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Manu Brabo "Sé que mis fotos no van a parar una guerra pero si nadie las hiciera sería mucho peor"

El fotoperiodista, ganador del Premio Pulitzer en 2013, inaugura su primera exposición en solitario de la mano de National Geographic. Una retrospectiva de su trabajo en diferentes conflictos como Siria, Libia o Egipto que se exhibe en La Neomudéjar de Madrid y que describe en esta entrevista.

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El fotoperiodista Manu Brabo, en su casa de Madrid.- JAIRO VARGAS

En su casa prestada del centro de Madrid, Manu Brabo (Zaragoza 1981) intenta descansar lo justo antes de la inauguración. El fotoperiodista, que en realidad es asturiano, lleva todo el día concediendo entrevistas. Estrena su primera exposición en solitario, en La Neomudéjar de Madrid, de la mano de National Geographic. Un trabajo retrospectivo de los diferentes conflictos bélicos en los que ha trabajado y que ha tenido a bien titular “Un día cualquiera”.

En el salón, lejos de las balas, Brabo recuerda para Público ese día cualquiera en el que estuvo a punto de morir. Uno de ellos, en realidad: “Fui a cubrir una ofensiva a un pueblo llamado Ganus, en Irak, que estaba rodeado por el Ejército iraquí. Dentro estaba el Estado Islámico. Se estaban preparando para atacar, cargaban ametralladoras, merendaban y charlaban… De repente cayó un mortero del 80 ─entiéndase: grande─. En la foto falta alguno pero creo que son diez soldados muertos y 19 heridos”. Esa es una de las 90 imágenes que pueden verse en las paredes desconchadas de la sala, un antiguo taller de Renfe reconvertido en espacio vanguardista.

Foto cedida.

“Donde me ves es donde me tiro al suelo y empiezo a hacer fotos.” Es diciembre del año pasado, pero a Manu no se le ve porque está detrás de la cámara. Con el polvo aún levantado por la explosión y los oídos zumbando, el fotoperiodista agarra la cámara y dispara. Sin pensar mucho en lo que, por azar, acaba de esquivar. “Si no hubiera habido tanta gente delante para comerse la metralla, algo me hubiera comido yo. Sí, pude palmar”, resume

¿Cómo se puede coger la cámara y trabajar segundos después de que te pase una cosa así?

Por instinto. Es muy difícil que caigan dos morteros en el mismo sitio. Los que lo lanzan van corrigiendo el tiro para pillar a los que se escapan. Es mejor quedarse que retroceder. Hay dos opciones: echas a correr como pollo sin cabeza o te tiras al suelo y trabajas.

¿Eres capaz de medir y encuadrar en esas circunstancias?

Claro. Si empiezas a pensar en lo que te puede pasar es mejor que te vayas. Yo sé que si voy a Irak me pueden matar, me pueden secuestrar, me pueden cortar la cabeza. Esas cosas las dejas en tu casa. No hay más. Es más sencillo de lo que parece.

Brabo no usa teleobjetivo. “Me dejaron uno para Libia y lo rompí. Se lo debo aún a Guillem Valle”, ríe. Según dice, para hacerlo bien hay que estar cerca, aunque pueda pasarte de todo. Cercanía y rapidez, “exponerse pero lo justo”. Cazar la imagen, resume.

Foto cedida.

Esta foto le valió el Premio Pulitzer en 2013 y se puede ver en La Neomudéjar a un tamaño que impresiona. Un padre sostiene el cadáver de su hijo, herido durante un ataque del Ejército de Al Asad en la ciudad de Alepo. “Estábamos refugiados en un hospital y yo hablaba con los médicos. Vi pasar a un señor con el cuerpo de ese chaval herido. Le pasaron a la sala de urgencias, es decir, una sala improvisada en lo que quedaba de hospital. Después vi pasar corriendo al señor y supe que era el padre. Me quedé esperando en la puerta a que el padre saliera con el chaval ya cadáver. Poco a poco vas viendo la urgencia y la gravedad de las heridas. Lo notas en el color de la piel, en las pupilas… Al rato salió con el niño en brazos y un disgusto de la hostia. Corrí un poco desde atrás para hacer las fotos lo más rápido posible”, recuerda.

