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Annie Leibovitz, la imágen célebre

La fotógrafa junta escenas familiares y encargos para ‘Vanity Fair’ en una muestra de más de 200 imágenes que resume su producción de 1990 a 2005

ISABEL REPISO

"Cuando la gente habla de capturar el alma... ¡eso es basura! Dependes de lo que tus retratados quieran darte". El plato más esperado de PHotoEspaña 2009, Annie Leibovitz (Connecticut, 1949), acaba de desembarcar en Madrid con la idea de derribar los prejuicios de su fotografía. La primera lección: ni la todopoderosa Leibovitz controla el resultado final de sus sesiones. Annie Leibovitz, vida de una fotógrafa 1990-2005 es mucho más que una serie de deidades en pedestal. Organizada por la Comunidad de Madrid, recala en la capital desde hoy hasta el 6 de septiembre tras haber visitado Nueva York, San Francisco, París, Londres y Berlín.

La muestra arranca en 1988, con una fotografía en blanco y negro del abultado vientre de Demi Moore protegido por las manos de Bruce Willis. Fue un encargo personal que nunca había trascendido porque formaba parte del álbum familiar. Curiosamente de ahí surgiría, tres años más tarde, la portada de Moore desnuda para Vanity Fair.

"Coincidió con el lanzamiento de una película suya y ella volvía a estar embarazada", recuerda la fotógrafa. La primera sesión se hizo con ropa, pero Leibovitz sugirió hacer una segunda desnuda para la pareja. La actriz accedió y, en pleno proceso, Leibovitz le soltó que esa era "la portada".

Pero además de los encargos para conocidas publicaciones, el visitante accede a las fotografías familiares de Leibovitz, que huyen de la idealización. Cruda como la vida misma es la serie dedicada a su compañera Susan Sontag, debilitada por la larga enfermedad que acabó con ella en 2004. Fue precisamente esa pérdida lo que incitó a Leibovitz a volver sobre su trabajo. "Esta muestra nace de un momento en el que confluyen la muerte de Susan y la de mi padre, mientras que mis hijas crecen. Pensé que era una buena historia porque reflejaba al ser humano: la muerte y la vida", explica.

A Leibovitz no le gusta distinguir hitos en su producción, aunque es evidente que sus retratos a personajes públicos maman de la publicidad y, al mismo tiempo, la influencian. La cama centra algunas de sus fotografías más célebres, como el retrato de un Jonnhy Depp entregado al cuerpo de Kate Moss o los de Mick Jagger y Brad Pitt.

"Retratar es un proceso muy psicológico. Es un error pensar que el trabajo del fotógrafo es hacer que la gente se sienta cómoda. Soy muy mala directora. Por eso tal vez mis mejores fotos son las de actores", confiesa. Es la producción más conocida deLeibovitz, pero también en la que más encorsetada se encuentra. "Cuando trabajas para una revista, no lo haces solo. Esa parte de mi trabajo está muy cerca de la publicidad, porque tiene que ver con vender revistas", explica con olfato financiero. Por eso dice que las fotos que más le pesan son las que no ha hecho. "El retrato crea conflictos. A veces llego y la persona parece triste. Como fotógrafa quiero hacer esa foto, pero ese no es el encargo que he recibido. Y esas fotos son las que echo en falta", cuenta.

Para ella, uno de sus mejores trabajos se sitúa a las antípodas de este conflicto. El retrato que hizo a su madre en 1997 es una imagen despojada en la que el espectador se precipita al pasado "más bien duro" de Marilyn Leibovitz. Los sueños frustrados de esta mujer, que fue bailarina, y la lucha por sacar adelante a sus seis hijos afloran en el primer vistazo.

El retrato de su madre arrastra al espectador al trabajo documental de Leibovitz, con imágenes descarnadas de la guerra de los Balcanes, en 1994. "Estoy más interesada en el contenido de mis fotos que en la técnica", revela.

Al final de la muestra, una miscelánea de fotografías en pequeño formato ocupa ambos lados de un largo pasillo. "Es la parte que la gente mira más", confiesa. Y se entiende por qué. Personajes siniestros como Heidi Fleiss (1993) conviven con fotos íntimas de Leibovitz, como el retrato que le hizo Sontag cuando estaba embarazada de su primera hija (2001), desnuda como Demi Moore pero sin ese subrayado de la perfección. La fotógrafa aparece humana, con las gafas de su personaje público tiradas en la cama. Es ahí cuando se sitúa a la misma altura del espectador y lo conduce, de la mano, a su terreno imperfecto, en el que acampan el dolor y la esperanza. Y es ahí cuando se lo mete en el bolsillo.

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