Jeepney en Filipinas. Foto de Oscar Presilla
Jeepney en Filipinas. Foto de Oscar Presilla

Una de las particularidades que diferencian al archipiélago filipino de otros lugares del Sudeste Asiático es uno de sus medios de transporte más populares: sus conocidos y llamativos jeepneys, esos vehículos que llaman tanto la atención y que cualquier viajero que se precie de serlo debería probarlos antes de abandonar el país.

Los primeros jeepneys comenzaron a circular por Filipinas después de la segunda guerra mundial cuando los americanos abandonaron el país dejando allí los típicos Willys del ejército. Algunos filipinos supieron sacar partido de ellos y en vez de dejarlos que se convirtieran en chatarra los remodelaron para hacer de ellos un modo de transporte que pudiera llevar a la gente entre pueblos y ciudades. Tenían una carrocería dura y resistente, y sobre todo tracción a las cuatro ruedas. El jeepney era y sigue siendo el vehículo idóneo para recorrer carreteras desvencijadas o pistas de tierra tremendamente embarradas en temporada de lluvias.

Hoy en día existen dos empresas filipinas que siguen fabricando jeepneys sin haber cambiado mucho el estilo y diseño de los antiguos, tan solo han alargado la longitud de la carrocería para poder llevar más pasajeros. Aunque en algunas ciudades los están cambiando poco a poco por furgonetas de conocidas marcas japonesas, que a pesar de no tener parecido a lo que conocemos como un Jeep siguen conservando su extravagante decoración y al menos no consumen ni contaminan tanto como sus predecesores.

Lo más llamativo de un jeepney es su exterior, esa chapa de acero llena de adornos y colores, con sus graffitis pintados con aerógrafo a gusto del propietario y de gran calidad artística con todo tipo de imágenes o símbolos. Todo vale, desde dibujos abstractos hasta imágenes religiosas, deportivas o musicales pasando por paisajes tropicales propios de la isla en la que se encuentran. Cuanto mejor decorado esté un jeepney más llamará la atención de los pasajeros. Y en los laterales veremos escrito su itinerario, los nombres de pueblos o barrios por los que va a pasar. Una vez elegido nuestro destino podremos subirnos a un jeepney donde queramos y bajarnos donde nos apetezca.

El turista más atrevido puede viajar en un jeepney encima del techo, no hay ningún problema, pero por seguridad le aconsejaría ir en el interior. Hay que entrar por la parte de atrás y buscar un sitio en uno de los bancos corredizos de uno de los laterales. Es probable que vayamos bastante apretujados y que incluso seamos los únicos extranjeros allí dentro, pero que nadie se alarme, el resto de pasajeros nos ayudará en cualquier duda que tengamos y conoceremos la amabilidad y hospitalidad filipina charlando con la gente normal, la gente de la calle que no guarda relación con el turismo. Además, algunos jeepneys llevan también un potente equipo de música para hacer el viaje más llevadero.

Y una vez dentro del jeepney comprobaremos una de sus costumbres más sorprendentes, la forma de pago. El dinero lo controla el conductor, bastante tiene con estar pendiente del tráfico como para preocuparse de hacer de taquillero, así que seremos los pasajeros quienes nos encarguemos de todo. Los trayectos no suelen costar más de veinte pesos (menos de medio euro) y las monedas van pasando de mano en mano hasta llegar al chófer, si nos tiene que dar el cambio se repetirá la acción en sentido inverso, de las manos del conductor a las nuestras pasando por todos los pasajeros que se encuentren en medio.

Cuando pensemos que hemos llegado a nuestro destino y queramos bajar solo tendremos que tocar el techo del jeepney con una moneda y se detendrá de inmediato. Otra opción es gritar “para”, sí, así como suena, igual que en español, y listos. Nuestra aventura dentro un jeepney filipino habrá llegado a su fin y es posible que estemos deseando tomar otro cuando surja la ocasión.


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Nómada del siglo XXI, sin residencia permanente, vivo viajando, viajo viviendo.

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