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Urdangarin, en la cárcel de Brieva Los nuevos 'vecinos' de Urdangarin quieren que pague: "Es un jeta"

Críticos, mordaces, irónicos o indiferentes, así han tomado los habitantes de Brieva el ingreso del privilegiado marido de la infanta Cristina en un módulo reservado sólo para él en la cárcel de mujeres ubicada en este pequeño pueblo de Ávila.

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Hoguera de San Juan con una pancarta que da la bienvenida a Urdangarin. / REPORTAJE GRÁFICO: J. GÓMEZ

Ante la puerta de acceso al centro penitenciario de Ávila, hace guardia el equipo de una cadena de televisión. “En Brieva hay más presas que vecinos, pero yo diría que incluso hay más periodistas. Esto parece un pueblo fantasma”, comenta irónicamente la reportera. También resiste la solanera un incansable fotógrafo, todo sea por una imagen: la de la infanta Cristina entrando en una cárcel para encontrarse con su marido.

Iñaki Urdangarin —condenado a cinco años y diez meses por prevaricación, fraude, malversación, tráfico de influencias y delitos fiscales— eligió este silencioso paraje para cumplir la sentencia: una cárcel de mujeres con un módulo reservado sólo para el exduque de Palma. El mismo espacio que ocupó otro ilustre ex, Luis Roldán, director general de la Guardia Civil en tiempos de Felipe González. “Aquí sólo se escuchan los pájaros”, añade la reportera. “Es un retiro espiritual donde Urdangarin se va a encontrar consigo mismo. Yo titularía el reportaje Canto al onanismo”.

Nadie más a la vista, pues los familiares de las reclusas sólo pueden visitarlas durante el fin de semana. Parece improbable que la infanta brinde a la prensa una estampa en la puerta de entrada de la plebe, mientras se abre paso entre el populacho, dosificando saludos. El acceso en coche para los funcionarios, a la vuelta de la esquina, parece más discreto, pero hoy no caerá esa breva. Ningún alma tampoco en el recinto que alberga las viviendas de los empleados del presidio. Sin aparentes signos de vida en Brieva, el pueblo donde se ubica la prisión, separada de las primeras casas por una estrecha carretera.

Fernando, en el único bar que había en Brieva, ya cerrado. / J. GÓMEZ

Cerrado a cal y canto el consultorio. También el local vecinal. Incluso ha echado el candado la ebanistería. Ni rastro de una sola taberna, aunque Fernando Moreno aparece, como surgido de la nada, para explicar que un día llegó a haberla. Escoge la llave, abre la cerradura de un bajo de su propiedad y entra en lo que, hasta hace una década, era el abrevadero de los parroquianos. “Esto fue un bar llamado Caballero. Abrió hace unos treinta años, cuando se inauguró la cárcel. Como aquí estaba el teléfono público, era frecuentado por presas en régimen abierto y por familiares”, explica este jubilado. “Servían bebidas y vendían un poco de todo, pero como casi no hay gente terminó cerrando”.

Moreno simplemente alquilaba el local, porque él tenía una pequeña empresa de construcción, que ha heredado su hijo. En el piso superior vivía el panadero; ahora hay que esperar por la furgoneta del reparto. “La cárcel no le ha dado nada al pueblo, aunque el pueblo sí que le ha dado a Ávila, porque tenemos una cárcel, un polígono industrial y varias dehesas, pero los impuestos no se quedan aquí”. En su día, Brieva pertenecía a Vicolozano, un municipio independiente, mas actualmente Brieva-Vicolozano es una pedanía de Ávila en la que están empadronados 86 vecinos.

Casi la mitad corresponden al núcleo anexo a la cárcel, aunque los paisanos tiran a la baja, si bien matizan que en verano regresan algunos parientes que emigraron a Madrid, Barcelona o Bilbao. Quizás haya siete u ocho niños, en función de quién haga el recuento. Sea como fuere, el parque infantil está vacío y ninguno corretea por las callejuelas. De vez en cuando, alguien abre o cierra una puerta, habitualmente jubilados que vienen a cuidar su huerto pero regresan a dormir a la capital, de la que huyen en verano.

Vecinos de Brieva. / J. GÓMEZ

Moreno, uno de los que viven en Ávila durante el invierno, cree que la presencia de Urdangarin ha servido para adecentar el lugar: “Por lo menos, han limpiado el pueblo, porque los caminos y las aceras estaban llenos de zarzas, hierbas y cardos. Sin embargo, si se hubiera conformado con lo que le hemos dado los españoles, no estaría ahí metido y seguiría viviendo mucho mejor que nosotros”.

