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Lesbos, dos años después: el hacinamiento invisible

“Nos tienen como animales, encerrados, somos humanos”. 'Público' es testigo de las condiciones de vida que miles de personas sufren en el campamento de refugiados sirios más grande de Grecia. 

Familia somalí llegada hace diez días a Lesbos en dinghy. / M.I

María Iglesias

El juicio a los tres bomberos de ProemAid, absueltos el lunes 7 de mayo de “tentativa de tráfico de personas”, ha reavivado la atención sobre la migración en Lesbos. Fue el primer foco mediático global ese 2015-2016 en que un millón de huidos de la guerra siria y Oriente Medio cruzaron por la isla griega a Europa en la llamada “crisis de los refugiados”. Pero tras el acuerdo UE-Turquía del 20 de marzo de 2016, la menor información da la impresión de que la coyuntura se superó. Los españoles aquí en Mitilene acompañando a Manuel Blanco, Julio Latorre y Enrique Rodríguez, comentaban la apariencia más que apacible, alegremente bulliciosa, turística, de la vida en el centro y el puerto, pese a la oscura realidad de los campamentos.

El día siguiente al juicio, martes 8, una manifestación antifascista reunió a medio millar de personas clamando “Lesbos, tierra antifascista”. La razón, hace tres semanas, la madrugada del 22 de abril, un grupo de fascistas griegos atacaron, en la plaza Safo, a 120 afganos allí acampados hacía cinco días. Huyeron del hacinado campamento de Moria alarmados por lo que creían fue la muerte de su compatriota Ali Mohammad Khoshi, de 32 años, tras semanas alertando a las autoridades del campo de su dolor en el pecho por problemas cardiacos. Koshi, en realidad, llegó en coma al hospital. “Este infarto empezó hace tres días”, dijo personal de la ambulancia a su mujer Kobra Rezai, con su hija Sanaz, de tres años en brazos. Así lo ha contado ella a Público en el campamento de Kara Tepe. Unas instalaciones, dependientes del Ayuntamiento, a diferencia de Moria que depende del Gobierno griego, y que en lugar de triplicar su capacidad, se mantiene en su límite de 1.300 internos.

El ministerio de Migraciones, dio permiso a este medio para entrar en Moria el jueves 10 a las 10.00 y permanecer 45 minutos. Un privilegio que cuesta alcanzar, “por las cincuenta peticiones diarias de medios”, explicó en su bienvenida Dimitri Vafeas, vicedirector, de Moria. El director, Giannis Balpakakis, atendía a esas horas a su homólogo responsable de los campamentos de las islas del Egeo. “El señor Balpakakis, viene del mundo de la empresa, yo dependo del Gobierno”, informó ante la pizarra donde se actualizan los datos y un plano “del mayor campo de refugiados de Europa con sus 45.000 metros cuadrados, y el segundo municipio de la isla de Lesbos”. “Hoy tenemos 7.334 internos para una capacidad de 3.000”, límite máximo según Atenas, pues el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) señala que son 2.000 y Vafeas aseguró que “la infraestructura de baños está hecha para 1.000 personas”. Las que lo usaban cuando Moria era un doble complejo: recinto militar y la prisión de preventivos de Lesbos –según State watch, obras en 2014 prueban que se esperaba esa “crisis de refugiados” que pareció una sorpresa-. “Por eso nuestro principal problema son las aguas residuales”, dice lo evidente por el canal pestilente que recorre el perímetro del lugar. “Vienen de 20 a 30 camiones diarios a llevarla a un “depósito biológico” en el centro de la isla, pero tenemos previsto rehacer la canalización”.