¿No te sientes mal aprovechando un momento tan doloroso para otra persona?

Mi trabajo es invasivo. Va de meterse en lugares donde no estás invitado. Nunca es agradable tener a un fotógrafo delante. Intentas componer y hacer el trabajo técnico rápido para molestar lo menos posible. Al fin y al cabo, es un señor buscando un momento de intimidad en la vía pública. Es complicado, pero la única manera que tengo de ser menos invasivo es ser invasivo durante menos tiempo.

Ganar y perder en Siria

El conflicto en Siria le granjeó el premio más prestigioso y le consolidó como uno de los mejores fotoperiodistas del momento, aunque también le robó a un gran amigo y compañero de penurias en el frente. James Foley, Jimmy o sólo Jim para Babo, fue secuestrado por el Estado Islámico en 2012, cuando cubría la guerra civil. 635 días después, el vídeo de su ejecución dio la vuelta al mundo. A Brabo no le gusta hablar de eso, al menos en público, aunque el nombre de Jim no deja de salir de la boca del fotógrafo durante toda la entrevista.

“Siria me ha quitado muchas cosas, pero más allá de que me haya quitado a personas, destaco la frustración de haber trabajado un montón, de haberme implicado tanto, de gozar de la confianza de mucha gente para que luego tu trabajo no responda a las expectativas. Ni a las tuyas ni a las de esa gente. Eso es lo frustrante y te hace plantearte que tu trabajo es una mierda que no que no sirve para cambiar nada”.

¿Pensabas eso cuando empezaste a hacer fotos?

Al principio te haces fotógrafo de guerra para sensibilizar, para que la gente vea lo que pasa y remover conciencias. Con el tiempo ves que eso no pasa y empiezas a buscar la medalla de bronce, el premio de consolación. Mi premio es saber que mi foto no va a para una guerra, pero si nosotros dejamos de hacer esto, todo será peor. Lo veo como una balanza desequilibrada: los hijos de puta siempre pesan más. Pero, si quitamos el pequeño contrapeso de los periodistas, se acabó, todo irá mucho peor.  Ya van 500.000 muertos en siria y todos sabemos lo que pasa allí. Si no lo supiéramos, echa cuentas.

¿Qué influencias has tenido para dedicarte a esto?

Soy víctima de los fotógrafos que cubrieron Bosnia y Ruanda. Me llegaron en los 90, cuando empiezas a tomar conciencia de ti mismo, en la adolescencia. Me marcó. Me hizo preguntarme hasta dónde puede llegar el ser humano y qué podía hacer yo en todo eso. Ahora yo intento que a los demás le marquen las cosas igual que a mí me marcaron las fotos de Bosnia. Al principio eres joven y crees que en las guerras hay buenos y malos. Ves al fotógrafo como el superhéroe que cambia las cosas. Luego la vida va pasado y ves que eres un supermierda que, unido a otros supermierdas, hacemos que la balanza no caiga del todo hacia el lado de los hijos de puta.

Por ejemplo, es bonito que un amigo me llame para decirme que está trayendo a su hijo de cuatro años a ver mis fotos. Porque le hará saber cuál es la diferencia entre cerca y lejos, es decir, valorar lo que tienes y valorar las tragedias de los otros.

[A la entrevista se ha sumado Paulo Nunes Dos Santos, amigo de Brabo y fotoperiodista freelance portugués afincado en Irlanda. “Somos hermanos, hemos estado juntos en muchos frentes”, apunta el luso, que ha venido a visitarle para la inauguración y no puede aguantar callado viendo como Brabo cuenta historias en las que él también estaba].

