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Por qué ha ganado Obama

Por su victoria en la mayoría de ‘Estados bisagra'; por la eficacia de su maquinaria electoral, por el voto de mujeres, hispanos, negros y ‘minorías sociales'; por el despegue económico y la creación de e

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Vaya por delante que, al día siguiente de una de las elecciones más reñidas de la historia, y con solo que se hubiese producido una ligera variación en un puñado de Estados clave, el título de este artículo habría sido Por qué ha ganado Romney, y que el largo análisis que se disponen a leer habría llegado a conclusiones opuestas. Porque ha sido una lucha muy cerrada, más allá de lo que refleja el número de votos electorales de cada candidato. De hecho, al igual que ocurrió el año 2000, y según los datos conocidos a primera hora de la mañana en España, la impresión predominante —luego desmentida por los datos del escrutinio— era que Mitt Romney, aun perdiendo, superaría en votos populares a Obama. Ya ocurrió el año 2000, cuando Al Gore superó en 544.000 sufragios a George Bush hijo, en una pugna que, en última instancia, decantó el Tribunal Supremo a favor de este último.

Durante unas horas, este posible borrón planeó sobre el triunfo de Obama. Mejor que, al final, no ocurriese así. Siempre será mejor que el presidente sea el candidato que ha logrado el apoyo de la mayoría de los votantes, pero el caso contrario no le habría restado legitimidad, desde la perspectiva norteamericana, más allá de interpretarse como una advertencia que debería tenerse en cuenta en la acción de gobierno. De hecho, y después de que Gore hiciese de tripas corazón hace 12 años y reconociese la victoria de su rival republicano, el país pasó página y, a pesar de su nefasta gestión, de la que en esta campaña se ha avergonzado su propio partido, nadie se atrevió a negar a Bush el derecho a adoptar decisiones de la trascendencia de emprender las guerras de Irak y Afganistán.

Lo mismo habría ocurrido ahora si Obama hubiese quedado por detrás en el voto popular. Como las reglas del juego son las mismas para todos, y han funcionado sin grandes perturbaciones durante más de dos siglos, no se plantea siquiera la necesidad de alterarlo en un país joven pero muy apegado a ciertas tradiciones. El sistema consiste en que el presidente se elige por un colegio de compromisarios que, en cada Estado (con dos excepciones poco relevantes), se decanta en bloque por el candidato ganador. Es decir, que lo mismo vale la victoria por un solo voto en un Estado que la que se produce por un millón en otro. Entre las distorsiones que esto produce figura también la irrelevancia práctica de las candidaturas alternativas. El caso más escandaloso ocurrió en 1992, cuando los 20 millones de votos (casi el 19%) no le reportaron a Ross Perot ningún sufragio electoral, y no pudo influir en la elección del presidente.

Más allá de esta cuestión técnica, la victoria de Obama, por un margen inferior al de 2008, se ha producido en buena medida por la mayor eficacia de su maquinaria electoral, engrasada con mimo durante cuatro años, sobre todo en los Estados clave (casi todos los cuales han caído de su lado), y que ha sido muy eficaz a la hora de lograr la inscripción previa necesaria para poder emitir el sufragio, y para que éste se hiciese efectivo ayer. Ahí se ha marcado una clara diferencia, más allá del dinero invertido durante la campaña, que ha sido muy similar en los dos campos: unos 1.000 millones de dólares. Con eso, la candidatura del presidente ha compensado la teórica mayor fidelidad de los votantes republicanos.

El vivero de Romney era la mayoría blanca del país, un segmento en flanco retroceso que, si en 1992 proporcionaba el 87% de los votantes, ha descendido desde entonces hasta el 70%. Un proceso contrario al de la primera minoría del país, la hispana, que con 50,5 millones de personas, supone ya el 16% de la población total de Estados Unidos y que, según los sondeos, iba a apoyar a Obama en un 74% y podía resultar clave en Estados como Colorado, Nevada y, sobre todo Florida, donde el apoyo de los puertorriqueños compensaba en parte el mayoritario respaldo de los cubanos a su rival y donde, finalmente, el resultado se decantó del lado de Obama. La inmigración ha jugado con gran probabilidad un papel clave. Aunque la política de Obama ha sido confusa, contradictoria e incluso errática, la impresión final que, en términos estadísticos, ha dejado sobre los hispanos, para quienes constituye una prioridad, es que con Romney las cosas irían mucho peor y se profundizaría en la línea que ejemplifica la represiva ley de Arizona.

