Publicado: 27.10.2015 23:17 |Actualizado: 01.10.2016 19:38

Martín Sagrera, el de las pancartas: "El rey no da golpe desde el 23-F"

Crea lemas, los plasma en carteles y luego los distribuye en manifestaciones. A sus ochenta años, no hay caballo de batalla que se le resista, del bipartidismo a los recortes

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Martín Sagrera, en el cuarto de su piso donde hace las pancartas. / HENRIQUE MARIÑO

Martín Sagrera sujeta dos pancartas en su casa de Madrid. / HENRIQUE MARIÑO

El cuartel general del pancartismo madrileño se eleva hasta un quinto piso del barrio de la Concepción. En él se distingue un salón, un baño y, al final del pasillo, una cocina. El resto ha perdido la apariencia de vivienda hasta convertirse en un archivo informe que ocupa varias estancias y en un taller atestado de consignas y mensajes. Martín Sagrera (Llafranc, 1935) penetra en un cuarto lleno de papelajos y rebusca entre la palabrería hasta dar con un viejo pasquín encabezado por unas capitulares que rezan: “Carne, veneno”. Ayer, la Organización Mundial de la Salud declaró cancerígena la carne procesada.

No es la primera vez que se anticipa a la actualidad. Años antes del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, ya había protestado contra la carestía de la vivienda. “Pero la gente, una vez hipotecada, no se movió y ahora somos servidumbre”. Sagrera, que estrena ochenta años, desgrana los días confeccionando pancartas, que personaliza para todas las causas imaginables. Luego acude a las manifestaciones y comienza a repartirlas entre el gentío. “Las protestas se convocan para que se hagan eco los medios y los carteles tienen repercusión porque salen en la tele”, afirma con orgullo a espaldas de sus libros.

Ha escrito sobre el racismo, la sexualidad, la superpoblación o la crisis del monoteísmo. Es ateo, aunque hubo un tiempo en el que los pasos que empezó a dar en un pueblo de Girona le condujeron a Roma, donde estudió Teología. Iba para cura progre, pero desanduvo el camino, cursó Sociología y terminó dando clases en Latinoamérica. No volvería a España hasta el fin de la dictadura, donde ejercería de activista profesional, consagrado a la disidencia. “Somos cautivos de las últimas ideas que tenemos, aunque yo no milito en ningún partido. Todos los -ismos son exageraciones”, deja claro. “No soy hombre de iglesia, soy hombre de crítica”.



Martín, no me trates de usted, carga contra el bipartidismo (“Una dictadura tras otra”), contra la independencia de Catalunya (“Rajoy es el principal culpable del auge del independentismo”) y contra todo lo que se le ponga a tiro. Desde la entrada en la OTAN hasta el tratado comercial con Estados Unidos, ya van más de tres décadas procurando movilizar a la ciudadanía. “En España es muy difícil lograrlo”, explica Sagrera mientras cala un cartel en un palo a modo de bayoneta. Está acostumbrado a cargar él solo contra un batallón de injusticias, el hazlo tú mismo de la protesta, con uno basta. Él lo llama monomanifestación.

Así, marcha con su arma al hombro por la Gran Vía, ronda las inmediaciones del estadio cuando juega el Madrid o el Atleti, se planta ante la sede de los dos principales partidos… “Parece que estoy abonado a Génova”, bromea. “Cuando me echan de la puerta, me voy a la acera contraria al PP, mi hábitat natural”. Sagrera, afable en la distancia corta, está bastante cabreado. “Desde los tiempos de Franco no sentía tanta vergüenza de ser español, pero estos Gobiernos inhumanos e indignos lo han conseguido”, concluye este ácrata catalán, que se atribuye algunos de los eslóganes que lucen sus letreros: Guerras imperiales, todas criminales; De mis impuestos, al clero cero; El rey no da golpe desde el 23-F; Cruel con toros, cruel con todos... El secreto de su éxito: “Lemas cortos y visibles desde lejos”. Pum.

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