Publicado: 02.12.2015 23:44 |Actualizado: 03.12.2015 00:05

Pilar Manjón, la madre del 11-M

La presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo trabaja contra viento y marea por la memoria y los derechos de las víctimas de los atentados. “¿Por qué algunos políticos nos tratan como verdugos? Usted no tiene un sillón, pero yo no tengo un hijo”

Publicidad
Media: 5
Votos: 12
Comentarios:
Pilar Manjón, presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, en la sede de Vallecas. / HENRIQUE MARIÑO

Pilar Manjón, presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, en la sede de Vallecas. | HENRIQUE MARIÑO

Había una vida antes de ésta. Una infancia de poblado ferroviario en Palazuelo-Empalme, cruce de trenes entre Madrid, Salamanca y Cáceres, lo que hoy es la estación de Monfragüe. Luego comenzó a quedarse entre semana con sus abuelos en Plasencia. Era la hermana del medio, “la Destronada”, sonríe. Todos los hombres de la familia trabajaban en Renfe, “y mira luego lo que me tenía reservado el tren”.

Pilar Manjón (Cáceres, 1958) se subió a uno para venirse a Madrid, quizás acompañada de su padre, jefe del tren correo. Compartía piso con dos amigas placentinas en la calle Amor de Dios, cerca de Atocha, la puerta del sur. Un piso interior, oscuro: las estrecheces de una estudiante de Ingeniería Técnica Agrícola. “Llegué aquí con la ilusión de volver a mi tierra, una tierra agrícola y ganadera”, detalla para revelar el porqué de la carrera. Los emigrantes siempre dicen eso de volver atrás (o sea, adelante), pero casi nunca lo hacen.

No terminó los estudios universitarios. “Conocí al que fue el padre de mis hijos y la vida comenzó a girar”. Es la primera vez que menciona a sus hijos, y cada vez que lo hace el cuarto se enfría, se queda callado. Daniel Paz Manjón tenía veinte años cuando dos bombas explotaron en un tren de cercanías en la estación de El Pozo. Daniel estudiaba INEF. No bebía ni fumaba. Era atractivo, el pelo corto y engominado. Una foto lo inmortaliza en el relicario que porta su madre en el cuello, en paralelo a una cadena de la que cuelgan seis letras doradas: D-A-N-I-E-L.

Iván tiene dos años más. Los mismos que Pilar cuando lo tuvo. Había que buscarse la vida y ella opositó a la Administración General del Estado. Su primer destino como funcionaria fue el Hospital del Generalísimo Franco, donde trabajó en recursos humanos y se convertiría en la presidenta del comité de empresa. “Me metí en Comisiones Obreras antes de que lo legalizaran”, recuerda Manjón, quien abanderó la lucha de los trabajadores para evitar su clausura. Las protestas se sucedieron, doscientos empleados se encerraron varios días y Marcelino Camacho se solidarizó con la causa. Cuando llegó al centro médico, tomó a Pilar por el hombro y le dijo: “Estoy entrando en casa de mis torturadores”. Era un hospital militar.

Tantos pasajes en un parpadeo. Su matrimonio con el jefe de compras de una empresa no había durado mucho. Los niños crecían y ella batallaba en el AMPA para conseguir un comedor para el colegio. “Siempre he estado organizada”, afirma. “Todo aquello que puedas hacer por los demás merece la pena”. La habían trasladado como administrativa al Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial, en el extremo opuesto al pueblo de Vallecas, donde sigue viviendo. Iván estudiaba Ingeniería Informática y Daniel, el 11 de marzo de 2004, viajaba en la parte de arriba del segundo vagón, “justo donde los asesinos dejaron la mochila”.



