Publicado: 09.03.2016 00:10 |Actualizado: 11.03.2016 21:57

En beneficio de Julián Hernández

Más allá de su liderazgo al frente de Siniestro Total, que sale de gira y publica un vinilo en abril, el músico vigués ejerce de columnista y presume de descacharrante novela

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Julián Hernández, fundador, guitarrista y cantante de Siniestro Total. / HENRIQUE MARIÑO

Julián Hernández, fundador, guitarrista y cantante de Siniestro Total. / HENRIQUE MARIÑO

Julián Hernández (Madrid, 1960) ha concebido un hijo, es autor de una novela y tiene una respuesta para todo. “Claro que he plantado un árbol, en concreto un limonero”. Hunde sus raíces en su casa-estudio de Cambre, o sea, que el incombustible líder de Siniestro Total lleva años viviendo a un tiro de piedra de A Coruña pese a su pasaporte vigués. “Aquí piensan que soy un espía y allí que soy un traidor”. Precavido, alza el cuello del gabán, usa gafas de sol y calza sombrero de ala, ni corta ni ancha.

En realidad, Julián es un madrigalego retornado. Su madre lo nació en Madrid, pero se crio en Vigo, donde fue cosechando amistades pintonas que terminarían pariendo Siniestro Total tras un accidente de tráfico del que todos salieron ilesos. En el Renault 12 familiar viajaban Germán Coppini, fundador de Golpes Bajos, y Miguel Costas, ideólogo de Aerolíneas Federales, por lo que las páginas de sucesos de la época deberían haber recogido que, aparte de los ocupantes, se había salvado la música de los ochenta.

Entonces nadie podía imaginarse lo que daría de sí su futuro. Mientras la prensa local los ignoraba, la de la capital comenzaba a hacerse eco de cuatro presuntos descerebrados (el cuarto hombre era Alberto Torrado) que cantaban aquello de Ayatolah! (no me toques la pirola). Hernández ejercía de avanzadilla en Madrid, adonde había regresado con dieciocho años para estudiar guitarra en el Real Conservatorio de Música y Filología en la Universidad Autónoma. Al igual que antes se codeaba con la escena underground atlántica, ahora lo hacía con los popes de la movida, lo que les abrió las puertas de la industria musical.

“Éramos más fans que músicos, por lo que tratábamos de robar de todas partes”, reconoce Julián, que se fue haciendo con la voz cantante a medida que los vocalistas dejaban la banda. De combo punk a banda bluesera han pasado treinta y cinco años, tan prolíficos como promiscuos en lo que a relaciones y estilos musicales se refiere: en el fondo, siempre han hecho rock, aunque también se han atrevido con el country. “En nuestros conciertos, la edad va aumentando a medida que te alejas del escenario y te acercas a la barra”.

El primer batería de Siniestro Total, ahora aferrado a la guitarra y al micrófono, no es un superviviente al uso. Aunque la parroquia demanda en cada actuación sus ripios imperecederos (Me pica un huevo, Bailaré sobre tu tumba, Miña terra galega...), Julián nunca se quedó colgado de aquellos maravillosos años, abrazó todo tipo de géneros, montó Discos de freno (“una aventura muy romántica y totalmente ruinosa”), ejerce de media naranja de Rómulo en el dúo tabernícola Transportes Hernández y Sanjurjo y está a punto de publicar su decimoquinto disco de estudio.

“El ejercicio de la nostalgia es bastante reaccionario y paralizante”, critica Julián mientras intenta salvar los muebles. “Hoy se critica de forma bestial la cultura de la transición, pero no hay que cargárselo todo”. Rescata, por ejemplo, a Glutamato Ye-Yé y a Aviador Dro, cuyo líder, Servando Carballar, publicó sus primeros discos. Ni fue un bum ni un bluf, relativiza. “De la misma manera que la música siempre fue una maría en los colegios, mientras que en Europa es una asignatura obligatoria, la industria también ha sido muy cutre. En España, la música no es algo cotidiano sino una excepción”.



¿Por dónde queda el camino hacia la salvación? “El rock ha muerto, pero vive en otros sitios: en el cine, en los cómics, en los videojuegos…”, predica Hernández, que acaba de ser nombrado Tintinófilo del año, la enésima arista del artista. Mente preclara de la escena patria y supremo hacedor del surrealismo sucio, también ha destilado columnas en El País, Público o Faro de Vigo, donde sus Noticias del Submundo son fijas desde principios de siglo. Los huevos, en sendas cestas: “Nos dicen que Siniestro es un grupo consolidado, pero eso es una tontería. Somos auténticos mileuristas, no superestrellas del rock en limusina”.

A tres semanas de lanzar un vinilo que recuperará los singles inéditos desperdigados en internet y de comenzar en Madrid la gira El mundo da vueltas, Julián ha aprovechado la visita a su madre (que, tomando el camino contrario a él, terminó viviendo en la capital) para dar un paseo por la Cuesta de Moyano, donde se encontró con su última criatura. “Mi libro estaba al lado de Ortega y Gasset. ¡Qué subidón! ¡Esto sí que mola!”. Se refiere a Sustancia Negra (Espasa), la descacharrante historia de un vecino que secuestra a otro en la que se revela un sacrílego secreto: Cristo no murió crucificado sino sodomizado por un cerdo.

“La gente dice que sufre mucho escribiendo, pero para mí es la gran juerga”. Si, como decía André Breton, el acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle y disparar al azar contra la multitud, el paso a la acción de Insecto Palo, que así se llama el protagonista, resulta igualmente delirante, aunque aquí será mejor que nos ahorremos los atormentados detalles. “Los personajes hacen un poco lo que les da la gana y se te van de las manos”, justifica Hernández. En fin, como dice Manolo Romón, si el Quijote es una novela, esto es una novela.

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