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Para alcanzar el paraíso hay que sufrir

El cine indie americano vuelve a profundizar en la inmigración con Sin nombre 

C. PRIETO/S. BRITO

Películas y documentales sobre inmigración clandestina hay muchos. Y también alguno que otro sobre las maras centroamericanas. Recuerden, sin ir más lejos, el filme del fotoperiodista francoespañol Christian Poveda, recientemente asesinado por un ajuste de cuentas a raíz de su documental La vida loca.

Pero hasta ahora no habíamos visto un filme en el que se mezclen ambos temas con solvencia. A medio camino entre una road movie (en tren de mercancías) y un filme de cine negro con pandilleros, Sin nombre llega a nuestras pantallas el viernes tras arrasar en la última edición del festival de Sundance, donde se llevó dos premios, incluido el de Mejor Director al debutante Cary Fukunaga (Oakland, 1977).

El filme, producido por Canana, la compañía de los mexicanos Gael García Bernal y Diego Luna, cuenta la historia de una adolescente hondureña que viaja de Chiapas a Estados Unidos subida a un tren de carga. Por el camino tendrá que lidiar tanto con las maras, que controlan algunas de las zonas del recorrido, como con la policía mexicana. La acción está servida.

"Empecé a interesarme por la inmigración casi por accidente. Primero rodé un cortometraje sobre una noticia que leí en The New York Times sobre un inmigrante abandonado en un tráiler. Entonces me enteré de que muchos clandestinos atravesaban México escondidos en trenes de carga y corriendo graves riesgos", explicó a Público el director durante el pasado festival de San Sebastián, donde el filme compitió en la sección Horizontes Latinos.

El joven director de Los Ángeles, de padre japonés y madre sueca, estuvo unos cuantos años metido en el ajo. De hecho, muchos de los diálogos que aparecen en Sin nombre fueron escritos junto a miembros de las maras. "Casi todos los pandilleros que conocí tenían entre 12 y 19 años. Y también conocí a algunos clandestinos de esa edad. A primera vista podemos entender que un padre o una madre corran el riesgo de realizar este viaje: necesitan ir a EEUU a trabajar para enviar dinero a Honduras. Pero cuesta más entender los motivos de los niños, que no están obligados a hacer el viaje", reflexiona el director.

La fascinación del mito del sueño americano ahí está y, para Fukunaga, eso convierte a los personajes jóvenes en más complejos y susceptibles de aparecer en un filme que él ha querido tratar como un western. "He tratado a los inmigrantes como pioneros del siglo XIX, que realizan un viaje lleno de peligros con el objeto de llegar a la Tierra Prometida. Las imágenes del Salvaje Oeste son parte fundamental de nuestra identidad como estadounidenses", apunta el director.

Cary Fukunaga no es el primero que en los últimos años cautiva en Sundance con una historia de inmigración. El asunto parece estar convirtiéndose en una moda, por otro lado cíclica en la cinematografía de un país hecho a partir de oleadas de extranjeros.

Pero no hay duda, el tráfico de personas, la odisea del cruce de fronteras y la marginación que acarrea es el último saco del que el indie americano alimenta su voracidad por las historias crudas. Padrenuestro (Christopher Zalla, 2007), The Visitor (Thomas McCarthy, 2008) o la más reciente Frozen River (Courtney Hunt, 2008) son algunos de estas películas, que comparten no sólo su condición de vástagos de realizadores primerizos, su bajo presupuesto o su factura lejos de los grandes estudios, sino el haber ganado en los Independent Spirit Awards o alguno de los premios gordos del festival creado por Robert Redford.

Para el director de Sin Nombre, realizador que vivió varios años en México, "no es un asunto contemporáneo. Cada generación vive una nueva ola de inmigración y de conflictos entre culturas diferentes. Y este choque nutre nuestra cultura".

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