Hay una vida después de ésa. Cuando Pilar hace memoria, no se acuerda de nada o es capaz de reproducir cada segundo. Por ejemplo, aquella mañana pudo prepararle la comida y despedirse de Daniel porque en vez de salir a las siete, para ir a trabajar a Torrejón de Ardoz, lo hizo media hora más tarde. “Tenía un precongreso del sindicato en Alcalá de Henares, por eso me pilló en casa”. El poder simbólico de un tupper. La fuerza evocadora de un beso, de un cómetelo todo, eh. “El día anterior se había quedado dormido”. A veces, cuando se te muere un hijo, pasas años dándole vueltas a la cabeza, retrasando o adelantando media hora el reloj.

Nueve meses más tarde, compareció en la comisión de investigación del atentado en el Congreso para cantarle las cuarenta a los diputados por usar a las víctimas como arma arrojadiza. Luego fue elegida presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo por abrumadora mayoría (138 votos a favor y dos abstenciones), aunque sería ninguneada por Esperanza Aguirre, que concedía subvenciones autonómicas a la minoritaria Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M mientras se las negaba a su entidad.

Un desprecio más: sufrió ataques de la prensa, de los políticos, de los cobardes que le graban “puta” en el coche y que la amenazan de muerte cada aniversario de la matanza. Un escolta fue su sombra durante ocho años. Ahora sólo le queda el negro de sus ropas: negro es su forro polar, negra es su camiseta como negro es su pantalón, hasta la diadema es negra. “Hemos sufrido una doble y triple victimización”, asegura Manjón, responsable de un colectivo “suprapartidista y aconfesional” que fue visto por el PP como un enemigo que le había arrebatado el poder.

Tres días después del atentado, Zapatero ganó sus primeras elecciones mientras el Gobierno afirmaba que llevaba la firma de ETA. La teoría de la conspiración, alimentada por políticos y medios, negaba que los autores habían sido terroristas yihadistas. Manjón y los suyos estaban en medio, encajando los golpes. “¡Qué más da quién haya sido tu verdugo! Todas las víctimas sienten lo mismo, pero nosotros nunca llegamos a ser víctimas VIP, porque a las siete de la mañana en los trenes íbamos pocos VIP”.

Hay una imagen incrustada en su retina: “Tras hacernos pasar por un macabro peregrinaje de hospital en hospital, porque nadie nos dijo que en IFEMA había un tanatorio improvisado, me pidieron que identificase unos objetos. Lo que más me llamó la atención fueron las paletas de albañil… ¿Cuántos pasajeros serían inmigrantes que iban a Legazpi para ganarse el jornal?”. VIP significa “persona muy importante”, de las que no llevan paleta en la mochila.

Pilar trabaja ahora por los derechos de las víctimas, necesitadas de atención psicológica. Ella misma sufrió estrés postraumático y la Seguridad Social le concedió una pensión de invalidez permanente absoluta. Víctimas no sólo de los atentados sino también de las preferentes, que se tragaron algunas indemnizaciones, y de los desahucios. Muchas no pueden trabajar por las secuelas. Otras padecen las inclemencias de no tener papeles (en los trenes viajaban rumanos, hondureños, marroquíes… hasta sumar diecisiete nacionalidades). Cuando faltan a su cita con el terapeuta, se acercan a sus casas y ven las neveras vacías.

No lejos del local de la asociación, situada a cinco minutos de la estación de Santa Eugenia, otro de los escenarios de la masacre, se alza el monumento a las víctimas diseñado por Peridis. El Pozo fue el más luctuoso, con 67 muertos, uno de ellos Daniel. Alguien acaba de profanar a mazazos su memoria, aunque Manjón no es capaz de olvidar las palabras del exvicealcalde madrileño Manuel Cobo cuando se reunieron con él para pedirle una nueva escultura: “Cualquier día tendremos que hacer un monumento para las putas de Montera”.

“¿Por qué algunos políticos nos tratan como verdugos?”, reflexiona Pilar, quien tantos años después, de alguna manera, ha vuelto al pueblo: su actual pareja, a la que conoció tras el 11-M, es un viejo amigo de la infancia. “Me sigo preguntando qué les hemos hecho”, insiste con lágrimas en los ojos, que parecen no haber conocido sequía alguna. “Usted no tiene un sillón, pero yo no tengo un hijo”.

lea también...