Nunes: Cuando empiezas en esto tienes la idea de cambiar cosas. Es el estado natural de la juventud. Pero con el tiempo te vuelves algo cínico. Quizás no sea la palabra correcta. El trabajo de Manu tiene un valor histórico. Puede que ahora no sirva para cambiar las cosas, pero quizás dentro de 15 años mis hijos vean esas fotos en la escuela y entenderán las cosas horribles que la humanidad ha hecho. No vale sólo con que te lo cuenten, las imágenes se quedan en tu cabeza para siempre. Ése es su valor histórico.

¿Cuántas veces volviste a Siria tras el Pulitzer?
Tres más. Pero en abril de 2013 ya vi la cosa tan fea que no quise volver. Tenía muchos colegas secuestrados, había pasado por mucha mierda, los centros de prensa se habían convertido en mafias… Ya no era agradable, no dormía en el mismo sitio ninguna noche y trataba de variar las ubicaciones para despistar.

¿Qué crees que va a pasar con esa guerra?

Jim y yo decíamos que seríamos editores con 50 años y seguiría habiendo chavales trayéndonos fotos de la guerra de Siria. No parece que nos equivoquemos. Yo le daba 17 años, como la del Líbano, y ya van seis.

Libia, el despegue

El nombre Manu Brabo empezó a sonar por primera vez en 2011, cuando fue encarcelado por las fuerzas de Muamar Gadafi mientras cubría la guerra en Libia. Pero el camino hasta allí no fue fácil y dio algún que otro tumbo. Uno de esos tumbos le llevó a una cárcel Libia, donde pasó 43 días detenido por el régimen de Gadafi.

Combatientes rebeldes disparan contra las posiciones del Ejército libio en Sirte, Libia, 2011.- MANU BRABO

¿Cómo empezaste en el mundo de la foto?

Empecé a estudiar arte a los 16 años y a especializarme en foto a los 18. Terminé el proyecto con 21. Después fue un hippy durante una temporada en Holanda. También viví en Castellón, monté ascensores, cogí tulipanes, fui repartidor de Seur, monté pistas de tenis con césped artificial… No sabía muy bien cómo ganarme la vida de fotógrafo, así que empecé a estudiar periodismo y a currar en una agencia pequeña de Madrid. Hacíamos foto deportiva, sobre todo motociclismo. Con ese dinero, en vez de irme a Ibiza con los colegas, me iba a Kosovo y hacía mis historias. Y así pasó que llegué a Libia. Ahí ya había empezado a currar con Gara y publicado algunos reportajes en Zazpika. Llegué a Túnez para cubrir la Primavera Árabe escribiendo para Gara, La Nueva España y para Telam (agencia de noticias argentina). Vendía el mismo texto a los tres. Una vez protestó alguno y le dije que el día que me pagara por la exclusiva tendría un texto en exclusiva. Ahí ya empecé a hacer fotos para Efe.

¿Llegaste a Libia contratado por Efe?

No, cuando entré en Libia, Efe me quería pagar lo mismo que le pagan aquí a alguien por cubrir un partido de fútbol. Entonces les dije que dejaba de trabajar. Pero Efe forma parte de EPA (European Pressphoto Agency) y yo debía de ser el único tipo en un sitio que le interesaba a EPA. Entre unas cuantas agencias europeas llegaron la conclusión de que sería bueno pagarme 300 euros y que trabajara para todas. Como me pagaban más pude dejar de escribir. Y de repente aquel hippy que llegó a Libia con una mano delante y la otra detrás empezó a hacer portadas para el New York Times.

[Nunes vuelve a irrumpir en la entrevista] Como él no lo hace, voy a resumirte el trabajo de Manu en Libia. Le conocí allí. Después de unas semanas trabajando juntos me fui a casa. Cuando volví 15 días después, Manu seguía allí y había perdido casi 10 kg. Curraba como un loco y no comía. Casi no le reconocía.

Brabo: De hecho, en la cárcel, gané peso.

¿Fuiste a Libia sin experiencia en conflictos?

