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El culto a la sidra

Patria querida de ovetenses

ANA REQUENA AGUILAR

Son las dos de la mañana y llevo unas cuantas botellas de sidra encima. Todo por trabajo, claro. En Oviedo, para relacionarse con la gente lo mejor es ir a la calle Gascona, el bulevar de la sidra. Me acompaña Leti, una risueña asturiana. Me sorprende la cantidad de gente que hay en los bares y terrazas, parece que quieren apurar agosto al máximo, no importa que sea día de diario y que muchos ya tengan que trabajar al día siguiente.

Las botellas de sidra se acumulan en las mesas. Le pregunto a Leti si es normal beber tantas botellas entre tan poca gente. "Claro, ya verás, ahora nos pedimos una, si no es nada" y por nuestra mesa empiezan a desfilar botellas de sidra. Un amable camarero nos va escanciando "culines" y me explica que el líquido tiene que dar contra el borde del vaso porque así el sabor "se abre". Por el suelo de la calle y de los bares corren pequeños ríos de sidra. Descubro que hay que arrojar al suelo el último culo que queda en el vaso de sidra.

Hablamos con las mesas de al lado, llenas de veinteañeros, y acabamos juntándonos para hablar de todo un poco. Les pregunto por ejemplo qué les parece Avilés, una ciudad con una vida que gira alrededor de los altos hornos siderúrgicos y que ahora se moderniza con un gran proyecto del arquitecto Niemeyer, centro cultural que quiere ser todo un referente internacional.

"Mi padre y mis tíos trabajaron en el acero y a todos se los llevaron por delante con eso de los expedientes de regulación de empleo, así que qué te voy a decir, que me parece muy bien lo del arquitecto este, pero que mi padre ya no va a encontrar trabajo con 56 años que tiene", dice Iván, originariode Avilés aunque trabaja en Oviedo.

Sara no está del todo de acuerdo. Ella no es de Avilés, pero el paro también ha golpeado a su familia. "Me parece normal que haya gente que siga trabajando en los hornos o en otros oficios tradicionales de Asturias, pero creo que nos viene bien un poco de modernidad, otras oportunidades", responde. Curiosamente, a Sara, que estudia Turismo, le gustaría dedicarse al turismo rural en su tierra, aunque cree que proyectos como el de Niemeyer puede darle un valor añadido.

Me presentan a Isidrín, un muñeco escanciador para novatos que no gusta nada a los puristas 

Leti se arranca a escanciar, la tía lo hace estupendamente. El año pasado trabajó durante unos meses en una sidrería de Villaviciosa, el pueblo de la sidra por antonomasia. Desde hace unos meses trabaja en Oviedo como administrativa.

"La gente joven tiene oportunidades que nuestros padres no tuvieron y muchos se quedan sin hacer nada, se conforman con encontrar un trabajo, no se plantean viajar aunque tengan dinero, no tienen más aspiraciones", cuenta Leti. Ella estudió unos años en Madrid y luego volvió a Oviedo. Siguió formándose mientras encontraba pequeños trabajos para mantenerse. Ahora tiene un empleo con el que está contenta y en septiembre se matriculará de una nueva carrera.

Seguimos con temas más distendidos. Me presentan a Isidrín, una máquina-muñeco escanciadora para novatos. A los puristas de la sidra no les gusta eso de que Isidrín escancie, dicen que no sabe igual. Pero no todo el mundo tiene la habilidad necesaria para escanciar con éxito. Hay quien lo intenta mientras se hace fotos y hay quien directamente hace fotos a los escanciadores expertos. Yo opto por la segunda posibilidad.

Ya de retirada, me pasean por la zona vieja. La catedral, la estatua de La Regenta, las plazas, Woody Allen, al que no paran de arrancarle las gafas. A las horas en punto, las campanas de uno de los relojes del centro de la ciudad entonan el Asturias, patria querida. El alcohol hace que, de camino a casa, muchos borrachos se hagan fotos al lado de Ana Ozores y de Woody. Hago lo propio, corro a agarrar a La Regenta por el brazo y ya tengo mi estampa de Oviedo.

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