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Un empeño personal de Guardiola

El Barça reafirma su hegemonía en un torneo por el que parecía haber perdido interés en los últimos años

LADISLAO JAVIER MOÑINO

Esta vez, la Copa no ha significado para el Barça un torneo menor destinado a ocultar fracasos en otras competiciones, como sucedía durante el nuñismo. Esta vez, la Copa ha sido un empeño personal de Guardiola, secundado en primer lugar por los jugadores, a los que les dio la oportunidad de demostrar en este torneo que este Barça es algo más que once jugadores.

Esta Copa, además de ser la vía de escape de los Pinto, Sylvynho, Hleb, Gudjonsen y Bojan, también supone la reafirmación del Barça como el rey de Copas. El calificativo ya se lo arrebató al Athletic en 1997, cuando le superó con el 24º título bajo la dirección de Van Gaal. Con 25 conquistas, el Barça se distancia en dos.

En algunas de las últimas ediciones, existía la sensación de que Barça y Madrid tiraban la Copa por definición. En el caso del Madrid, se ha convertido en una obsesión y en una frustración para jugadores como Casillas, Salgado o Rául, que no la han ganado nunca.

No ha sido esta una conquista fácil para el Barça. Salvo el Benidorm en la primera ronda, el bombo le deparó al equipo de Guardiola eliminatorias trampa y muy competidas. La primera fue el Atlético. El partido de ida en el Calderón (1-3) avanzó la sensación de que Aguirre, todavía por entonces entrenador del Atlético, decidió rendirse sin competir, anunció que dejaba a su mejor jugador, el Kun, en el banco "por descanso". La cita dejó para el recuerdo el hat-trick de Messi, que firmó un penalti y dos goles de museo. El primero, tras un excepcional taconazo de Alves. La segunda obra, un juego de cintura más un amago que dejaron a Coupet en posición de yoga y a la grada con los pañuelos al aire.

El emparejamiento con el Espanyol en cuartos de final le exigió otro esfuerzo extra por la rivalidad y los peleones partidos que le planteó Pochettino. En marzo, cuando se dio el mayor flaqueo del Barça, miembros del cuerpo técnico se acordaron de la gasolina gastada en el torneo copero.

Por eso, Guardiola y sus ayudantes no ocultaron su satisfacción cuando el colegiado señaló el final del encuentro de vuelta de semifinales en Mallorca. Consideraban que el esfuerzo había sido tremendo para haber caído en semifinales.

El propio Guardiola reconoció el sábado que "la vuelta de Mallorca sirvió para demostrar al equipo que podía salir adelante" de ese bache que empezaba a generar algunas dudas. No futbolísticas, pero sí sobre si el equipo podía estar ya pasado de vueltas por exigirse tanto en las tres competiciones.

El triunfo en la final ha supuesto un nuevo despeje a las dudas que este equipo, pese a su indiscutible y contundente hegemonía sobre la temporada, aún despierta antes de cada partido. Es increíble cómo este Barcelona imperial no se libra de vivir cada uno de sus partidos como un examen final. Nadie discute la belleza de su fútbol, pero siempre hay quien le encuentra un matiz vulnerable en las vísperas de los encuentros. También ocurrió ayer frente al Athletic, equipo que pasó en unas horas de víctima propicia a parecer favorito.

Sin embargo, la furia, la tradición y el empuje desesperado de unos hinchas ansiosos de alegrías olvidadas no pudieron tampoco con el paso firme del Barça. Ya tiene un título. Dos, si se suma la Liga, su mejor Liga, que la tiene ganada y candada, pero que no acaba nunca. Queda la Liga de Campeones para el triplete, el galardón imposible. El Barça sigue intratable, pero ya habrá quien le descubra matices de fragilidad en vísperas de medirse al Manchester. Con este Barça, las dudas surgen el día antes, nunca el día después.

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