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Un americano en la vieja Iruña

Un recorrido por los lugares de Pamplona que inspiraron a Ernest Hemingway.

MIGUEL NOVA

"Le gustaba beber y comer, los toros y las mujeres. Vamos, lo corriente". A esta descripción del típico vividor cañí respondía, en realidad, un premio Nobel de Literatura nacido en los suburbios de Chicago. Las palabras se las dedicaba cariñosamente a Ernest Hemingway su amigo Jerónimo Echagüe, experto corredor de encierros y compañero de interminables veladas regadas con coñac.

Hemingway pasó nueve veranos en Pamplona. Vivió la esencia de la ciudad, corrió en los encierros -incluso resultó herido-, entabló amistad con todo el paisanaje del mundo taurino, se divirtió y se emocionó con legendarias tardes de toros, se enzarzó en peleas taberneras, comió ajoarriero en restaurantes familiares, pescó truchas, bebió, trasnochó. Y lo escribió todo. Antes de que Hemingway llegara por primera vez a Pamplona, en 1923, lo poco que se decía en el extranjero de esta ciudad navarra es que los toros andaban sueltos por la calle. "No llegará el día en que la ciudad admita y reconozca el bien que ha hecho Hemingway a Pamplona", decía su amigo Jerónimo. "Aquí los extranjeros no vienen a colonizarnos, sino a integrarse en nuestras fiestas". Hoy, 50 años después de que el escritor americano visitara la ciudad por última vez, los pamploneses le rinden homenaje en cada rincón. Raro es el bar que no exponga un cartel que rece "Hemingway estuvo aquí", aunque nunca pisara el establecimiento. Hemingway es un imán. Como decía su sabio amigo, la ciudad es hoy uno de los destinos preferidos del turismo internacional gracias a él.

Para empaparse del recuerdo de Hemingway, lo mejor es comenzar tomando una copa de coñac Fundador en la terraza del Café Iruña, en la plaza del Castillo. Este establecimiento, con sus "cómodos sillones de miembre" y la "fresca sombra de las acardas", como lo describe en su novela Fiesta (1926), conserva el mismo aspecto que cautivó a Hemingway. Aquí protagonizó sonadas trifulcas, una de las cuales acabó en la comisaría, horas antes de que otro de los detenidos, su amigo Antonio Ordóñez, saliera a torear.

El Gran Hotel La Perla es otro de los "rincones de Hemingway". Ubicado también en la plaza del Castillo, fue el primer lugar al que el joven reportero del Toronto Star que venía a cubrir las folclóricas fiestas, acudió para alojarse, en 1923. Pero era más caro de lo que podía permitirse. Cuando, en la década de los 50, el aclamado -y boyante- escritor regresó a Pamplona, se hospedó en el lujoso hotel. Sin salir de la plaza, los más nostálgicos pueden tomar una cerveza en Tropicana, en el mismo edificio que antiguamente albergaba el Hotel Quintana. Aquí Hemingway entabló amistad con su dueño, Juanito, un gran aficionado de los toros que le introdujo en el ambiente taurino. O beber una copa en el sofisticado Windsor Pub, antiguo Bar Torino, desde cuya terraza veía Hemingway los encierros.



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