Conflictos como ese no. Lo más fuerte que había hecho eran cuatro tiros en palestina. Había estado en lugares militarizados y te vas haciendo un poco a la idea de cómo es. Siempre he querido hacer esto, pero no quería llegar al frente y volver con una foto sobreexpuesta. Jugarte la vida por una foto sobrexpuesta es muy estúpido. Así que uno tiene que aprender a controlar sus nervios, a que te paren en un checkpoint, a que te interroguen, a que te molesten, ver a gente armada alrededor… a vivir en el problema.

¿Cómo fue ir a una guerra de verdad por primera vez?

Fue como cuando vas a una zapatería y te pruebas las botas de tu talla, que te van genial. Pero fueron pasando las semanas y no descansaba nada, no comía. Poco antes de que me detuvieran hablaba con Marcelo Cantelmi y me decía que tenía que irme a casa. Y yo le decía que, si me iba, se acababa mi sueño, que no sabía si podría volver. Pero sabía que tenía razón. El problema es que, cada vez que abría Internet, veía una foto mía en una portada ¿Cómo me iba a ir?

¿Pecaste de avaricia por el éxito?

¿Qué éxito? Si no tenía dinero ni para comer, le pedía pasta a todos los periodistas, pero estaba haciendo lo que me gustaba, se me daba bien y mi trabajo estaba teniendo repercusión. Cuesta mucho pensar con claridad cuando tienes un cerebro mal alimentado y viciado, porque lo único que te mantiene en pie es la puta adrenalina… Encima me topé con un colega como Jim y se construye esa esa especie de macho thing, “a ver quién tiene más huevos, yo doy un paso más adelante ”… Él y yo entramos en sitios donde no había llegado ningún periodista.

¿Cómo fue la detención?

El día anterior, Jim [Foley], Clare [Morgana Gillis, fotógrafa de EEUU], Anton [Harmmel, fotógrafo de Sudáfrica] y yo habíamos estado en un sitio a las afueras de la ciudad de Brega. Era una buena posición, porque las tropas de Gadafi estaban abajo y los rebeldes, arriba. Cuando volvíamos les dije que había que levantarse muy temprano porque ese día caería Brega. Lo planeamos todo con el mismo conductor y ya estaba la OTAN bombardeando a las tropas de Gadafi; quieras que no, te hace sentir más seguro. Tras un bombardeo a un convoy de Gadafi, llegamos los primeros e hicimos unas fotos de la hostia. Arriesgamos un poco más y cuando estábamos llegando a esa colina, recuerdo que les dije que yo no subía allí. Nos bajamos del coche y a los dos minutos lo volaron con un RPG. Entonces llegaron unos coches y vi que los tipos llevaban una cinta verde en la cabeza [eran tropas de Gadafi]. Le dije a Clare: “Estamos jodidos”. Empezamos a correr hacia el desierto. Jimmy corría entre nosotros mientras Anton intentaba coger un coche de los rebeldes que pasaban a 200 km/h. Nos tuvimos que echar al suelo porque ya pasaban las balas muy cerca. Jimmy preguntó si estábamos bien y Anton respondió que no. Los coches nos alcanzaron y nos dispararon. Jim gritaba “sahafa” (periodista) y dejaron de disparar pero le metieron una hostia que le saltaron hasta el casco. Solté las cámaras me puse al lado de Clare y empezamos a comer hostias. Yo me agarraba a ella y gritaba que era mi mujer para que nos llevaran juntos. Entonces nos metieron en el coche y vimos a Anton con las tripas fuera, en la cuneta. Después llegaron las humillaciones, los insultos, las patadas en la boca… una colección de vejaciones muy interesante.

¿Pasaste 40 días así?

Cuarenta y pico. Pero no fue así siempre.

¿Cómo era la cárcel de Gadafi?

Podría haber sido peor. Los primeros días fueron muy jodidos. Estuve en aislamiento como tres semanas, y tres semanas contigo mismo sin saber lo que te va a pasar juega malas pasadas. Empiezas a desarrollar paranoias, intentas aprender a saber lo que está pasado: ruidos de coches, cuando te traen la comida, la furgoneta de los presos entrando y saliendo. Intentas asomarte por las ventanas para ver el exterior pero sin que te vean. Empiezas a establecer una rutina paranoica que consisten tratar de saber qué pasa fuera y tratar de intuir qué te va a pasar en el futuro inmediato a través de los sonidos de la cárcel.

