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"El daño que hicieron ya no tiene arreglo"

El ex director del servicio de Urgencias y algunos de sus compañeros relatan la tortura a la que han sido sometidos estos tres años. Los llamaron asesinos. Ahora reclaman a quienes les acusaron que pidan perdón.

VANESSA PI/ PATRICIA RAFAEL

Es la segunda vez que hace el MIR, a sus 35 años. No es lo habitual. Pero tampoco es común que a un adjunto del servicio de urgencias de un gran hospital se le acuse de haber colaborado en el asesinato de enfermos terminales. Andrés Bernardo está ahora en el hospital de Segovia y le queda un año para ser anestesista.

Antes era médico de familia, pero descubrió que su vocación era luchar contra el dolor. Del doctor Luis Montes, y del que era su número dos en 2005, Miguel Ángel López Varas, aprendió que el deber del médico es asistir al paciente. Asistirlo hasta el final.

Desde el año 2000 hasta mayo de 2004, Bernardo estuvo en el hospital Severo Ochoa. Y sufrió la denuncia anónima que hace tres años acusó a los médicos de Urgencias de este centro de matar enfermos terminales a base de aplicar sedaciones excesivas. Cuando ocurrió, él ya había ejercído allí como adjunto, pero había decididocambiar de especialidad y se enfrentaba a su segundo MIR. “Estaba en el momento más feliz de mi vida. Era mi segundo MIR, iba a tener plaza, y ese mismo día me enteré de que mi mujer estaba embarazada”, recuerda.

Dos días después, Bernardo supo que uno de los casos denunciados le señalaba a él. Su mundo se vino abajo. Tal fue el miedo que pasó que recuerda que su mujer “tuvo un sangrado”. La denuncia marcó un antes y un después en su vida. Como en las de sus compañeros.

Inclinado sobre la mesa, el que fue jefe y modelo a imitar de Bernardo, Luis Montes, recuerda que el día que le cesaron cerraron su despacho con llave. “Lo pudimos abrir con la llave maestra y sacar muchos documentos que luego nos han servido como prueba”, explica. Lo que no se llevó esa noche “fue destruido”.

El móvil de Montes no para de sonar. Anda por la cafetería tenso; con una mano sostiene el teléfono, y con la otra, su inseparable cigarrillo negro. Montes aprovecha que su móvil ha callado. “No tengo ganas de recordar. Lo he pasado muy mal, pero lo he soportado gracias a los apoyos recibidos”, confiesa. Echaron de menos haber recibido más soporte moral de algunos de sus compañeros. El problema es que la Comunidad de Madrid puso en práctica el clásico “o conmigo o contra mí”. Eso ha convertido a antiguos colegas en meros conocidos con los que ni siquiera ya intercambian saludos.

Ninguno quiere extenderse en explicar lo que se le pasa a un hombre por la cabeza cuando se le acusa de asesinato. Y aún hoy les cuesta entender que alguien sea capaz de dedicar insultos como el de “lider de Sendero Luminoso” o “Terminator”. Sólo son capaces de decir que sentían rabia, mucha rabia. La impotencia les llevó a dejar de leer periódicos. Tampoco fueron capaces de atender a los informativos de radio y televisión. Hasta se lo aconsejaron otros médicos.

López Varas sonríe mucho y no sabe hablar sin gesticular. Pero tampoco sabe ocultar la rabia: “Cuando empezó todo, mi madre estaba sometiéndose a quimioterapia, precisamente en el Severo Ochoa. Lo pasó fatal, porque además de sufrir unos efectos secundarios horrorosos, cada día tenía que oir unas burradas espantosas”. Miguel, como pide siempre a sus pacientes que le llamen, lamenta la tristeza con la que cada mañana, durante tres años, se han levantado él ytoda su familia.

Con su camiseta deportiva, sus vaqueros y su cazadora de cuero para trasladarse en moto, López Varas toma un refresco en un céntrico bar de Madrid. Comparte mesa con Andrés, Luis y otros dos ex compañeros de cuando era el número dos en las Urgencias del Severo Ochoa. Especializado en medicina interna, ahora ejerce en el hospital de la localidad toledana de Illescas. Como Andrés, prefirió irse a trabajar a Castilla-La Mancha. “La presión era insoportable y cuando salieron plazas allí no me lo pensé”, explica.

