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El Palentino Loli López: mi vida sin El Palentino

El alma diurna del bar madrileño sigue madrugando para surtir de café a los vecinos de Malasaña. Entonces sale al balcón y ve la persiana echada: "El Palentino cerró hace un mes y la calle está muerta", se lamenta. "He llorado mucho, pero así es la vida".

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Loli López, ante el bar Palentino. / HENRIQUE MARIÑO


Cuando se asoma al balcón de su casa, Loli no advierte si llueve o raya el sol. Lo que tiene ante sus ojos le resulta indiferente y sólo ve, más allá, el cierre echado. Así, desde hace un mes.

Pese a que no suene el despertador, algo dentro de ella vibra a eso de las seis y media, todavía noche en Madrid. Podría seguir envuelta en el calor del lecho, pero se levanta como si tuviese que abrir el negocio.


Luego se da cuenta de que El Palentino ha cerrado. Tarde para seguir en la madriguera, arremolinada entre las mantas. Demasiado tarde ya para abrir la persiana metálica y atender a los primeros clientes, quienes a las siete de la mañana comenzaban a dejarse caer a cuentagotas, acompasados con el chorro de café que brotaba de la máquina. La única que madrugaba más que ella, pues se encendía automáticamente a las cinco.

La cafetera ya no relincha, aunque en el interior de Loli sigue sonando algo. Como una llamada.

“Es la vida. Las cosas pasan y no vuelven atrás”, reflexiona en un bar de modernos a un tiro de piedra de su casa, de su negocio, de su vida. “Ha cerrado El Palentino y la calle está muerta”.


La calle del Pez, cuyo tejido comercial trató en su día de rivalizar con la Gran Vía. Un apéndice de Malasaña que ha visto crecer en los últimos años locales de diseño que tomaron el lugar de carnicerías, zapaterías, panaderías o mercerías. Casas de comidas que dejaron a los trabajadores del barrio huérfanos de puchero. Hasta había un periódico. Y un convento. Y sigue habiendo un teatro donde la ultraderecha le puso una bomba a Leo Bassi.

Todo lo viejo terminó hincando la rodilla menos la tienda de ropa infantil La Moda, abierta en 1896, calle abajo. Casi cinco décadas después, en 1942, un señor de Palencia tiraba de gentilicio para abrir un bar en el esquinazo del número doce, donde los adoquines confluyen con la empinada plaza de Carlos Cambronero. El traspaso recayó en otro palentino, quien heredó el rótulo, mientras que sus hijos Moisés y Casto Herrezuelo, nacidos en Paredes de Nava, heredarían la barra.


Loli López (Mondoñedo, 1951) entró allí por primera vez cumplidos los diecinueve. Moisés jubaba a la máquina de petaco. Cuando la bola dejó de correr, tenían tres críos y dos alianzas. “Era mayor que yo. Me sacaba doce años, pero me invitó al cine, congeniamos, vi que era buena persona y al año nos casamos”.

Había llegado con trece años de su pueblo para trabajar en la casa de un abogado de Quiroga. “Mi madre era de la labranza”. Su padre empalmaba un empleo con otro para sacar adelante a la prole: ¡diez churumbeles! “Le cayó una viga encima y enfermó, por lo que cada hermano se fue por su lado. Los que eran mayores o estaban casados se quedaron en el pueblo, dos se fueron a Oviedo y yo me vine a Madrid”.


Una tía paterna vivía en el edificio donde ahora apura una manzanilla, a treinta zancadas de El Palentino, en el que trabajaba como camarera. Allí fue a verla y, de paso, a merendar una tostada, cuando conoció a Moisés. Ella, interna, hacía noche en la calle Lagasca: “El choque fue muy gordo, aunque los señores me trataban bien y no lo llevé mal”.

Loli López, ante el bar Palentino. / HENRIQUE MARIÑO


Ya casada, al principio echaba una mano en la barra cuando era necesario. Sin embargo, enviudó a los 53 y se vio obligada a tomar las riendas del negocio. Ella abría por la mañana y por la tarde le pasaba el testigo a Casto, su cuñado, quien hidrataba a una parroquia cada vez más joven. La esencia añeja del bar, en los últimos tiempos, duraba lo que la luz, si bien las pinceladas nocturnas impregnarían el díptico y terminarían reescribiendo la historia de El Palentino, mucho más que un abrevadero antes adentrarse en las noches de Malasaña. 