Mientras las obras empiezan, este mayo “han llegado (en dinghy) unos 90 refugiados diarios”. Los cálculos darían 630 a la semana, 2.700 al mes y 32.400 al año, si este verano no se cumpliera la lógica ecuación de un gran aumento por el mejor clima. Son cantidades muy alejadas de esa punta en 2015-2016 de 3.000 personas diarias, pero consolidando la tendencia de los años siguientes. El último, 2017, Grecia (con 35.052 personas) ha sido, tras Italia (119.369), el segundo país del Mediterráneo en recepción de migrantes muy por delante de España (22.419). Aunque la española es la ruta más mortífera, con un ratio de un ahogado por cada 29 llegados.

“En verano de 2017 el perfil fue de africanos, varones, solteros, pero estos dos meses ha vuelo a cambiar a familias con niños, el 66 por ciento de Siria, por los ataques de Turquía al norte kurdo de Afrín, y también de Irak y Afganistán. Hay de Jamaica, Haití, Congo, Somalia… 58 nacionalidades”, informa Vafeas. El 98 por ciento solicita asilo, “pero la cita que pidan mañana se les dará para noviembre y la estancia media de es un año”. La frustración por tanta espera hace que el departamento de petición de asilo esté aún más alambrado que el resto. “Es un punto caliente. En Moria tenemos revueltas cada seis meses” –asegura la víspera del juicio en Quíos al maliense Mohammad Diara, líder entre la comunidad africana, acusado de un incendio protesta el 10 de julio, cuando las ONG defienden es un pacificador del campo. “Nos tienen como animales, encerrados, somos humanos”, declaró Diara a Público, “y ahora no sé ni a qué pena nos enfrentamos un sirio y yo por protestar, sin hacer el fuego jamás”.

“Todos los retos vienen de la sobrepoblación aquí”, asume Vafeas. “Pero la capacidad en Grecia continental también está superada” –tras el acuerdo UE Turquía quedaron atrapadas 52.800 personas, 13.300 en las islas. “Países como Hungría, Serbia, Bulgaria, Chequia no están acogiendo y por temas burocráticos no se es eficaz en deportar”, determina. Frente a las 630 llegadas semanales, “esta semana hemos deportado a 178 y la media siempre está entre 100 y 200”.

De los 7.334 internos en Moria, el día de la visita, 991 están en secciones protegidas (291 son madres o familias con hijos), 90 menores no acompañados, 300 mujeres solas, de ellas 37 embarazadas. Y confinados en una zona de reforzada seguridad, los 141 para ser deportados “y los problemáticos”.

“Se ven menos refugiados en la ciudad porque en 2015-2016, llegaban muchos dinghys a las playas pero, tras traerlos ACNUR en buses a Moria, pronto cogían el ferry a Atenas y seguían por Europa. Ahora están estancados”, cuenta. No encerrados porque pueden ir a la ciudad y volver en autobuses hasta las 22.30. La entrevista, antes de recorrer el campo, guiados por una trabajadora, acaba con el comentario en tono ligero, casi bromista: “Como suele decir nuestro director, Balpakakis, que haya un infarto en cualquier ciudad no es noticia. Si lo hay aquí, se convierte en tema Internacional”, en alusión a la muerte de Ali Mohammad Khoshi, a cuya viuda no imaginábamos conocer en horas.

Kobra Rezai, viuda de Ali Mohammad Koshi, el afgano cuya muerte desencadenó la sentada de 120 compatriotas en Lesbos del 17 al 22 de abril, dispersada por la policía tras los ataques fascistas de ese domingo contra ellos. / M.I

Kobra Rezai, viuda de Ali Mohammad Koshi, el afgano cuya muerte desencadenó la sentada de 120 compatriotas en Lesbos del 17 al 22 de abril, dispersada por la policía tras los ataques fascistas de ese domingo contra ellos. / M.I

Centro carcelario que triplica su capacidad

Aunque en la entrada de Moria no existe ya la pintada “No one is ilegal” que había en 2016, ni la posterior “Welcome to prison”, la opresiva atmósfera carcelaria es una constante entre las calles de carpas gigantes conteniendo tiendas de campañas o los containers ya en dos alturas. Sobre cada habitáculo lonas para atenuar el calor muy intenso ya a las diez de la mañana en mayo, y en las alambradas ropa tendida, infantil la mayoría. La zona de reparto de comida está tranquila a esa hora, sólo niños correteando entre los pasillos alambrados, creados “para ordenar el avance porque es otro punto caliente donde la gente se empuja y pelea por la ración que se llevan”, explica la trabajadora.