Un rumor, a lo lejos, corrobora que alguien se está aplicando con la desbrozadora, aunque Fernando Domínguez asegura que los trabajos son habituales en estas fechas. “Es un servicio que presta el Ayuntamiento de Ávila todos los años, no tiene nada que ver con su ingreso en prisión”, explica el empleado de la brigada de limpieza municipal. “De todas formas, nos va a costar dinero, por lo que sería mejor que restituyese lo que se llevó y regresase a su casa, en vez de tener que mantenerlo a él solo en un módulo”.

Siguiendo la pista del ruido, una cuadrilla de albañiles se afana más allá. El capataz le da al pico, pero esconde la pala: “Ese pordiosero no vale para nada y lo que debería hacer es devolver el dinero”. Mejor dejar su nombre en paz y, de paso, el de la infanta: “Nos da igual que venga o no, porque no se va a enterar nadie”. Tampoco parece molesto por el ir y venir de forasteros desde que su marido ingresó el pasado lunes en prisión. Un revuelo mediático que duró apenas un par de días y que se prevé intenso cuando Cristina tenga a bien visitar a Iñaki. Nada que ver con el ingreso de Luis Roldán en 1995, un despliegue grabado en la retina de los lugareños.

Cárcel de Brieva. / J. GÓMEZ

La solana da una pequeña tregua en un solitario banco bajo los árboles de la plaza. A la izquierda, Miguel abre un portalón: “Como estoy jubilado —o prejubilado, como media España—, vengo a diario a cuidar del huerto”. A la derecha, Etna María asoma por la cortina de la puerta de su casa: “Ahora estoy en paro, pero toda mi familia trabaja en el polígono”. Él: “Tanto da una cárcel que otra, aunque en ésta juega con ventaja”. Ella: “Tiene que estar encerrado, porque el que la hace la paga”. Miguel: “Vale que está solo, mas si lo piensas bien es para deprimirse”. Etna María: “¿Qué pinta en una cárcel de mujeres? ¿Acaso cuidan de él?”.

Nacida en Brasil, vive con su marido, su hijo y su nuera, lo que aquí puede considerarse una familia numerosa. Lleva veinte años en España, quince de ellos en Brieva. Compara la corrupción con la de su país y deja claro que le escaman los privilegios, máxime cuando ella no tiene trabajo. “Siempre pagando impuestos para que después se los lleve Urdangarin. Si el cuñado del rey roba, ¿adónde vamos a parar? Ellos deberían dar ejemplo, pero esto demuestra que no podemos confiar ni en el propio jefe del Estado”.

Etna María (derecha) y su nuera, en Brieva. / J. GÓMEZ

Si Brieva fuese un pueblo fantasma, como apuntaba la reportera, sus espectros proyectan una sensatez pasmosa. “Si lo ha hecho, que pague”, insiste Mariano, mecánico de coches. “Ahora bien, no aislado en un módulo exclusivo, sino igual que todo el mundo”, añade mientras entra en su vehículo para trasladar a un amigo entrado en años. El anciano parece no tener ganas de una charla ligera, aunque no evita la sentencia grave: “El que la haga que la pague”, repite como un mantra mientras frunce el ceño y hace un aspaviento que es un arranca, Mariano.

La ebanistería de Antonio Úbeda fue el último negocio en echar el cierre. Como casi todos los pensionistas, tiene un pie en Ávila y otro en Brieva, pero no ha perdido fuelle. “Urdangarin es un jeta. ¿Un módulo para una sola persona? Eso cuesta mucho a los españoles, porque tiene que haber funcionarios pendientes sólo de él”, se queja. No anda desencaminado, según la CSIF, que ha denunciado que la escasez de plantilla en la cárcel "provocará que muchos de estos trabajadores vean limitadas sus vacaciones de verano y días libres". Por ello, el sindicato ha emitido un comunicado donde pide que se incrementen los vigilantes para "poder prestar la atención que requiere un preso de estas características".

El último negocio que cerró en Brieva. / J. GÓMEZ

O sea, “que va a estar casi como en un hotel”, concluye el carpintero, aunque su vecino Justino es más clemente con el reo. “Aquí ya tuvimos a un famoso y esto no beneficia a nadie. Eso sí, estar solo todo el día es un doble castigo. Imagínate no tener con quien hablar ni jugar una partida”, se plantea antes de atender a sus labores. “Tengo unas gallinitas y, como ya estoy retirado, vengo a diario a atenderlas”. Puede cambiar el tiempo verbal o la construcción gramatical, si bien todas las respuestas van a dar al mismo sitio: quien la hace la paga.