Respecto a la minoría negra, la segunda del país con un 12,6% de la población, estaba claro que se decantaría en masa por Obama, pese a que éste, obsesionado en que su presidencia no quedase marcada por el componente étnico, ha defraudado la mayoría de sus expectativas. Los sondeos atribuían un raquítico 2% de la intención de voto a Romney. En cuanto a las minorías sociales, algunas de ellas muy activas, como la de los homosexuales, todo apuntaba igualmente a que apostarían en masa por el actual inquilino de la Casa Blanca. Entre la población femenina, por fin, los últimos sondeos antes del día D apuntaban a una diferencia a favor de Obama de más de 10 puntos, lo que parece signidicar, entre otras cosas, a que la libertad para decidir ha pesado más que la defensa del derecho a la vida en el controvertido tema del aborto.

La elección, como siempre, se jugaba, sobre todo, en el campo de la economía, el supuesto punto fuerte de Romney, que exhibía su currículo en el sector privado (trufado de desmantelamiento de compañías, despidos masivos y deslocalizaciones) como muestra de su capacidad de gestor y emprendedor, partidario de la libre competencia consustancial con el sueño americano. Se presentaba, en definitiva, como el candidato idóneo al puesto de consejero delegado de la mayor empresa del mundo y, en más que discutible consecuencia, como adalid de las recetas de recortes sociales y de disminución del gasto público que ha convertido en arte la canciller alemana, Angela Merkel, y que tiene al borde de la asfixia a varios países europeos, entre ellos España.

La defensa de Romney de un Gobierno pequeño y de una política fiscal que recorte los programas de ayuda a los más desfavorecidos aumentando los impuestos a la clase media, sin tocar o incluso disminuyendo los de los más ricos, le ha enajenado muchos votos. Incluso en una sociedad tan desigual como la norteamericana, hay cosas que no se pueden defender, y él lo ha aprendido en carne propia. El error de calificar de chupópteros que chupan de la teta de Mamá Estado a la mitad de sus compatriotas le ha pasado factura.

chupópteros

La cruzada ultraliberal de Romney contra la reforma sanitaria, tal vez el logro más significativo y que pasará a la historia del mandato de Obama, ha contribuido a perfilar la imagen de éste como un presidente que se preocupa por los más débiles. Justo lo contrario que lo ocurrido al aspirante republicano, que ha apostado por lograr las donaciones millonarias de las grandes compañías aseguradoras, médicas y farmacéuticas, y que incluso ha ganado el respaldo de millones de ciudadanos que opinan que el Estado no debería meterse en sus asuntos ni ayudar a quien es incapaz de luchar por ayudarse a sí mismo pero que, al mismo tiempo, se ha retratado como un líder insolidario y defensor de sus intereses de clase.

Su defensa a ultranza de las medidas para lograr la reducción del déficit, en contraste con los estímulos al crecimiento de su adversario, ha chocado frontalmente con los datos: la economía crece a un ritmo del 2%, más que notable en estos tiempos de crisis, y la tasa de paro, aunque aún muy alta para el criterio de EE UU, se ha reducido en cuatro años del 10% al 7,9%, en tanto que la confianza de la población en que se saldrá del bache se refleja en el aumento de los demandantes de empleo. Y eso que ha tenido que luchar contra la sistemática obstrucción de una Cámara de Representantes dominada por los republicanos.

