Público
Público

La UVA de Hortaleza: cincuenta años marginados por los políticos

Los vecinos del barrio del norte de Madrid fueron expropiados por Franco con la promesa de que la solución sería temporal. Medio siglo después, tras muchos retrasos por la Comunidad de Madrid, aún cientos de personas aguardan en casas bajas, pequeñas y con pocos recursos a ser realojadas en pisos nuevos

Publicidad
Media: 4
Votos: 3
Comentarios:

Dos personas en un solar del barrio de la UVA de Hortaleza. REPORTAJE FOTOGRÁFICO: JAIRO VARGAS

Cuenta José Manuel que cuando Esperanza Aguirre decidió aparecer en 2007 para hacerse la foto en la inauguración de la flamante estación de Metro de Hortaleza lo hizo de una forma un tanto irritante. Se colocó en un lugar estudiado, de tal manera que a sus espaldas no se viera la UVA del barrio. Seguramente para que no manchara la instantánea. “Fíjate hasta dónde llega la estupidez de la gente. Se creían que no nos íbamos a dar cuenta. Es que hay que ser…”. Se muerde la lengua.

Lo que puede parecer un nimio detalle es una metáfora perfecta del trato que las sucesivas administraciones que han gobernado la Comunidad de Madrid han dado a la UVA (Unidad Vecinal de Absorción) de Hortaleza. El barrio fue uno de los seis que la dictadura de Franco levantó en los años sesenta para alojar a las miles de personas que había expropiado del entonces extrarradio de la capital para construir la M-30 y otros proyectos de la época.

El plan del franquismo pasaba por que las familias a las que habían echado de sus hogares se quedaran temporalmente en estos vecindarios de casas bajas edificados en tres meses y con materiales deficitarios en Fuencarral, Canillejas, Vallecas, Villaverde, Pan Bendito y Hortaleza. El plazo, que iba a ser de unos cinco años, se ha prolongado en el caso de Hortaleza hasta nuestros días y aún hoy cientos de personas viven en esas casas, en mitad de decenas de bloques de pisos, agolpadas entre calles estrechas de este barrio abandonado a su suerte a unos pocos kilómetros de la exclusiva zona de Conde de Orgaz. Firmaron un contrato mixto de arrendamiento con opción a compra que cientos de vecinos todavía siguen pagando a la espera de ser realojados.

Cuando al padre de José Manuel Cáceres le informaron hace cincuenta años de que tenía que abandonar la casa que él mismo había construido en Ventas, le dieron la opción de elegir a qué vecindario quería mudarse. Se trataba de un gesto extraordinario por haber sido militar con Franco. Su progenitor eligió el de Hortaleza, porque los materiales que se habían usado eran más robustos que en las otras nuevas barriadas. Hicieron la mudanza en diciembre de 1963 con los pocos muebles que tenían y el mismo día que llegaron cayó una gran nevada. “Mi madre dijo: ¡Joé de lo que nos hemos librado!”, rememora.

Él da la razón a su madre, pero no puede evitar pensar en que si hubieran caído en otro barrio, quizás viviría en un piso normal y no seguiría residiendo en su casa baja de apenas cuarenta metros cuadrados, dos metros de altura y tejado de uralita. “Mi casa está como está. Voy a reunirme con mi familia por Nochebuena por primera vez en mucho tiempo y tengo que adecentarla y hacer un poco de obra. Aunque maldita la gracia que me hace gastarme el dinero aquí”. Es albañil, aunque jubilado desde este año, y hace él mismo los trabajos.

José Manuel Cáceres, en la UVA de Hortaleza. JAIRO VARGAS

El bar La Tapita es uno de los pocos centros neurálgicos que tiene el vecindario. Uno de los escasos locales comerciales de que disponen. Félix lo abrió hace dos años, pero no reside en la zona, sino en “La Prospe”. “Aquí no hay problemas. Pero el barrio es humilde, lo tienen dejado de la mano de Dios”, afirma al otro lado de la barra, mientras acaba de preparar una jugosa tortilla de patatas. En la tele del pequeño restaurante tiene puesto el fútbol. “Voy con el Madrid porque es el equipo que me llena el bar”.