Pero también hubo momentos divertidos. Me comunicaba con el tipo que estaba en la celda de al lado por el hueco del enchufe. Se me presentó como un constructor que estaba arreglando el aeropuerto de Trípoli y que le pillaron huyendo. Luego resultó que era un ex boina verde con muchos años de experiencia y que iba de Trípoli a Bengasi para entrenar a los rebeldes. Cuando entraron los rebeldes en Trípoli tiró la puerta de acero de la cárcel de 30 patadas. Se escapó y se pasó la noche escondido hasta que le encontraron los rebeldes.

¿Te arrepentiste en algún momento? ¿Pensaste que todo ese calvario no merecía la pena?

Pensaba que lo que no merecían la pena eran mis últimos cinco años en Madrid haciendo un curro que no me gustaba, sin tener huevos a arriesgar por una profesión por la que estaba dispuesto a dar la vida (ahora ya no tanto). Estaba muy enfadado por los años de presidio que me había autoimpuesto de no ser feliz. Pensaba que si éste era el precio que tenía que pagar por haber apostado, pues estaba bien pagado. Mi reflexión no era “la he cagado”.

El fotoperiodista Manu Brabo, en el salón de su casa, en Madrid.- JAIRO VARGAS

¿Cómo es momento de después, cuando llegas a casa?

Es complicado. En la cárcel me volví hasta religioso, yo que siempre he sido ateo. La persona en la que te transformas no tiene mucha cabida en este mundo. Cuesta equilibrar. Mi mayor miedo era no ser capaz de volver a hacer mi trabajo como lo estaba haciendo antes. Volví a Libia porque quería probarme. No quería dejar el trabajo.

Meses después hiciste fotos al cadáver de Gadafi. ¿Qué sentiste al tener delante al culpable de tu encarcelamiento?

Llegué 13 minutos tarde a la muerte de Gadafi. Cuando veo que lo han matado lo primero que pienso es que me tenía que haber creído a la gente 13 minutos antes. Hubiera tenido la foto del siglo. Cuando lo vi muerto ahí me dio la sensación de que el tipo al que odiaba tanto y al que tenía tanta manía era un ser humano que las ha pasado muy putas durante un rato. Rencoroso no soy, pero el que me la hace me la paga. No se puede dejar de pensar en el “y ahora qué, cabrón. Ríete ahora”. Me pasa lo mismo cuando veo a detenidos milicianos del Estado Islámico o soldados prisioneros del régimen de Al Asad. Los ves sufrir y ves al ser humano. No puedes dejar de sentir empatía. Cuando no los ves y te disparan son como monstruos, fantasmas, pesadillas. No les pones cara, están deshumanizados, pero cuando los ves fritos o muriéndose o llevándose una paliza ves lo humano de todos ellos. Cuando cogieron a Gadafi, había supervivientes que estaban huyendo con él y la gente les estaba pegando, escupiendo, uno había perdido el brazo y pedía agua. Tuve que ir yo a por agua para llevársela. La gente me paraba y yo les gritaba: “Dadle agua a este tipo, que sois igual que Gadafi".

Cadáver de Muamar al Gadafi, en la exposición de La Neomudéjar.

También estuviste en el Egipto tras la caída de Mubarak ¿Qué ha quedado de la Primavera Árabe?

