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Bostezos y más bostezos para arrancar

En Cannes se huelen las ganas de ver algo que sorprenda y emocione; los primeros filmes no han generado ni una cosa ni la otra

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Más que el olor ocasional a crepes, o que las ráfagas de perfume más o menos caro que circula por la Croisette, lo que se huele en el arranque de Cannes son las ganas de ver algo que sorprenda y emocione. Los dos primeros filmes de los veinte que compiten por la Palma de Oro no han generado ni una cosa ni la otra. Ni el realismo social de Fish Tank, ni el poético del chino Lou Ye, en Spring Fever, han hecho temblar a la sala con sus historias de jóvenes emocionalmente tocados.

Dos propuestas que corren el riesgo de ser sepultadas por lo que está por venir. La directora británica Andrea Arnold presentó ayer su segunda película, Fish Tank, después de que su ópera prima, Red Road, se llevara hace dos años el Gran Premio del Jurado. Aquella vez, la británica venía avalada por la productora de Lars Von Trier, Zentropa.

Nacida independiente, sin las normas que tanto gustan a Von Trier, Fish Tank es un filme menos atrevido que aquél, pero que igualmente naufraga a mitad del metraje. Arnold vuelve a situar su mirada en un suburbio: esta vez sustituye Glasgow por Essex. Los paisajes abiertos y pantanosos, salpicados de fábricas y barriadas, sirven de escenario para contar la vida de Mia, una jovencita de 15 años que vive en un piso-infierno (una pecera) con su hermana y su madre.

Con este filme, la directora se alinea al realismo social británico, recuperando a un rostro ya usado por Ken Loach en En un mundo libre, Kierston Wareing. Sin incorporar en ningún caso la marca socialista de Loach, Arnold vuelve a transitar por la cuerda floja de la moralidad. Como contó ayer el protagonista masculino de la cinta, Michael Fassbender, 'sus personajes emprenden acciones cuestionables, pero eso no los hace malos'.

Por su parte, el chino Lou Ye, director descubierto en el festival de Rotterdam con Suzhou River, y que desde entonces ha sido apadrinado por Cannes, logra poco más que aburrir soberanamente con su filme, Spring Fever, que más que exaltación genera astenia primaveral. No basta que su película sea un ejercicio de valentía frente a la censura china, que le había prohibido rodar en el país durante cinco años desde que mostró imágenes de la matanza de Tiananmen en Summer Palace (2006).

Simplemente, a su fresco de relaciones homosexuales entre unos veintañeros perdidos emocionalmente, le sobra metraje y le falta ritmo e intención. Ayer dijo: 'Espero ser el último director censurado en mi país'. Y no quiso tocar el tema más.

Y para acabar, curioso, cuanto menos, fue el acto de usurpación de la personalidad que parece haber vivido el japonés Hirozaku Kore-eda. Su esperada Air doll, presentada ayer en la sección Un certain regard, parece una Amelie amarga rodada por su amiga Isabel Coixet.

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