José Manuel y Tasio no le dan mucha importancia ni al fútbol ni al Madrid. Prefieren ver alguna tertulia política, aunque acaben hartándose de los contendientes. “Son una panda de chorizos todos, unos sinvergüenzas. Han venido partidos de todos los colores y nadie ha hecho una mierda por el barrio. Carmona, Gabilondo y el Coletas han estado aquí dando discursos. Pero vienen a por los votos. Y luego, nada”, clama Tasio Sánchez. Tiene sesenta y seis años y está prejubilado desde hace cuatro, cuando la empresa de transportes en la que trabajaba echó el cierre por la crisis. “CCOO le firmó un ERE. Los sindicatos hoy ya no valen para nada, son una vergüenza”.

Dejamos atrás el bar y José Manuel y Tasio se quejan del descuidado estado en que tienen el barrio. La limpieza, la recogida de cartón y de vidrio o el cuidado de los árboles no están precisamente a la orden del día. Además, muchas casas han sido clausuradas después de que sus inquilinos las hayan dejado y están llenas de escombros, con una buena parte derruida.

Dolores pasea frente al solar donde antes estaba su casa. JAIRO VARGAS

“Aquí vivía yo”. Una anciana bajita, de pelo castaño, pasea a su perro y apunta a un solar lleno de cascotes, bolsas de plástico y botellas rotas. Dolores tiene ochenta y dos años y lleva uno en su nuevo piso, a pocos metros. “Me acostumbré desde el primer día, pero, hijo, ojalá me lo hubieran dado hace veinte años”.

Dolores ha estado décadas aguardando a que la realojaran, como les prometieron a principios de los noventa, pero al menos lo ha logrado. Otros murieron sin verlo. A principios de aquella década, la Comunidad proyectó edificar varias torres de viviendas para que las familias que residían en la UVA se mudaran. Las primeras treinta y seis se iniciaron en 1993 y se entregaron en 1996. La segunda tanda, en 1997; la tercera, en 2003; la cuarta, en 2004; la quinta, en 2012 y la sexta, a comienzos de este año. Alrededor de setecientas en veintitrés años, quedando aún más de cuatrocientas y trescientas familias. La parte central del barrio no será derribada porque está protegida dado su “valor arquitectónico”, puesto que hasta ha ganado premios.

“La rehabilitación de un barrio de estas características es complejo porque no se trata de hacer un vecindario nuevo. Hay servicios con los que hay que tener cuidado, como el Metro o una central de Telefónica que da servicio a todo el distrito. Pero sí es cierto que quizás la crisis lo haya ralentizado”, defiende Isabel Pinilla, directora gerente de la Agencia de la Vivienda Social de la Comunidad de Madrid.

Una de las casas bajas que quedan, entre varios edificios de pisos. JAIRO VARGAS

Los vecinos, en cambio, lo ven de otra manera. Y el ejemplo lo tenemos bajo nuestros pies. La calle que pisamos en ese momento, en el que se encuentra uno de los primeros bloques de pisos que construyeron, no está acabada aún. Y lleva así cuatro años. “Es la única salida que tiene. Imagina que pasa algo y tiene que venir, por ejemplo, un camión de bomberos. ¿Por dónde pasa?”, se queja Tasio, que denuncia también especulación urbanística por parte de la Comunidad: “Hay una explanada que hace tiempo que no la liberan porque pueden hacer mucho dinero con ella, porque se encuentra próxima a zonas como Chamartín o La Moraleja”. Pinilla, sin embargo, es categórica: “No es verdad, para nada. El planeamiento ya establece las parcelas que son residenciales y las que son dotacionales y la prioridad es realojar a los vecinos. Así que no, que no, que no, que no, que no”.