En Egipto, militares en el gobierno. Controlan el 80% de la economía egipcia. Hacen tanto misiles como espaguetis. Y en el resto de países, guerras. Las Primaveras Árabes prometían mucho y se han quedado en nada. Son sociedades muy complejas que no han tenido tiempo de reconciliarse. No hay una fusión ni un sistema de identidad que los una. Los unió la mano dura y luego no han sabido gestionar que hay diferentes partes de la población con intereses distintos. El único punto en común que han encontrado durante mucho tiempo es el enemigo común. Cuando éste se va, se quedan los problemas, y no han sabido salir de ahí. Tampoco sé cómo se les puede enseñar. Hay tribus, diferentes credos, intereses… Seguramente pase en Siria cuando acabe la guerra. También hay muchos intereses externos que hacen para que la situación no sea estable. No sé exactamente qué beneficio pueden tener la UE y EEUU en todo esto, pero la realidad es que ellos no se ponen de acuerdo y tienden más a solucionar las cosas a hostias que hablando.

Has visto de cerca el mundo de Estado Islámico en Irak, ¿cómo se ha llegado a eso?

Lo vi en la frontera entre los yihadistas y el territorio controlado por los kurdos. Por la noche la gente se escapa de los pueblos controlado por el Estado Islámico y trata de cruzar las líneas. Lo que tienes que pensar es que el Estado Islámico no conquista solamente. Hay muchas partes que libera. Es decir, el triángulo sunita es sunita. El Gobierno de Irak y el Ejército es chiita y se han comportado como unos auténticos hijos de puta en determinadas zonas. Con lo cal, cuando el EI llega a Mosul (Irak) y los habitantes  pensaban que eran buena gente. Luego empezaron a ver lo que había, pero ya era muy jodido escapar.

¿Dejas de ser una persona normal cuando ves los horrores de la guerra tan de cerca?

Supongo que sí, pero yo creo que nunca he sido una persona normal. Mis colegas lo dicen siempre que soy el único que de su locura ha hecho una profesión. Me imagino que ya había algo que no andaba demasiado bien en mi cabeza. En general, estar en la guerra hace que te cueste mucho entender los problemas normales que le preocupan a la gente de nuestro mundo. Consideras que toda la gente es tonta y se preocupa por gilipolleces. Te entra ese síndrome Pérez Reverte. Lo estoy notando mucho ahora con el tema catalán.

Te he leído comparar Catalunya con el conflicto de Ucrania ¿No te parece exagerado?

Llámame exagerado o dramático, pero cuando yo hablaba con la gente en Ucrania nadie se esperaba que iban a acabar en guerra por esta razón nacionalista. Y lo están. Lo que digo es que al final las pasiones, cuando los políticos deciden que tenemos que ahondar en nuestras diferencias en vez de en nuestras similitudes y cuando la gente sigue ese juego y se lo cree pasan cosas como las de Catalunya. Ya ha habido hostias, la gente empieza a ser violenta… No sé, parece que necesitamos a cuatro gilipollas y un muerto para que la cosa se ponga seria. Luego muchos nos volveremos más gilipollas y habrá más muertos. Eso es lo que me asusta. No comparo nada, solo digo que si nos dejamos arrastrar por esto acabamos mal.

¿Tan asustado estás por Catalunya?

Claro. Hay familias y colegas que no se hablan. Yo estoy discutiendo con gente con la que nunca he tenido problemas. Y si tienes un punto de vista medio o equidistante, los de aquí te llaman rojo y los de allí te llaman facha. Al final me preocupa que haya gente con unas fronteras mentales tan fuertes que sea capaz de matar por quedarse en esas fronteras o por defenderlas con la violencia. Y me jode aún más que haya gente de izquierdas pensando esto. Para mí la izquierda es internacionalista por definición.

El fotoperiodista Manu Brabo posa ante varias de sus obras que forman parte de "Un día cualquiera", una muestra que junto a National Geographic, ha inaugurado hoy en el centro cultural La Neomudéjar, en Madrid. EFE/Emilio Naranjo

En España hay muchos y buenos fotoperiodistas que, como tú, han tenido que publicar fuera porque aquí era muy difícil. ¿Qué le pasa al fotoperiodismo en la prensa española?

