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Perros feroces Cuidado, que viene el perro feroz

Varias comunidades por cuyos montes campan grupos de lobos constatan cómo los cimarrones asilvestrados y los canes domésticos incontrolados llegan a matar tanto o más ganado que el cánido salvaje del que descienden

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Ejemplar de lobo ibérico. EFE

“La mayoría de los daños al ganado son atribuidos a los depredadores porque si no, no se cobran; pero el principal problema no es el lobo sino el perro que suelta el hombre o el que vaga”, explica el ambientólogo Jorge Echegaray, para quien “la incidencia de los perros en la ganadería es dantesca, brutal, aunque la culpa no la tienen los perros sino los dueños”.

“Los ataques de perros incontrolados a rebaños de ganado y explotaciones son algo bastante habitual, aunque no siempre se investiga y eso dificulta medir cuántos hay de uno y de otro”, añade Theo Oberhuber, coordinador de campañas de Ecologistas en Acción y responsable hasta hace poco de Conservación de la Naturaleza.

De hecho, en países como Reino Unido, donde el lobo no tiene presencia, los perros llegan a causar anualmente la muerte de hasta 40.000 ovejas y corderos.

La mayor ferocidad del perro

Los últimos datos que se han conocido en la última comunidad en la que se ha detectado la presencia de lobos refuerzan esas tesis: perros abandonados o asilvestrados mataron a 226 cabezas de ganado en 9 ataques registrados en varias zonas de Aragón entre finales de marzo de 2017 y principios de abril de 2018, mientras los 22 episodios atribuidos al lobo en ese mismo periodo se cobraron 117 piezas e hirieron a 35.

Algunos de los primeros “se han atribuido en un primer momento a la acción del lobo”, explica el consejero de Desarrollo Rural, Joaquín Olona, en una respuesta parlamentaria en la que puntualiza que el segundo bloque achaca al lobo episodios en los que “no se ha podido atribuir claramente dicha autoría, pero existe una duda razonable al respecto (ya sea por los resultados de la necropsia o por datos obtenidos en campo)”.

Los ataques del lobo se concentran en seis municipios ubicados un radio de menos de 50 kilómetros, mientras que los de los perros se registraron en ocho pueblos que llegan a distar 150 kilómetros y que van de la ribera del Ebro al Pirineo, lo que da idea de la zona en la que puede moverse el lobo y de la amplitud en la que se dan la presencia y los ataques de perros asilvestrados o abandonados.

Los datos también aportan indicios sobre la ferocidad de uno y de otros: 21 cabezas en el peor ataque atribuido al lobo, que no llega a las cinco en el 70% de los episodios, por 120 en el más voraz de los perros, que superan la decena casi la mitad de las veces. Los rebaños de ovejas son los principales afectados en ambos casos.

Oveja y media por ataque de lobos

La frecuencia de los ataques de perros incontrolados tiene un hito en Catalunya, donde las investigaciones de la Generalitat demostraron que les correspondían el 75% de los atribuidos a los lobos, recuerda Echegaray, que apunta como Castilla y León o Galicia rechaza en torno al 20% de las peticiones de indemnización que presentan los ganaderos por supuestas agresiones lupinas.

En otras zonas, como Castilla y León y Galicia, los ataques a ganado que se vinculan a los lobos superan con creces a los de los perros. Las estadísticas oficiales apuntan a 774 por 61 en 2011 y 1.145 por 27 en 2015 en la primera de esas comunidades. Las organizaciones de ganaderos elevan los ataques de lobo de ese último año a 1.700, lo que apunta a una ‘cifra negra’ de más de 500 asaltos de perros.

No obstante, los 1.563 ataques con 2.348 reses muertas atribuidos al lobo en 2016 en Castilla y León, donde hay censados 1.600 lobos en 179 grupos, apuntan también a la baja ferocidad de ese animal salvaje con el ganado: 1,5 bajas por episodio y menos de nueve correrías por manada al cabo del año con rebaños y granjas.

Las cifras refuerzan las conclusiones del estudio realizado por el CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) hace unos años en Burgos y Álava, que indicó que hasta un 33% de la dieta de los perros asilvestrados está compuesta por ganado mientras que ese porcentaje se reduce al 3,2% en los lobos. La presencia de los primeros superaba en una proporción de 5-3 a la de los segundos en las áreas en las que se registraban los ataques a rebaños.

Criminalizar una especie protegida

“Se está criminalizando a una especie protegida”, señala Echegaray, cuando los ataques proceden a menudo de perros abandonados, de los que cuidan explotaciones vecinas y de mastines mal entrenados.

Sin embargo, las administraciones optan por autorizar batidas para reducir la población e incluso erradicarla, como ha hecho Asturias al permitir su caza sin cupos  en un tercio de su territorio. A ese factor se le suman la caza furtiva, la colocación de cebos envenenados y los atropellos por accidente, que el año pasado se llevaron por delante más de 300 ejemplares de lobo ibérico.

“Las administraciones deben velar por la biodiversidad”, indica el ambientólogo, que reclama la catalogación de los animales y la elaboración de planes de conservación o de recuperación en cada territorio, según el caso, en los que se implementen las medidas de prevención de daños, las de control y las de compensación.

Minimizar y magnificar

Oberhuber, por su parte, considera que “algunas comunidades autónomas minimizan los ataques de perros incontrolados y magnifican los de los lobos”, lo que transmite una sensación de inseguridad ante la presencia de estos últimos.

Por otro lado resulta prácticamente imposible cuantificar el número de perros que campan por los montes. “Hay estadísticas sobre cuántos perros se abandonan, pero no acerca de cuántos se aclimatan al campo”, señala. Las protectoras de animales llevan varios años haciéndose cargo de más de 100.000.

Por último, Oberhuber llama la atención sobre la dificultad para identificar qué animal ha atacado al ganado salvo que se apliquen pruebas de ADN, como las que han permitido atribuir un origen italiano al lobo detectado en Los Monegros, emparentado con los del Pirineo catalán.

“Puede darse el caso de que uno ataque y otro aproveche después la carroña de los animales, y en ese caso es muy difícil determinar cuál ha sido”, explica, ya que las dentelladas de unos y otros son similares y también lo son sus técnicas depredadoras. “No resulta siempre fácil", añade.