A su derecha se sienta Joaquín Insausti, jefe del servicio de anestesia en 2005, cuando el entonces consejero de Sanidad, Manuel Lamela, elevó la denuncia al grado de verdad, destituyendo al jefe de Urgencias. Altísimo, serio y reflexivo, Insausti calla y asiente con la cabeza cuando hablan sus compañeros. Hasta que rompe su timidez para recordar cómo empezó la crisis: “Me llamó el gerente y me dijo que había cesado al coordinador de urgencias por una denuncia anónima y yo le dije que me parecía fatal. Al día siguiente, estaba en un Congreso médico en Barcelona, compré El País y me encontré con el titular ‘Eutanasia masiva en el Severo Ochoa’”, recuerda.

“A partir de ahí todo fue horroroso”. Y mira al techo o al vacío.
Aunque no fue uno de los imputados, casi un año y medio después fue destituido. “La dirección me llamaba al despacho y me recordaba que yo era parte de la cúpula del hospital, que no podía bajar cada día a las protestas”, justifica. Insausti se planteó dimitir. “Pero Montes me convenció de que no, de que, si querían, que me despidieran ellos, y que se desgastaran”, explica. Ahora es “un adjunto más”.

Francisco Gimeno era el jefe de Urología. Ahora ejerce “desterrado”, remarca con ironía rabiosa, en el hospital de Móstoles. “Me han hecho rejuvenecer 25 años, vuelvo a ser un adjunto”. Gimeno fue otra de las víctimas de la persecución. Por su resistencia. Como en el caso de Insausti, su nombre tampoco apareció en la denuncia, pero participó en cada una de las concentraciones y actos de protesta que los trabajadores del Severo Ochoa llevaron a cabo a diario para apoyar la labor del médico destituido y de su equipo.

“Tal vez, si me hubiera callado, no hubiera ocurrido la crisis de Lamela”. Esta vez la voz de Gimeno baja unos tonos. “No, eso no es así”, le replica Insausti cabreado. “Vamos, Joaquín, tú me conoces, yo me he hecho esta reflexión muchas veces”, protesta Gimeno. Se siente culpable. Entonces explica que la misma denuncia anónima que desencadenó la destitución de Montes y el posterior escándalo mediático y político ya se presentó tres años antes, en 2002. Entonces él era el director médico del centro.
“La primera vez me dieron el tiempo suficiente para hacer un estudio de consumos, con los fármacos que se nos suministraban. Hice un informe, al gerente le pareció bien y ahí se acabó la primera tanda de anónimos y sus consecuencias”, recuerda.

Pero sólo era eso, el primer asalto. Poco antes del verano de 2003, la Comisión de Mortalidad, que “estudia todas las muertes que se producen en el hospital”, dijo que “algo no funcionaba en Urgencias”. Esto llevó a Gimeno a enfrentarse a sus superiores. “Un viernes me llamó el gerente y me dijo: ‘Esto es muy grave, vamos a cesar fulminantemente al doctor Montes’. No me habían dicho antes nada, sólo me lo comunicaron en ese momento. Entonces yo les dije que sin una evaluación externa del tema dimitiría”, relata. El gerente accedió a que Gimeno solicitase una evaluación a la Consejería. Pero su actitud le costó el cargo. En octubre de 2003, dejó de ser el director médico y pasó a ocuparse del servicio de Urología. A pesar de que la inspección finalizó con “excelentes resultados”.

Posteriormente, en marzo de 2005, aquella denuncia anónima que ya costó un disgusto a Gimeno en 2002, reapareció. Lo que pasó a continuación saltó a las primeras páginas de los periódicos. El consejero Lamela hizo caso omiso de aquel informe de la Consejería y nombró a un grupo de expertos que determinaron que en las Urgencias del Severo Ochoa se cocía algo gordo: se mataba a los pacientes terminales suministrándoles, según se llegó a decir en aquellos días, cantidades exageradas de sedantes.

Gimeno, el único de los antiguos compañeros que decide tomar una cerveza esa tarde, demuestra que no tiene pelos en la lengua. Dice que es porque ya lo ha perdido todo. “Cuando acabó, como premio, me destituyeron”, y muestra una sonrisa, como diciendo que volvería a hacer lo mismo. “Porque yo tengo una ética y a mí no me cesan a un jefe de servicio sin que me lo justifiquen”, se enerva.

Pese a todo, los médicos agradecen a los pacientes su apoyo, y denuncian que ni los partidos de izquierda, ni la entonces ministra de Sanidad Elena Salgado, ni las direcciones de los sindicatos se volcaron en ayudarles. “Aunque los sindicalistas de dentro se portaron de puta madre”, dice Gimeno. Cuando la conversación llega a este punto, Montes ya se ha marchado. Tiene prisa por llegar a casa. Lleva días en que de su teléfono sale casi tanto humo como de su cigarrillo. Cuando se marcha, arrastra los pies.