No creo que le ocurra nada. A quien sí le ocurre es al público en general. No quiero que vengan a mi exposición a decirme lo guapas que están mis fotos. Yo ya lo sé, aunque suene mal. El problema es que hemos pasado a una ciudadanía pasiva que se traga cualquier mierda en Twitter, que no tiene ni exige herramientas de análisis, que hace juicios sobre una guerra que pasa a miles de kilómetros sin siquiera haber leído la historia de ese país.

Te hablo de los medios no de los lectores.

No, el problema es el público. La gente que está en un periódico también es público. Pero esa gente debería ser gente con background, con inquietudes, con ganas de conocer y que no se fía a la primera. Tenemos ciudadanos y periodistas pasivos que hacen lo que les dice el jefe, que van con la línea que se marca.

No es ya que no se apueste por el fotoperiodismo y los reportajes de profundidad en España. Es que se está apostando por fabricar gente imbécil a la que puedas manejar y mandarlas a votar un día para que les den de hostias y que, cuando se escapan sus políticos, todavía les honren. O gente que sale con la banderita de España. Educación para borregos, televisión para borregos, periodismo para borregos y no se quiere invertir en nada que haga a la gente pensar por sí misma porque es mejor tener ganado que tener personas.

La crisis no es de los medios, es de pensamiento. A la gente se la he enseñado que con el mínimo esfuerzo mental tienen garantizadas unas comodidades. La incomodidad es esto [muestra en el ordenador una foto de un cadáver en Egipto con el cráneo reventado]. Y si no puedo incidir en la gente española pues lo haré en la alemana o en la francesa.

Nunes: Yo creo que también hay otro problema con el fotoperiodismo. Muchos fotógrafos hacen fotos no para impresionar al lector, si no a los editores.

Brabo: Sí. Fotos para fotógrafos.

Nunes: Sí, fotos para fans. Yo empecé a escribir y a hacer fotos para que mi madre supiera dónde está Sudán del Sur y por qué sufre la gente allí.

Brabo: Exacto. Yo hago fotos para que mi madre entienda el mundo. Vivimos en un escenario de estrellas del rock, y la gente quiere ser Mick Jaggerr. No quieren ser Eugene Smith ni McCullin. Seguro que muchos que quieren ser fotógrafos no saben quiénes son. Cuando imparto clases en un workshop hay gente que quiere ser fotógrafo y no tiene nada de cultura visual, no tiene ningún interés en ello, no sabe que la mayor escuela de fotografía está en los cuadros del Museo del Prado. Sólo saben que este curro tiene repercusión social. Pero tampoco es así. Yo voy por la calle y no soy Cristiano Ronaldo. Pero el mundo de las redes hace que te relaciones solo con gente de tu cuerda y, a veces, te hace pensar que eres importante y la gente quiere esa importancia.

Hay centenares de personas que van a Lesbos (Grecia) a hacer fotos a los refugiados sólo para colgarlas en Facebook, sin pensar que ni están ganando dinero ni en que están haciendo más ruido ni en que esa gente a la que hacen fotos son gente que sufre. Ellos llegan  para colgarse su medalla de "yo estuve allí". Es una maniobra egoísta y nada solidaria y, económicamente es estúpida. No vas a ir a quitarme el puesto mí ni a James Nachtwey.

¿Por dónde se tiene que empezar?

Quizás por sitios que no están de moda. Para empezar hay que buscar historias diferentes. Cuenta el tema de Sháhara, que está muy sobado pero nadie hace nada bueno ahora. Vete  a Haití, que ya no importa a nadie.

Nunes: Empieza por tu propio barrio, por tu calle.

¿No crees que parte de la culpa de este problema es tuya y de otras 'estrellas' del fotopeirosimo?

Sí y asumo mi responsabilidad. A veces publicas en Facebook fotos diciendo "mira qué bien lo pasamos haciendo chorradas en la guerra". Después lo piensas y dices: "La gente va a pensar que esto jauja". Pero no les. En nuestro afán por comunicar y por que se reciba el mensaje, dulcificamos la guerra. Hacemos de ella algo bonito estéticamente, pero en realidad es gente con los sesos fuera, sangre, vísceras y muerte.