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Presa de Yesa Yesa: el pantano de nunca acabar cuadruplica su coste

Las obras para recrecer el embalse de Yesa y convertirlo en el mayor del Pirineo, adjudicadas por 113 millones en 2001, superan los 440 al añadirles una contrata de 6,4 para estabilizar una ladera que debe soportar la presa, lo que aumenta las dudas sobre su seguridad

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La última contrata tiene como objetivo estabilizar la ladera derecha del embalse para que la presa pueda apoyarse en ella con seguridad.

Yesa se está convirtiendo en el pantano de nunca acabar: ni terminan las obras para recrecer la presa ni finaliza el simultáneo aumento de su coste. Una nueva contrata de 6,4 millones de euros eleva la factura de las obras a 440 millones, prácticamente el cuádruple de los 113 por los que en 2003 fueron adjudicados los trabajos para convertir el viejo embalse, en servicio desde 1959 y con capacidad para almacenar 447 hectómetros cúbicos de agua, en el mayor del Pirineo con espacio para 1,08 billones de litros tras añadir 22 metros los 76 de su presa.

El Ministerio de Medio Ambiente adjudicó los trabajos del recrecimiento a una sociedad formada por ACS, FCC y Ferrovial por 113 millones de euros (18.889,9 de pesetas) el 20 de diciembre de 2000, pero la programación plurianual de inversiones de los últimos Presupuestos Generales del Estado incluía cinco referencias a ese proyecto que suman 433.714.480 euros. Es decir, 440,1 millones con la nueva contrata.

El recrecimiento del embalse de Yesa tiene como objetivo es mejorar las dotaciones de más de 80.000 hectáreas de regadío en Navarra y la provincia de Zaragoza, infradotadas al aumentar la superficie en explotación sin que lleguen los recursos para atenderla, y mejorar el suministro de agua de boca de la ciudad de Zaragoza y varias poblaciones de su entorno, tras descartar en los años 80 que se abastecieran del Gállego ante la evidencia de que su tramo alto alberga un volumen descomunal de residuos de lindano.

Sin embargo, el redimensionamiento del proyecto en 2006 para evitar daños en núcleos de población y las sorpresas que la geología reservaba en forma de galerías imprevistas, deslizamientos de tierras no deseados, filtraciones de agua no contempladas e inesperados agrietamientos del suelo han hecho que catorce años de obras desde su inicio en 2003 no fueran suficientes para terminar el recrecimiento, algo que las últimas previsiones oficiales dejan para 2020.

Al cierre del año pasado estaba ejecutado el 93% del cuerpo de la nueva presa tras colocar 3,1 millones de metros cúbicos de materiales (el volumen triplica al del estadio Santiago Bernabéu), con lo que alcanza una altura de 97,5 metros sobre los cimientos y de 19,5 sobre la cota de coronación de la anterior.

Impedir “el descalce de los estratos y su deslizamiento”

Esta nueva adjudicación, por otra parte, vuelve a poner sobre la mesa las dudas que grupos ecologistas, partidos políticos como Cha y Podemos y el propio Gobierno de Navarra vienen planteando sobre la seguridad del embalse una vez recrecido, cuya eventual rotura provocaría una catástrofe susceptible de sumergir media ciudad de Zaragoza bajo una lámina de más de tres metros de agua, según las simulaciones realizadas por un grupo de expertos en geología, similares, por otro lado, a algunas estimaciones que maneja la propia Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE).

El objetivo de la última contrata consiste en consolidar la ladera

El objetivo de la última contrata consiste en consolidar la ladera en la que debe apoyarse en estribo derecho de la nueva presa, asentada sobre una falla y que deberá soportar la presión de cientos de millones de toneladas de agua, e incluye también la demolición de varias viviendas que tuvieron que ser desalojadas en 2015 por la inestabilidad del terreno, que provocó grietas en el suelo, y que posteriormente fueron expropiadas, como medio para indemnizar a sus propietarios.

“Las actuaciones para la consolidación de la ladera incluyen, también, la excavación en tierra de la zona y la colocación de taludes estables, que impidan el descalce de los estratos y su deslizamiento, así como la revegetación de la ladera para evitar su erosión”, señala el Ministerio de Medio Ambiente en un comunicado en el que reconoce explícitamente la inestabilidad del terreno que debería sujetar la presa.

Con todo, la ministra de Medio Ambiente, Isabel García Tejerina, ha sostenido esta semana en el Congreso, en una respuesta a la diputada de Bildu Marian Beitialarrangoitia, que las obras avanzan "con todas las garantías de seguridad" y "a buen ritmo". “Ni en esta, ni en otra obra el Gobierno va a escatimar dinero para asegurar las máximas garantías medioambientales y de seguridad", aseguró, mientras anunciaba un nuevo retraso en la ejecución, que pospuso a “finales de 2021”.

Los riesgos de la lluvia, las obras y las maniobras del embalse

El último informe de los técnicos de la CHE sobre la estabilidad del embalse, fechado en diciembre, concluye que la ladera derecha tiene un “movimiento extremadamente lento” que no puede considerarse “significativo”.

No obstante, matiza que “la situación actual de paralización” de la actividad geológica “no impide que puedan existir en un futuro movimientos locales puntuales (…) en la propia ladera como consecuencia de los efectos de la lluvia” o por las maniobras de vaciado del embalse, mientras que estos podrían producirse al pie de la presa “como consecuencia del movimiento de tierras” por las obras.

El documento sostiene que, en el caso de producirse, “estos movimientos locales no afectarían previsiblemente a las condiciones de seguridad de la globalidad de la ladera”, aunque reclama que “como última fase para reforzar la estabilidad de la ladera se deberán ejecutar las medidas de sostenimiento previstas, y que consisten en muros y anclajes de cables, galerías de drenaje y una pantalla continua de impermeabilización”.

Cinco años de movimientos en la ladera

Esos movimientos de la ladera derecha, detectados hace ya cinco años y que en algunas temporadas han afectado a más de la mitad de los puntos de control, llegaron seis años después de que la izquierda, a los tres de comenzar las obras, registrara una sacudida.

Ahora, a los riesgos del recrecimiento se les suma otro: una empresa llamada Geoalcali, filial de la multinacional australiana Highfield Resources, pretende excavar galerías de hasta 600 metros de profundidad para extraer potasas en una mina de 1.472 hectáreas situada a menos de dos kilómetros del vaso del pantano.

Los trabajos para tratar de estabilizar esa ladera han contribuido al encarecimiento de la obra, con un presupuesto de 24 millones de euros, más casi otro más en los estudios que Medio Ambiente tuvo que encargar de manera urgente en 2008 ante las filtraciones de agua y deslizamientos detectados en la obra.

Esos trabajos han incluido, entre otros, la extracción de un millón y medio de metros cúbicos de tierra en su zona superior, la colocación de bloques de hormigón que suman 22.000 metros cúbicos, la instalación de diez anclajes de cable con capacidad para aguantar 120 toneladas y trabajos de impermeabilización con terrazas, contenciones, cunetas y bajantes.