Moisés Jiménez sonríe con sorna. Es abogado y ha venido a visitar a una presa. “Nadie le va a ver el pelo, porque está recluido en un módulo especial. Tener a un huésped de su clase implica este tipo de cosas, pero la infanta debería entrar a pie por la puerta de visitas”, opina el letrado, quien cuenta con varias clientas entre rejas. “Como hace todo el mundo, al igual que en su día Blanca Rodríguez Porto, la mujer de Roldán. Sería lo lógico, aunque no creo que vaya a pasar por aquí”. ¿Apuesta doble por una atención privilegiada? “Claro que es un trato especial. No obstante, hablar de eso a estas alturas… A ver, trato especial es la sentencia que ha recibido, no que le sirvan bogavante”, responde con retranca.

El abogado Moisés Jiménez visita a una presa en Brieva. / J.GÓMEZ

No se atisba más vida en Brieva, aunque a un kilómetro y medio, en Vicolozano, los trabajadores del polígono se encomiendan al menú del día o apuran un café. En la Venta La Miel, el lunes y el martes se sirvió un mayor número de platos, luego el apuro decayó con el paso de los días. Tamara San Gil está pendiente de la caja, pero el interno de lujo tanto le da: “Si viene gente, me va bien; del resto yo no opino ni dejo de opinar. Eso sí, nos han sacado más en la tele que al propio Urdangarin, que por ahora no se ha dejado ver por aquí”, comenta entre risas.

A su marido, Fernando José Alfayate, también parece darle igual, pero su cara de extrañeza da paso a la frase: “Si ha hecho alguna cosa mala, que la pague”. No hay mal que por bien no venga: “Al menos, nos puede dar publicidad y situarnos en el mapa, aunque con Roldán vinieron infinitamente más periodistas. Aquello fue la hostia, y tiene su explicación: entonces, todos los focos apuntaban al director de la Guardia Civil; hoy, la información va a mayor velocidad y el encarcelamiento del marido de la infanta Cristina se ha juntado con la Gürtel, los ERE, el Gobierno del PSOE, la sucesión del PP y tantas otras cosas”.

Tamara y Fernando, en su bar de Vicolozano. / J. GÓMEZ

Sin embargo, la noticia que importa, aquí, fue la barbacoa previa a San Juan, que se llevó por delante kilos de chuletones, torreznos y un cartel que rezaba “Bienvenido, Urdangarin”. El gerente de La Miel explica que tuvieron que adelantar la hoguera porque la noche del 23 no hay bomberos suficientes para atender todos los fuegos. “Ojo, quiero dejar claro que la hacemos todos los años y no tuvo nada que ver con el yerno de Juan Carlos, aunque esta vez coincidió con la llegada del pájaro”, advierte Fernando José mientras repasa las fotos de la churrascada en su móvil. En algunas se ve a alumnos de la Escuela Nacional de Policía, situada a escasa distancia, celebrando el final del curso de formación, cuyo ritual incluye la quema de los apuntes, explica.

Fuera, en el aparcamiento del restaurante, dos matrimonios se dirigen a su coche tras terminar de comer. Pregunta Rosa María, responde Bartolomé, quienes pasan las vacaciones con sus respectivas parejas en La Cañada:

- Un sinvergüenza. ¿Por qué no va a una cárcel normal, como todo el mundo?
- Porque es hijo de papá rico.
- Ese va a cenar en Suiza todas las noches con sus cuatro nenes y su señora.
- Les daba bien yo a todos…
- Calla, a ver si nos van a meter a los cuatro en Brieva.

Fernando, de la brigada de limpieza de Ávila. / J. GÓMEZ

Al otro margen de la carretera, en el Hostal El Colmenar se toman a pitorreo la visita del cuñado de Felipe VI. “De berraco ahí no se tiene que estar mal”, comenta en la terraza José, quien cree que debería estarle agradecido “por mandarle el agua”: trabaja en la depuradora. “En Brieva va a vivir de puta madre. Debería ingresar en una cárcel para hombres y ver qué es eso”, apunta José Luis, el camarero.

“Siempre ha habido privilegios, pero a nosotros ni nos quita ni nos pone”, tercia el dueño del establecimiento, Juan Francisco Alfayate —además de hermandad, comparte con Fernando José el panal de la hostelería local—. Al otro lado de la barra, Roberto critica el trato favorable, mientras que Miguel se hace el loco: “¿Que Urdangarin está preso aquí al lado? ¡No jodas!”. Arreando sin mayor dilación, que el curro en el polígono espera y alguien tiene que levantar el país.