Ya no les escucha, pero sus compañeros se dehacen a elogios. “Lo frieron, Lo que no entiendo es cómo no se tiró por la ventana”, comenta López Varas. Así de duro, pero así de real. Momentos antes, el doctor Gimeno bromeaba sobre lo oportuno que hubiera sido sedarse todos a la vez. “Hay momentos que te planteas cosas tan radicales como éstas”, asegura. El miedo llevó a la tía republicana exiliada en Francia de Gimeno y a la de Bernardo, en Suiza, a ofrecerles asilo.

Insausti asegura que el apoyo real vino de los pacientes, cuando entraban en la consulta y le preguntaban “Doctor, cómo está? ¿Ánimo!”. López Varas va más allá. Recuerda que a Urgencias llegaban pacientes asegurando que alguien les había llamado para que denunciaran. “Incluso decían que les habían prometido que se iban a forrar. Pero ellos nos daban ánimos y decían que no iban a denunciar nada”, explica. “Eso fue obra de la Consejería”, acusa Gimeno. “Todo lo han hecho para acabar con una gente que no era de su agrado, por su nivel de compromiso con la Sanidad Pública”, explica Insausti. Y según coinciden los cinco compañeros, así fue.
Destituyeron a Montes, a Insausti, a Gimeno... Y López Varas y Bernardo decidieron dar otro rumbo a sus vidas, después de soportar más de un año de continuos desprecios a su trabajo.

“El nuevo jefe de emergencias (Teodoro Grau Carmona) nos puso a clasificar datos de un ordenador. Y nos obligaba a subir a planta, hubiera camas o no, a cualquier paciente que llegara con riesgo de muerte. Claro que disminuyó la mortalidad en Urgencias, porque se morían en planta o en el ascensor”, denuncia López Varas.

“Cuando empecé en el Severo, en el año 2000, como residente, me empecé a empapar de una forma de trabajar, de dar servicio al usuario, de mimar a la sanidad pública, era un buen sitio para especializarse en medicina de familia”, explica Bernardo.

La casualidad ha querido que Bernardo vuelva al Severo Ochoa. Estará tres meses en la unidad de dolor del centro, trabajando codo con codo con Insausti. Bernardo ve clara la diferencia entre las Urgencias en las que él trabajó y el servicio actual, que desde hace poco más de una semana dirige el doctor Pascual, un médico “que llevaba un año” trabajando en el servicio y que antes había estado en las Urgencias del hospital de El Escorial.

Un mes después de que se destapara el caso Lamela, en marzo de 2005, se hicieron públicos los resultados de las pruebas que Bernardo había hecho para volver a realizar el MIR. No se lo pensó. Su implicación directa en el caso le llevó a pedir como destino para especializarse como anestesista un hospital de fuera de la Comunidad de Madrid, donde vive.
Pese al mal sufrido, no dejan de contar maravillas de la época que vivieron con Montes como jefe de Urgencias. Recuerdan lo bien que gestionaban el tiempo, que no paraban, que trabajaban muchísimo, pero que lo hacían tan a gusto, tan seguros de estar haciendo la labor correcta, que muchos días, cuando acababan la guardia, sobre las seis y media de la mañana, se quedaban charlando en el hospital, para desestresarse e irse a dormir tranquilos a casa.

El hospital entero reconocía la labor de Urgencias, porque agilizaban el trabajo, coinciden los cinco. A Insausti, recordar aquellos días le pone triste, se le nota en la cara, cuandola baja hacia la mesa: “Hemos perdido nuestra vida, nuestro trabajo, y no pasa nada, nadie hace nada. Han acabado con un sitio en el que se llevaba 20 años trabajando muy, muy a gusto. Yo no estoy contento”.

Y no parece que las cosas vayan a cambiar. Ni siquiera el fallo de la Audiencia Provincial de Madrid, que reconoce que los médicos no actuaron mal, pondrá las cosas en su sitio. Así pues, la promesa del PP de restituirles en sus puestos si resultaban inocentes ha caído en saco roto. Por el momento. Gimeno muestra su cara más chulesca, visiblemente dolido: “Yo hasta que no vuelva por la puerta grande al Severo Ochoa, no hay justicia para Fernando Gimeno”. Todos coinciden en que el Severo Ochoa no volverá a ser lo que fue porque “el daño ya está hecho”.

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