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"Gallardón y el rey nunca sobrevivirían en el extrarradio"

J. LOSA

'Un excepcional artista de la palabra', con estas palabras el maestro del relato Estebán Padrós de Palacios se refería a la obra del escritor y columnista de Público David Torres. En su último trabajo, Dos toneladas de pasado, Torres recopila algunos de sus mejores relatos y se prueba en la media distancia literaria con la novela corta El último concierto de Toño Balandros, una historia plagada de humor en la que un cantante feo y homosexual intenta el milagro de la resurrección entre músicos frustrados, empresarios compasivos y narcos colombianos.

En este libro te atreves por primera vez con la novela corta en El último concierto de Toño Balandros. ¿Por qué cree que se practica tan poco en nuestro país?
No hay mercado para ello. Ni los editores, ni el público le prestan la atención que merece. En cambio, en países como Inglaterra es un género muy popular, desde Henry James a Conrad se han escrito cantidad de obras maestras en esta media distancia literaria.

Hay un nexo común en estos relatos, muchos de sus personajes comparten cierta obsesión por el arte, lo idealizan y viven por y para él.
No lo había pensado, pero evidentemente el arte es una especie de locura y no digamos ya la literatura, el arte es como esa frase del boxeo que dice: por uno que llega y triunfa hay mil que se quedan por el camino o aquella otra: cada día llega un tipo nuevo al gimnasio. Resulta inevitable preguntarse qué significa triunfar porque la cantidad de esfuerzo y trabajo que conlleva la escritura no se recompensa con nada y es una tarea de locos. Hay una frase de Henry James que me gusta mucho y que dice: vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, lo demás es la locura del arte. En esa línea, los personajes con mayor profundidad son los perdedores, tanto Toño Balandros como el propio Pepe el Puñales son gente que ama su trabajo pero su trabajo no les ama a ellos, son lo que se suele llamar artistas fracasados pero es maravilloso el empeño en continuarlo.

Y que hacen de su vida una obra de arte...
Exacto, como un sacerdocio. Creo que quien se dedica a una actividad, ya sea la pintura, la música o la literatura, tiene que hacerlo con ese tipo de ímpetu, sin red, es un trabajo que se hace sin red, no vale hacerlo como un hobby, a menos que ese hobby sea llevado a un extremo como el tipo que está obsesionado con cazar mariposas. Creo que ese sentido de la posesión vertebra bastante todo el libro.

Habla del arte entendido como una obsesión, pero en su vida diaria por su labor cotidiana como columnista tiene que vivir muy anclado a la realidad...
Pero ocurre que la realidad política española es tan disparatada y tan demente que es el escritor el que tiene que echar un poco el freno. El caso de Podemos, por ejemplo; si haces una especie de profecía política en febrero afirmando que la gente del 15M iba a sacar los resultados que han obtenido y que los grandes partidos políticos iban a estar temblando a estas alturas, te dirían qué clase de estúpido o de visionario eres. Llega un momento además en el que no se sabe realmente cuál es la noticia falsa y cuál es la real, si leo en el Jueves o en el Mundo Today que le van a hacer una plaza a Margaret Thatcher en Madrid pienso que se trata de una broma. Por no hablar de nuestra alcaldesa, Ana Botella es un personaje que lo sacas en este libro y no desentona en absoluto. Cómo es posible que esta señora se vaya a un spa apenas unas horas después de una tragedia como la del Madrid Arena, te lo cuentan y piensas que es una broma. Y si no tienes suficiente las ramas de los árboles van y se caen. Los madrileños estamos acostumbrados pero desde fuera se tiene que ver como si esto fuera Macondo...

Tiene cierta debilidad por los bajos fondos, sus personajes más conseguidos proceden de un mundo marginal.
Es que soy de Simancas, San Blas, el lumpen me es muy cercano, yo de lo que no sé hablar es del Palacio de la Zarzuela y de la gente encorbatada, ahí me encuentro fuera de mi elemento. Siempre me ha interesado mucho más un vagabundo que un triunfador porque probablemente el vagabundo tenga un triunfador en su pasado. A mí, por ejemplo, Mario Conde es un personaje que me parece mucho más interesante ahora que cuando estaba en la cresta de la ola. A eso se refería Oscar Wilde cuando decía: ver el otro lado del jardín, hay algo completamente irreal en esa gente que vive en un palacio de rosas.

Una historia que me pareció definitiva y definitoria la protagonizó Gallardón un día que tuvo que inaugurar una estación de metro. Sucedió que a la hora de pasar por el torno no sabía por dónde se metía el billete, no tenía ni la menor idea de cómo funcionaba un torno, cosa que para nosotros que estamos acostumbrados a viajar en metro es algo cotidiano. Imagínate al rey o a Gallardón en el extrarradio, serían incapaces de sobrevivir.

Muchos de los textos que se incluyen en Dos toneladas de pasado son encargos o han sido premiados en concursos con un tema prefijado. ¿Qué supone escribir con límites temáticos?
A mí eso siempre me ha parecido una forma de mecenazgo, el arte existe y ha existido gracias a los mecenas y estos suelen ser de todo tipo. Por otra parte es interesante porque es como esas historias en las que a un pintor le encargaban un retrato o a un músico le pedían improvisar a partir de una base.

¿Cuál es el secreto de un buen relato?
Se suele decir que todos los escritores lo intentan primero con la poesía y no les sale, se dedican entonces al cuento, pero fracasan de nuevo, es entonces cuando optan por la novela. No deja de ser un dicho pero algo de cierto tiene. Al final, se trata de necesitar muchas más páginas para contar una historia. El relato es un género muy difícil porque exige mucha tensión y no puede sobrar ninguna frase.

Creo que lo fundamental en un relato es que la situación prime sobre el personaje, algo que a mí no me suele ir ya que mis personajes a menudo tienen demasiada potencia. No existe ninguna ley, la literatura no es una ciencia, la única clave que me gusta del relato es aquella me parece que decía Horacio Quiroga y que Cortázar recogió en una especie de decálogo sobre este cuentista uruguayo: escribe solo como si te importara el destino de tus pequeños personajes de los que cuales pudiste ser uno. Creo que ese es el mejor consejo que he leído nunca sobre el arte de escribir cuentos.

¿Qué cuentistas recomienda?
Aparte de los maestros como Borges, Cortázar, Cheever u Onetti, en España hay ciertos escritores que me parecen fundamentales como Felix J. Palma, Jon Bilbao o Diego Prado. Otro gran desconocido es Esteban Padrós de Palacios, que tiene cuentos que podrían codearse perfectamente con fábulas de Italo Calvino.

Es triste pero en España existe un gran perjuicio contra el relato por parte del público y de los editores. Me parece muy curioso cómo la gente no entiende que un libro de relatos es como un disco de 7 u 8 canciones, que es lo que realmente la gente compra masivamente y no anda por ahí escuchando sinfonías.

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