Cuando Casto falleció en febrero, comenzó la cuenta atrás, hasta que el minutero se paró. Sus hijos se dedican a otros menesteres y no querían seguir con el negocio. Los de Loli, tampoco: Moisés, de 45 años, es informático, lleva una década en Alemania y allí cría a tres hijos; Ricardo, de 43, era el dueño de una tienda de zapatillas de deporte que no resistió el embate de la crisis; David, de 39, es mecánico y regenta un taller de coches en San Chinarro. “Nunca les ha gustado el bar”.

Y el bar que había alumbrado libros, discos, videoclips, películas, crónicas y columnas bajó para siempre la persiana y se despidió con un adiós metálico. “Para mí todo el mundo era igual y no hemos discriminado a nadie. He tratado con cineastas, actores, músicos, escritores y periodistas, pero por aquí también han pasado chorizos, carteristas, prostitutas y mendigos, sin prejuzgarlos nunca”.


Moncho Alpuente
era tan de la familia que parecía formar parte del mobiliario: “Una bellísima persona. Podría citar a muchos, aunque luego sucede que te olvidas de otros por despiste”. Calamaro, Trueba, Carbonell, Hernández, Chao, Dragó, De la Iglesia, Chávarri… A quienes llamaba, claro, Andrés, Pablo, Álex, etcétera.


“Qué pena haberme olvidado de las llaves, porque podríamos hablar dentro”. Ricardo, en cambio, no sido capaz de volver a entrar. Se acerca a saludar a su madre y, de paso, certificar que este rincón de la ciudad se lo ha tragado el tiempo. “Esto ya es un barrio hotel”, se queja el hijo.

A Loli también se le atraganta la voz. Echa de menos la cháchara con los clientes, aunque ella siempre fue prudente en el trato inicial, digamos que hasta seria. “Establecía una barrera con quien no conocía y procuraba no darle confianza, porque detrás de la barra ves de todo. He tenido que pararle los pies y echar a mucha gente que venía de empalme. El bar me ha hecho fuerte, porque si te dejas, te pisan. Eso sí, al salir cambiaba el chip y me convertía en otra persona”.

Loli López, antes del cierre del bar El Palentino. / HENRIQUE MARIÑO


Cuando un reguero de clientes y desconocidos se acercó el pasado jueves 15 de marzo para despedirse, se le saltaron las lágrimas. “Nos habéis abandonado”, le comentaban algunos. “Yago, que nació en El Palentino —como su madre, Rocío—, me mandó un mensaje días después”. Decía: “Loli, te echo mucho de menos”. Yago tiene doce años. “Otros críos que nacieron y se casaron aquí me han traído a sus hijos para que los conociese”. Loli tiene seis nietos y los del resto.

“El bar era la cocina de mi casa y de él han comido muchas familias”. Cuando falleció Moisés, “el único novio que he tenido”, echó el resto para que siguiese alimentando bocas: la paga de 339 euros no daba para muchas alegrías. Al principio fue duro, “agobiada pero feliz”. Además, echaba en falta los paseos por plaza de España con su marido, porque a Loli lo que le gustaba era pasear y ver los escaparates. “Ya no se puede, porque la calle está llena de cierres ciegos: parece una cárcel”.


Ahora pasea a Lúa, un bichón maltés blanco como su nombre. “A mi Galicia nunca la he olvidado en la vida. Nací allí y la llevo dentro”. Desde que murieron sus padres, no ha vuelto, aunque la alcaldesa de Mondoñedo, Elena Candia, le ha preparado un homenaje por ejercer de fiel embajadora de su pueblo al que no faltará. Pronto volverá a casa después de nueve años.

Morriña, lo que se dice morriña, la tiene de su bar. “Me tengo que acostumbrar a no madrugar, porque me sigo levantando temprano como si tuviese que abrirlo cada mañana. Cuando salgo al balcón y veo los cierres echados, lo paso fatal. No me esperaba tanto cariño de la gente: me han regalado flores, plantas y hasta una botella de aguardiente. He llorado mucho”.


Loli se queda pensando: “No me imagino el día que tenga que firmar el traspaso. Va a ser doloroso, pero tengo que hacerlo por mi bien y por el de mis hijos”.

Se para delante de la persiana metálica, echa la vista atrás, suspira: “Ahora a vender y a vivir la vida, ¿non che parece?”.

Responde ella misma: “Es que es así”.


@solucionsalina