Publicado: 09.12.2015 21:00 |Actualizado: 10.12.2015 12:57

El videoclub más antiguo de Madrid resiste desde los ochenta en Vallecas

Fernando Navarro alquila todo tipo de películas, aunque el mayor negocio está en la venta

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Fernando Navarro, en su videoclub de Vallecas, que abre 365 días al año. / HENRIQUE MARIÑO

Fernando Navarro, en su videoclub de Vallecas, que abre 365 días al año. / HENRIQUE MARIÑO

En Vallecas no hay cines. Hace quince años cerró el Excelsior, último reducto de un gremio que había conocido tiempos de esplendor, cuando en el barrio se repartían siete mil butacas entre seis salas. Fernando Navarro (Madrid, 1943) le fue dando el pésame a cada viuda, o sea, a la obrera parroquia vallecana, hasta que no hubo a quién dárselo. De nada sirvió que el Goya lo intentase con las películas X, porque el cine para adultos correría la misma suerte. A principios de 2015 echó el candado en Tirso de Molina el único superviviente de la capital, el cine Alba, cuya colorida cartelera anunciaba Me fui al baño y me hicieron un apaño.

Fernando también trabaja el género, aunque en su abigarrado videoclub caben todos. Más de la mitad de sus 72 años ha estado al frente de Import Vídeo, un osario en el que ha ido acumulando miles de filmes procedentes de los competidores que no han logrado resistir. Los almacenistas de los distribuidores también depositan aquí a sus muertos. Y luego están los divorcios, que no quieren saber nada de repartirse el celuloide arrumbado en una vida partida por la mitad. “Me surto de la rotura de matrimonios… Quiero decir, de la ruptura”, ironiza este aficionado a la gran pantalla.

Abrió a comienzos de los ochenta, por lo que es probablemente el videoclub más antiguo de Madrid. Si bien ayer sumó 10.486 socios, los clientes habituales se reducen a un centenar. Hay quien sigue alquilando, pero la mayoría compra los DVD a un precio imbatible, entre uno y tres euros. “El alquiler es residual, gente que viene a por una película específica”, explica Navarro, que se ha ido quedando tan solo que ni competencia tiene. “Si acaso, el Rastro y las tiendas de segunda mano, que están muy desabastecidas”.

Eso no quiere decir que sea una mina. Llegó a regentar seis videoclubes, cinco de ellos abiertos al mismo tiempo. Y en el que queda, situado en el número uno de la calle Carlos Martín Álvarez, afluente de la Avenida de la Albufera, trabajaron cinco empleados los sábados por la tarde. Hoy, para apuntalar el local, cuyos escaparates han sido cegados por carteles y reclamos, se ve obligado a trabajar todos los días del año. Sin ayuda ni compañía. “Este negocio está en peligro de extinción. Si cerrase una sola jornada, desaparecería”.

No es una cuestión de romanticismo. “Mientras pueda trabajar no me jubilaré. No tengo planes ni economía para hacer otra cosa”, confiesa Fernando, que saldrá del videoclub con los pies por delante. “Carezco de tiempo libre. Nunca he ido al fútbol y hace años que no piso un cine”. Su dedicación es tal que este verano sufrió una agresión que le provocó un traumatismo craneoencefálico y apenas faltó tres días al trabajo. “Un cogotero me dio un garrotazo por la espalda y me desperté en el hospital”, recuerda. “Poco aguanté allí”.



Navarro iba para médico, pero comenzó a vender pequeños electrodomésticos antes de ir a la mili y ya no regresó a la Facultad. Criado en el barrio de Salamanca, la afición al séptimo arte le viene de familia. Su madre era una cinéfila y su padre trabajó en el ABC, que recibía en casa a diario. Le engancharon las críticas cinematográficas de Donald, pseudónimo de Miguel Pérez Ferrero, los anuncios publicitarios de los estrenos y la copiosa cartelera. “Yo conocí Madrid por los cines”, rememora. “Sólo exijo que la película sea buena. Me puede gustar cualquiera si los diálogos son inteligentes”. Y, así, lo que era una ferretería terminó convirtiéndose en un videoclub, con franquicias en Quintana, Móstoles, Mirasierra, Alameda de Osuna y Chamartín.

“La primera mitad de los ochenta fue la época esplendorosa del vídeo”. Entonces, competían los formatos Beta y VHS, que saldría victorioso de la pugna y no conocería rival (si acaso, el Laserdisc, que no le hizo sombra) hasta la llegada del DVD y el Blu-ray. Sin embargo, la cultura del videoclub fue menguando y hoy el trabajo de Fernando bien podría encajar en la categoría de viejos oficios. “El top manta hizo mucho daño al sector y la venta ambulante por los bares de Vallecas ha sido indiscriminada”, afirma el decano de los videoclubes madrileños, el pelo cano y la sonrisa siempre puesta. De los videoclubes que quedan, claro.

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