Marios Andriotis, portavoz del Ayuntamiento de Lesbos ha manifestado a Público que, desde 2015, “la municipalidad impulsa innumerables iniciativas, ante el Gobierno y la UE para que se reparta y rápido la acogida de refugiados”. Según Andriotis “no es factible la acogida digna que merecen con 9.500 refugiados, un tercio de la población de la capital Mitilene (37.000) en una isla de 87.000 personas”. La población local, “es en su inmensa mayoría solidaria con los refugiados”, dice, “y comparte su deseo de que sigan hacia Europa –aunque los que no tienen derecho, deben ser deportados más rápido-”. “Pero”, advierte, “sí tememos, no sólo al grupo de ultra derecha minoritario que atacó a los afganos, sino que si la UE no actúa con hechos, los locales acaben desesperando”.

En la finca anexa a Moria donde en 2016 estaba Better Days for Moria, campamento de activistas individuales europeos para los paquistaníes, afganos, bangladesíes y africanos a los que se negó el registro en vísperas del pacto UE- Turquía, se ensaya un programa piloto de mejora de Moria. “Ampliar o crear campos lo descartamos”, dice Andriotis, porque las autoridades temen convertir la isla en un polo específico de contención de refugiados.

“Aquí tenemos 560 personas de veinte países, la mayoría sirios, afganos, kurdos e iraquíes”, explica Adeel Izemrane, el marroquí-holandés de la ONG Movement on the ground a la se ha encargado instalar wifi y promover que los refugiados se conviertan en actores en el reparto de comidas o mejora de este rincón. “Llevamos también el programa de fútbol, aquí y en Kara Tepe, de la Fundación Barça”.

“Moria es igual o peor que Afganistán”, denuncia, sin embargo, indignado, Amidi Mohammdi, traductor para la OTAN nueve años por sus ocho idiomas (inglés, ruso, turco, urdu, daari, pastu, azerbayano). “Por colaborar con la UE y la OTAN los talibanes me amenazaron: Vamos a violar a tu mujer y te mataremos, así que huyó con ella y dos hijos. El 25 de marzo de este 2018 llegó a Lesbos en dinghy por el Egeo. “Esto no es vida: no hay higiene, mala comida por la se lucha en la fila, todo entre rejas, ¡no somos fieras! El calor es insufrible en las tiendas. Cualquier cita médica es para dentro de dos meses”, relata antes de lanzar un llamamiento “a los ciudadanos europeos: Somos humanos, por favor, cuidadnos como a vosotros. En Moria he reencontrado el horror”.

Dentro del complejo, tras saludar a una familia somalí llegada hace diez días, conocemos a Mayida y Omar Isa, matrimonio sirio, padres de siete hijos. Él espera ante el consultorio médico con brazos y manos cubiertos de un eccema blanco. Se levanta la camiseta y enseña que también lo tiene en pecho y vientre, indica que pica y duele. Con la traducción de Fátima Khalid, siria, de 23 años, madre soltera de un hijo de tres, Mayida y Omar Isa nos explican que llegaron hace 17 días y desde entonces piden tratamiento. “Sólo me dan esta crema que ni cura, ni alivia. “Por favor”, junta las manos, “ayudadnos”. Con ellos está Iman, con su pequeño hijo Yusef que pide ser reunificada con el marido llegado hace un año a la isla de Samo.