Giramos a la izquierda y José Manuel, presidente de la asociación de vecinos, expone uno de los principales problemas con los que dicen encontrarse: las personas que okupan las casas bajas que dejan los anteriores inquilinos, de manera que no pueden tirar abajo la vivienda para construir nuevos edificios para residentes históricos como él, que lleva cinco décadas bajo el mismo techo del bloque veintidós. Aquí creció feliz y fue un chaval normal, pese a que en los ochenta se convirtió en uno de los puntos clave de la venta de droga de Madrid. “Los taxis se quedaban fuera. Antonio Flores y Quique San Francisco venían a pillar, justo a esta esquina. Aquí quien quería se enganchaba”.

Pero él no lo hizo. En su lugar, entró en un grupo de scouts para ir al monte y evitar así “travesuras con alguna pandilla”. Después, trabajó de aprendiz de imprenta, hizo la mili, mudanzas, estuvo en una cooperativa alimentaria y acabó de albañil en los albores de la burbuja inmobiliaria. “Fíjate que yo no quería entrar en la puta obra, pero al final me ha dado una buena jubilación. Lo que no he tenido es suerte de casarme”, reconoce.

El interior de una de las casas bajas de la UVA. JAIRO VARGAS

Justo al fondo de una de las pequeñas callejuelas de esta suerte de favelas al norte de Madrid, aparecen tres mujeres acompañadas de dos agentes de la Policía Local.

-¿Venís a notificar desahucios? —preguntamos.

-No, hoy no toca —contesta una de ellas.

“Pero sí que vienen a eso. Lo que pasa es que no lo van a admitir”, asegura José Manuel, que cuenta que ahora vienen con la Policía porque en otras ocasiones ya han tenido problemas con personas a las que informaban de su próximo desalojo. La Agencia de Vivienda Social niega a hijos y nietos de familias que residen en la UVA el derecho al realojo si se trata de la tercera subrogación, por lo que, llegado el momento, se quedan en la calle. “Es la política de la Comunidad, a la que no le importa nada. Es de ser retorcidos”, critica Yolanda Rodríguez, concejala de Ahora Madrid por el distrito de Hortaleza.

-¿No venís a eso entonces? —insiste ahora el presidente de la asociación vecinal a una de ellas.

-Es algo rutinario. Sólo para ver el estado de las viviendas —contesta otra.

-Pero si el estado ya lo sabéis —responde José Manuel con sorna.

Tasio, en la UVA de Hortaleza. JAIRO VARGAS

“Cuando nos mudamos aquí, esto hasta estaba bonito. Luego con todas las macetas que la gente puso en las terrazas, más aún. Y ahora fíjate…”, se lamenta Tasio, con cuarenta y cuatro años a sus espaldas en el barrio. Arribó con doce desde La Elipa, donde su madre había comprado un terreno para hacer una casa. “En un camión del Ministerio cargaron los muebles y a mis padres, a mis tres hermanos y a mí”, recuerda. Se alojaron en el bloque veintiocho y se dedicó a hacer trabajos de soldadura y cerrajería. Se apuntó a los scouts y a una suerte de escuela del barrio llamada La Cátedra para paliar el abandono del colegio. Años más tarde, conoció a una chica del bloque catorce, con la que se casó y tuvo tres hijos. Allí residieron hasta enero de este año. Entonces, llegó el gran día que les habían prometido en la Nochebuena de 2014, la mudanza a un piso nuevo. El gran regalo de aquella Navidad que se demoró más de la cuenta. “Estuvimos un año con las cajas empaquetadas, viviendo con lo mínimo”.

-¿Y ahora que tienes una vivienda nueva, qué se siente?

A mí, lo que me preocupaba era tener una casa digna para mi mujer y mis niños, no una en propiedad. Pero bueno, ahora al menos el piso está a estrenar. Yo siempre digo que no nos hemos ido de la UVA, que es una UVA reformada.

Varias de las fachadas de las casas bajas de la UVA. JAIRO VARGAS

La Comunidad ha pactado que una vez realojados pagarán un alquiler “social” en función de muchas variables, como el tipo de contrato que tuvieran o la fecha de su llegada, puesto que hubo personas que desembarcaron en los noventa, comprando casas a sus anteriores inquilinos. También que podrán adquirir la vivienda en propiedad abonando una cuantía “baja” transcurridos siete años. La asociación de vecinos, denuncia, sin embargo, que hay muchos alquileres lejos de ser “sociales”. La concejala de Ahora Madrid opina de igual manera: “Y en ocasiones hablamos de gente muy mayor que no tienen pensiones altas. A veces, ni con toda la pensión pueden hacer frente a estos alquileres. Hay algunos a los que estamos ayudando con el pago”.

