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La guerrilla colombiana resiste en lo profundo de la selva

Reuters

Un grupo de soldados camina tranquilo y sin preocupaciones por las calles de estepueblo del sureste de Colombia, que durante años fue considerado como un santuario inexpugnable de la mayorguerrilla izquierdista que gobernaba e imponía la autoridad.

Los habitantes de Uribe cumplen sus rutinas normalmente, mientras que tanques blindados protegen la carreta deacceso a la población y helicópteros Blackhawk de fabricación estadounidense sobrevuelan la zona transportandotropas.

Este pueblo del departamento del Meta, con 2.500 habitantes, es un símbolo de lo que sucede en otros lugares deeste país de más de 44 millones de habitantes, en donde las Fuerzas Militares obligaron a las FARC a replegarse azonas montañosas y selváticas, regiones en las que aún son fuertes.

Hace una década la presencia del Ejército en Uribe era escasa y los militares no podían patrullar dentro delpueblo por el riesgo de ser atacados con bombas o por franco tiradores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias deColombia (FARC).

En agosto de 1998 un número indeterminado de rebeldes atacó la base del Ejército ubicada en las afueras delpueblo con un saldo de 20 militares muertos y 8 más secuestrados.

La policía nunca tuvo presencia en la población que desde finales de 1998 quedó bajo control absoluto de laguerrilla debido a que se encontraba dentro de una región de 42.000 kilómetros cuadrados, dos veces el tamaño deEl Salvador, que el entonces presidente Andrés Pastrana les entregó a las FARC como parte de una negociación depaz que fracasó en 2002.

Guerrilleros armados y con uniformes camuflados patrullaban las calles de Uribe y de otros pueblos de la zona,mientras que algunos de sus comandantes se paseaban en lujosos vehículos cuatro por cuatro por las carreteras sinningún temor.

"Ellos eran los que dominaban", dice Gladys García, una comerciante que reside en Uribe desde hace más de 10años.

RECUPERACIÓN LENTA

Pero después de que el presidente Álvaro Uribe asumió la presidencia en agosto de 2002 con la promesa dederrotar militarmente a las FARC, ordenó a las Fuerzas Militares recuperar zonas que por años dominaron losrebeldes, un proceso que fue lento y violento, como sucedió en este pueblo dedicado a la agricultura y a laganadería.

"Demasiados combates, a diario habían combates, combates dentro del pueblo, alrededor del pueblo", recuerdaGarcía de pie frente a la iglesia pintada de amarillo, blanco y rojo.

El Ejército sostiene que la guerrilla fue obligada a internarse en la selva donde se mueve permanentemente paraevitar la persecución y la ofensiva militar, después de que perdió el poder de concentrar y mover grandes cantidadesde combatientes para ataques demoledores como los que ejecutaron a finales de los años de 1990.

"Han tenido que sustraerse a la profundidad de la selva y estar moviéndose todo el tiempo para evitar la acción delas tropas que cada vez están llegando con mayor sostenibilidad a las áreas que ellos consideraban comosantuarios", dice el coronel César Morales, jefe de operaciones de la Brigada Móvil Dos.

Pese a la muerte de importantes comandantes como Raúl Reyes, Iván Ríos, Tomás Medina, Martín Caballero yJota Jota, a lo que se suma la deserción de miles de sus combatientes, las FARC se niegan a desaparecer y aunqueestán en lo profundo de la jungla, mantienen su capacidad para frenar el avance de las tropas con minas yfrancotiradores.

Entre mayo y junio los esporádicos enfrentamientos con la guerrilla, que evita los combates, dejaron 23 rebeldesy tres soldados muertos, mientras que 18 militares resultaron heridos por explosiones de minas, una media de unapor semana.

/Por Luis Jaime Acosta/.*.

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