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"Habría firmado lo que fuera para salir de allí"

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“Habría firmado cualquier cosa. Sólo quería salir de aquella prisión”. Patricia Rangel –ojos vívidos y voz frágil– habla con timidez. Lentamente. Pero con rabia contenida. Después de 80 horas de hacinamiento, de más de un día sin comer, de insultos y maltratos psicológicos, Patricia firmó la carta de “Denegación de entrada a la frontera”. En este documento, al que ha tenido acceso Público, Patricia Rangel reconocía con su firma que su repatriación era justa. Una cruz en la opción E: 'Carece de documentación adecuada que justifique el motivo y condiciones relativas a su estancia”.“Ni siquiera aceptaron mis documentos. No me sentía un ser humano. Empecé a entender por qué las personas se suicidan. Sólo quería firmar”, asegura esta licenciada en Relaciones Internacionales, con ojos vidriosos.

Pedro Luiz Lima, el sociólogo de 25 años que fue repatriado junto a Patricia, también firmó. “El maltrato psicológico es mayor que el físico. Me sentía preso y sin explicaciones. ¿Cómo no voy a firmar si ni se habían dignado a aceptar mi documentación?”, afirma con desencanto Pedro Luiz. Ambos viajaban a España tras dar unas simples conferencias en Lisboa. Habían decidido pasar por España antes de la vuelta pero setruncó el viaje. El embajador español en Brasil, Ricardo Peydró negó esos extremos en el Senado brasileño, donde tuvo que comparecer por la denunciade Pedro Luiz.

Cerdo sin nicotina
¿Qué hace que una persona que cumple todos los requisitos firme un papel que le condena a la repatriación? “Soy vegetariana, y se rieron en mi cara, me sirvieron cerdo frío. No comí, sólo el arroz. Soy fumadora, y me prohibieron fumar. No tomé baño porque no había toallas ni calefacción”, asegura Patricia. Y nada de objetos personales. Ni rastro de la maleta. “¿Para qué voy a tomar una ducha si no tengo ropa ni toalla?”, afirma Pedro Luiz.

Ni champú ni pasta de dientes. Nada. 80 horas sin lavarse los dientes (Pedro Luiz). 80 sin tomar una ducha (Patricia). “La frialdad, los insultos, la impotencia, todo nos empujó a firmar”, asegura Patricia. Ambos –visiblemente cansados– creen que había “predeterminación para desalentarnos”. “Había musulmanes a los que se les servía cerdo con desprecio”, matiza Patricia. Y ni les ofrecieron el derecho a una llamada. “Fue desde un teléfono público, dentro. Compré tarjetas. Después llamé a cobro revertido, la cuenta va a ser gigantesca”, explica.

Los chinos, peor

El primer objeto que se les requisa es el teléfono móvil. Los agentes evitan a toda costa que pueda salir una imagen de aquel lugar. Pedro Luiz y Patricia lamentan que sólo “habiéndola cagado con dos blancos de clase media que representan a una institución poderosa” hayan salido a la luz las condiciones infrahumanas del “presidio de Barajas”. “Hay muchos pobres, humillados cada día en el aeropuerto. Los chinos o árabes están más marginados todavía”, explica Patricia.

Lo que Pedro Luiz no entiende es cómo el Gobierno español “toreó” la petición del Gobierno brasileño para liberarles. “La policía española tiene una herencia franquista, una prepotencia, una incultura, una xenofobia… Ni uno habla inglés. Ves que la ultraderecha en España tiene peso”, opina Pedro. Pedro y Patricia no ocultan sus ideas izquierdistas, lo que junto al sufrimiento vivido les hace caer en el prejuicio.

Más denuncias

Los casos de Pedro Luiz y Patricia no son aislados. Janaina Agostinho, una joven brasileña de 27 años podría pasar en una sala de inadmitidos siete días. El pasado lunes aterrizó en Madrid con la esperanza de encontrarse con su novio. Pero se topó con la policía española. Llevaba 500 euros en el bolsillo, sus reservas de hotel y un billete de vuelta. Sin embargo, los agentes de extranjería consideraron sus pruebas insuficientes y ordenaron su repatriación. Los policías le han comunicado que le han encontrado un vuelo de vuelta para el próximo domingo, así que pasará siete días completos encerrada en la sala de inadmitidos. La ley dice que el periodo máximo de estancia en esa sala es de 72 horas.