Tere Martínez (nombre ficticio, porque ha preferido permanecer en el anonimato) es una de las que ya ha podido comprar la suya. “Cuando tuve las escrituras dije: ¡Oh, cielos, por fin, mi casa!”, rememora con emoción. Enseña con pudor su piso reformado de paredes blancas y muebles con perfecto acabado y afirma que, pese a los deseos durante tantos años, le costó acostumbrarse al cambio. “Y a no tener terraza”, dice medio de broma.

Desembarcó en la UVA con seis meses con su familia desde Estrecho y tuvo una infancia “fantástica”, en un ambiente que, por cómo lo relata, podría ser el de cualquier vecindario, con niños jugando a todas horas en las calles. No le importaba demasiado no tener, por ejemplo, calefacción u otros servicios. “Yo sólo había conocido eso, así que me parecía muy normal. Pero en realidad eran y son infraviviendas”. Luego, en su juventud, llegaría un problema tras otro, en oleadas. Primero, le heroína; luego, la colza. “El hacinamiento fue fundamental para que aquí hubiera tanta droga. No sé qué habrá sido de la generación de mi hermano, que ya murió”, dice.

Una mujer camina por una de las estrechas calles de la UVA. JAIRO VARGAS

Al entrar en casa de Sole García (nombre ficticio, ya que ha pedido permanecer en el anonimato), sólo los bajos techos traicionan la apariencia de piso tradicional que uno podría encontrar en cualquier barrio de Madrid. Tres habitaciones, una de ellas usada como oficina, baño, cocina americana y salón en la entrada decorada con motivos navideños. Lleva en este bloque sus cuarenta y ocho años de vida, reside con su hija pequeña y paga 1,89 euros al mes por la casa, aparte de los gastos. Es capataz agrónomo, por lo que sólo le dan media jornada de trabajo durante seis meses al año. El resto del tiempo, tiene que buscarse otros empleos. “Yo vivo muy bien aquí”, confiesa.

No quiere que la realojen porque por el tipo de subrogación que ella tiene en su contrato, debería pagar más dinero de alquiler y de compra. “Y si a mí me pasa algo, a mi hija la ponen en la puta calle porque yo ya soy de tercera subrogación”, se queja. Recuerda cómo se ilusionó su abuela cuando en 1993 iniciaron la construcción de la primera torre de viviendas: “Ella pensaba que nos íbamos a ir a un piso nuevo, compró un montón de cosas y todo. Y se murió sin verlo”.

-¿Y si entonces te dicen que te tienes que ir?

Me tendré que ir, pero me habrán jodido la vida.


Isabel Pinilla sostiene que los nuevos alquileres “tienen como base el precio del módulo de la vivienda protegida. A ese coste se le hace una rebaja importante. Además, los inquilinos pueden acceder a subvenciones”. No promete que esté todo construido cuando acabe, en 2019, el mandato de Cifuentes, pero sí que estará licitado. “Este año queremos licitar la construcción de tres bloques, cuya ejecución tardará unos dieciocho meses. Una vez se libere el suelo que dejan esas familias, licitaremos para seguir edificando”.

José Manuel no es tan optimista. Le recuerdo que en 2010 afirmaba que sus padres se habían muerto sin ver su nueva vivienda y que él pensaba que correría la misma suerte. “Yo no sé cuándo cojones me van a dar la casa. Han pasado seis años y sigo aquí”, protesta frente a un solar en el que trabaja una excavadora. “Ahí deberían ir los próximos bloques y ya te debería tocar a ti”, le dice Tasio. José Manuel no lo ve tan claro: “Ya veremos”.

Vista de la almendra central de la UVA. JAIRO VARGAS