que terminó Empresariales y ya está trabajando".

Hoy, María tiene siete titulaciones diferentes que ya le han permitido encontrar un trabajo "de monitora en un gimnasio". Mientras tanto, perfecciona su nivel de inglés y no renuncia a su vocación de marcar goles en el Albacete. "Somos un equipo pequeño y las ocasiones de gol son escasas. Pero precisamente por eso doy más mérito a las que consigo marcar". La realidad es que volvió a ser feliz. "Sí, yo creo que sí. Hago lo que puedo. No me puedo reprochar nada y no me importa la humildad. Vivo en Albacete en un piso compartido con dos compañeras del equipo y sabemos que esto es difícil: el club este año ha hecho un esfuerzo enorme por darnos algo y nos ayuda hasta a pagar el piso. Y se lo agradecemos porque no es fácil ser mujer en el fútbol. Y eso que en los últimos tiempos hemos mejorado mucho".

"Antes, se escuchaban verdaderas barbaridades en la grada. En vez de darte los 'buenos días, te podían mandar a fregar", recuerda ella sin pánico al pasado. "Pero ahora ya no. La gente acepta con más naturalidad a una mujer en la cancha. Es más, al final, la mayoría de los que vienen a vernos repiten". Y eso también es parte de la democrática voluntad de estas mujeres como María, que tiene la titulación para entrenar a cualquier equipo de fútbol masculino sea el Madrid o el Barça. "Una cosa es la formación y otra la realidad. Ahora mismo, no hay más de dos o tres mujeres en los cuerpos técnicos de los equipos de toda España. Por lo tanto, es imposible que podamos aspirar a entrenar a un equipo. Otra cosa es lo que pueda pasar mañana. La vida cambia tanto..."

Y entonces ella, María Arranz, tal vez juegue con ventaja. A los 18 años ya descubrió que una llamada te puede cambiar la vida "y que nada de lo que pueda pasar, desde entonces, ya me da miedo". De ahí que delegue en el esfuerzo como le hubiera gustado a su padre, ese hombre que murió antes de hacerse mayor sin el consentimiento de nadie. Pero a veces el destino hace cosas raras como nunca dejará de explicar María desde Albacete, ella o su madre, que no falla un solo día en la grada para ver a su pequeña. "Al final, siempre se trata de salir adelante", resume.