ACNUR ve insostenible el hacinamiento para refugiados y griegos 

“El tema de menores no acompañados y el de no reunificación familiar son de los más graves”, contextualiza, tras finalmente tres horas en Moria, ya en el campamento de Kara Tepé, Boris Cheshirkov, quien en 2015-2016 era responsable de ACNUR en Lesbos y ahora lo es, desde Atenas, en las islas de Egeo. “En Grecia hay 3.000 menores no acompañados y las instalaciones tienen capacidad para 1.100. Se necesita más implicación en el reparto por países, para evitar abusos sexuales a menores y este hacinamiento: 15.000 refugiados en las islas, 8.000 en Lesbos cuando la capacidad es 2.000 en Moria y 1.300 en Kara Tepe”. Según Cheshirkov: “La situación es insostenible para refugiados y locales”.

Stavros Mirogiannis, al frente de Kara Tepe desde su origen, recibe a Cheshirkov la efusividad y determinación de ex militar por los que es conocido. “Boris y yo estuvimos aquí cuando pasamos de ser un infierno a un lugar de dignidad”, apunta la diferencia que siempre se señala entre las condiciones de vida en Kara Tepe y el cercano Moria: “¿Qué queremos, favelas donde la gente esté como cerdos o perros, en jaulas? ¿Jaulas que crecen como rascacielos, ya van por dos plantas? Yo estoy totalmente en contra”, asegura. Pero, al tope de sus 1.300 plazas, toda solicitud de ingreso es denegada. “Lo sé, no duermo, ni como bien porque tenemos que rechazar familias. Pero para garantizar calidad, no se pueden hacinar”.

“¿Qué noticias traes?”, pregunta al responsable de ACNUR y él responde: “Las llegadas por el río Evros”, en alusión a la frontera terrestre con Turquía donde, tras los ataques del país otomano al norte kurdo sirio de Afrín, en abril han llegado 2.900 personas. “Yo no soy político”, reacciona Mirogiannis, pero estuve un minuto con el presidente del parlamento europeo, Antonio Tajani, contándole lo que aquí vivimos y espero que Hungría, Chequia, Bulgaria, Serbia acojan, pero también Francia o Alemania más cuota. ¿O pretenden que Italia y Grecia seamos los países-cárcel de refugiados?”

En Kara Tepe, a la sombra de un olivo están un padre y su hijo en silla de ruedas. Son los afganos Akbar Husein Torjik y Farshad, de 17 años, paralítico cerebral. La madre y hermana, Rugel y Frested, llegan con un voluntario sirio que traduce farsi. Incluso en este campamento, con espacio y limpieza, están angustiados porque su hijo necesita atención médica. “Huimos de Afganistán por él y un hermano mayor que se murió al pasar a Irán”, relata la madre. Llegaron este 15 de febrero tras un mes de trayecto. Ellos y otro hijo menor, Amir Husein. “Ahora dicen”, explica la hermana, “que para el tratamiento, hay que llevar Farshad a Atenas, pero solo uno puede acompañarle”. “El problema”, precisa el padre, “es que ninguno tenemos fuerza para moverle solo”. “No queremos casa, ni comida”, implora la madre, “sólo salvarle”, completa ante el hijo que ríe o llora.

Yousid Mahmood, joven iraquí de Samar lleva seis meses con su mujer. El día de noviembre en que oyeron disparos en el piso de abajo, de sus padres, y comprobaron que habían asesinado a este y su hermano mayor decidieron huir. “Mi madre vendió sus joyas y dijo: Iros, porque sabe que esa milicia iraní que mató a mi padre, por comunista y por querer un Irak unido, de sunís, chiís, vendría a por nosotros”. Yousid llegó “ilusionado con una mejor vida en Europa, pero de momento hemos perdido el hijo que esperábamos”.

En un sofá hecho con dos palés, los sirios damascenos Bashar Ali y el matrimonio formado por Amash Zabraui y Nisrrin Mshbd con cuatro hijos - Noor, Manaa y Shan, durmiendo la siesta y el mayor, Mohammad, de cinco años saltando cerca, cuentan con inglés precario: “Bashar Al Assad no good”, y hacen el gesto de aviones bombardeando. “Kara Tepe good, Moria not good”.

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