La clave de la contienda ha sido la lucha por el centro. En Estados Unidos no hay izquierda. Solo derecha extrema, derecha y centro. La denuncia subliminal de que Obama, que ni siquiera ha podido cerrar la cárcel de la vergüenza de Guantánamo, es un peligroso e inquietante negro musulmán, socialista y radical es tan absurda, tan desmentida por los hechos, que su utilización solapada por el bando de Romney puede que le haya hecho más mal que bien. Los votos que basculan suelen estar en el centro. El candidato republicano ha luchado como un titán por hacerse con una buena porción de ellos, pero ha fracasado. En parte porque pertenecían por su propia naturaleza a Obama pero, sobre todo, porque la conversión del aspirante republicano, su caída del caballo en el camino de Damasco, se produjo demasiado tarde, tras haber cortejado a los reaccionarios del Tea Party para conseguir la nominación. No resultó creíble y se vio como parte de una estrategia electoral. Esa transmutación, que se hizo muy visible en el primer debate televisado, convenció a muchos votantes, pero no a los suficientes. Y, sobre todo, el impulso que con ello experimentó, que tuvo en octubre su época más gloriosa, se difuminó en el momento más decisivo, en la recta final de la campaña.

Obama ha sufrido el clásico desgaste del poder, lo que explica que su resultado ha sido muy inferior al de 2008 pero, al mismo tiempo, ha jugado a su favor lo que se podría bautizar como el factor presidencial. El comandante en jefe, el máximo ejecutivo, siempre tiene el plus del poder, aunque éste este mediatizado por un Congreso dividido en el cuya Cámara de Representantes conservan los republicanos una sólida mayoría. Puede que haya sido peor candidato que Romney, que se haya mostrado más distante y hierático, pero esa falta de proximidad podría entenderse como algo consustancial al papel de quien los norteamericanos suelen calificar como el líder del mundo libre.

En ese terreno, ha ganado algunos puntos en los últimos días clave con su gestión de la lucha por paliar las consecuencias del huracán Sandy, un desastre que puede que haya tenido cierta influencia sobre el resultado de la elección y que ha reportado dos apoyos insospechados a Obama: el del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, procedente del bando republicano y que ha pedido el voto para él por su apoyo (más en las intenciones que en los hechos) al combate contra el cambio climático; y el más relativo del gobernador de New Jersey, feroz crítico del presidente, pero que ha reconocido de forma pública su esfuerzo tras el desastre.

Este perfil de jefe de Estado ha sido muy notable en la política exterior, que no suele tener una influencia notable en el resultado, pero que sí podría haber sumado un puñado de votos vital en una contienda tan ajustada. Como presidente, más que como incomprensible y decepcionante premio Nobel de la Paz, se ha apuntado tantos importantes (algunos de ellos polémicos y hasta condenables), como la muerte de Bin Laden, la baja intensidad traducida en la disminución de bajas propias que supone la utilización de aviones sin piloto (auténticos asesinatos a distancia), el desenganche de dos guerras en Irak y Afganistán, el respaldo a la ‘primavera árabe' y a la operación para derribar a Gaddafi, el tratado con Rusia para reducir los arsenales nucleares y la forja de una aceptable relación con China, el gran rival económico y estratégico. No puede presumir de haber avanzado hacia la solución del conflicto judeo-palestino (más bien lo contrario) ni de haber liquidado el programa nuclear iraní, pero sí de haber contenido a Israel, cuyo primer ministro, Benjamín Netanyahu, no ceja en sus amenazas de atacar las instalaciones atómicas de la república de los ayatolás. En ese terreno, Obama se ha enajenado el voto judío, inclinado de forma abrumadora hacia Romney (cuyo principal apoyo económico ha sido Míster Eurovegas, Sheldon Adelson) pero, al mismo tiempo, ha fortalecido su imagen de líder prudente y responsable.

En última instancia, los votantes norteamericanos, no inmunes al virus del desencanto, aunque no tan escépticos como los europeos, han tenido que elegir, cada cual según su tendencia, y a veces tapándose la nariz, entre lo malo y lo peor. O entre lo malo conocido y lo que sea por conocer. Y, por la mínima, han apostado por la continuidad, por dar una segunda oportunidad a Obama. Ahora está en el alero de éste, sin las cortapisas de poder optar a otro mandato, hacer realidad la promesa de cambio con la que encandiló en 2008 al mundo y a la mayoría de sus compatriotas.

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