Otros se preguntan, en cambio, si Urdangarin está realmente dentro. ¿Alguien lo ha visto entrar? ¿Alguien, simplemente, lo ha visto? El alcalde pedáneo de Brieva-Vicolozano, Mariano Lidio Rodríguez, no tiene la respuesta a estas preguntas, pero sí a otras muchas. Estudió en la Escuela de Capacitación Agraria, tiene treinta y ocho años, se casó con una mujer de una localidad cercana y tiene dos hijos varones, de dos y ocho años. Trabaja como ganadero y agricultor, aunque de su padre no sólo heredó el oficio, sino también el cargo. Mariano Lidio, sombrero y gafas de sol, horada la tierra, acompañado de un borrico llamado Caramelo: “Un capricho del chaval”.

El alcalde pedáneo, Mariano Lidio Rodríguez. / J. GÓMEZ

¿Y trabaja mucho?
Bueno, éste más bien come. Pero si tiene que hacer una hazana, la hace.

¿Por ejemplo?
Montarnos en él.

Usted es ganadero.
Vacuno de carne. Y también cultivo cereal de secano.

¿Cuántas vacas tiene?
Una punta.

Que vienen siendo…
A nadie le cuesta saber.

[Suena el móvil. Es su padre. “Sí, al caño”, responde Mariano Lidio, queriendo decir que está en un pequeño terreno cercado junto a la fuente, cuya agua desemboca en una alberca, sigue curso abajo hasta otro depósito y, finalmente, termina regando una finca. “Aquí no podemos desperdiciar el agua”. La que no aplaca la sed de los animales se la bebe la tierra]

Menudo tute con tanta visita.
Sí, bueno, pero hay que hacerlo. Quien está en un cargo tiene que cumplir.

Mariano Lidio Rodríguez. / J. GÓMEZ

Tres años ya de alcalde pedáneo.
Antes estuvo mi padre, antes un familiar suyo y antes mi abuelo.

Tradición familiar.
Porque quiero al pueblo, de lo contrario no estaría.

¿Le da mucho trabajo?
Da disgustos y alegrías. Lo hago porque quiero. Nadie me obliga.

Le quita tiempo.
Sí, me quita tiempo de mis hazanas. Por ejemplo, mientras hablo con usted.

¿Urdangarin ha puesto a Brieva en el mapa?
Ya estaba por otros temas parecidos. Sin embargo, los vecinos no queremos que nos pongan en el mapa porque una persona venga a la prisión. Queremos que lo hagan por nuestro pueblo y por nosotros. Aquí la gente es buena y colaboradora.

¿Es el marido de la infanta un privilegiado por haber ingresado aquí?
Cada uno, con su conciencia está. Al señor Urdangarin le han dado prisiones a elegir y ha escogido ésta. Bien, mal o regular, en su conciencia está lo que ha hecho. Aquí no ha venido obligado.

Su padre se acordará de cuando vino Roldán.
Y yo también. Tenía quince años.

El alcalde pedáneo, Mariano Lidio Rodríguez, su padre. / J. GÓMEZ

¿Cómo lo recuerda?
Pues yo estaba en aquel prado con las vacas cuando pasó toda la algarabía. Lo recuerdo como si fuera hoy. Entonces vino mucha más gente, incluidos los escoltas de la Policía y la Guardia Civil.

Un acontecimiento.
Buf… Aquí se puso de coches que no se cogía en el pueblo [responde su padre, recién llegado: Mariano Rodríguez, 71 años]. Nada que ver con lo de ahora. Pero vamos, se pasó bien.

¿Se dejará ver pronto la infanta Cristina?
Yo ni lo sé ni me preocupo de saberlo, mire usted. Yo como de mi trabajo, no de la infanta ni del señor Urdangarin [vuelve a tomar la palabra el alcalde pedáneo].

Dado que la cárcel está en el término municipal de Ávila, los impuestos no les repercuten.
Nada.

¿Cómo ha sido la relación con las reclusas y las visitas?
Ningún problema. La cárcel es la cárcel y el pueblo es el pueblo. Ellos no se meten con nosotros y nosotros no nos metemos con ellos.

Así sea.
Ya le digo, la prisión está ahí, pero al pueblo no le deja ni perjuicio ni beneficio. Aquí cada uno se dedica a sus tareas, es un pueblo de gente trabajadora y nadie se preocupa de lo que hay entre rejas. Aquí vivimos de lo nuestro.

Por cierto, en Ávila gobierna el PP y usted es su representante en el pueblo. Le iba a preguntar por...
Yo de política no hablo.

A nadie le cuesta saber.
Pues eso. ¿Y de qué periódico me decía que era usted?

Brieva, donde se ubica la cárcel de Ávila. / J. GÓMEZ