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"Si hay trabajo bajará la violencia"

Las condiciones de vida no han mejorado mucho

MAR CENTENERA

La vida de Nasima dio un vuelco el 7 de julio de 2008. Su marido, que trabajaba como barrendero municipal, fue asesinado en un ataque suicida frente a la embajada india en Kabul. Pocos días después de su muerte, el Ayuntamiento le envió un sobre con parte del último sueldo de su marido, 500 afganis (10 dólares). Después, nada.

"Mi hijo mayor me ha escrito muchas cartas pidiendo ayuda al Gobierno y al Ministerio de Mártires e Incapacitados, pero aún no nos ha contestado nadie", explica mientras sirve el té en el minúsculo comedor de su nueva casa, donde tuvieron que trasladarse por no poder pagar el alquiler. "No voy a votar. El presidente piensa en su familia, no en la mía", admite resignada.

Como ocho de cada diez afganas, Nasima no sabe leer ni escribir. Tampoco ninguna de sus tres hijas. "Los niños van al colegio, pero mis hijas no pueden, yo estoy enferma y son ellas las que tienen que llevar la casa", se justifica. La mayor, con ocho años, se encarga de cocinar para toda la familia. Su hermano, el nuevo cabeza de familia, dejó de estudiar para poder mantenerles.

Los fondos multimillonarios de la comunidad internacional destinados al desarrollo de Afganistán no han llegado a la mayoría de los habitantes del país más pobre de Asia. "Gran parte del dinero entregado por los gobiernos extranjeros es inefectivo, descontrolado e inútil", denuncia el director de Oxfam en Afganistán, Grace Ommer.

Según un informe de esta ONG, la mitad de la ayuda internacional "está condicionada a la compra de bienes y servicios de los países donantes y "más del 40% de los fondos vuelven a los países de origen a través de los beneficios de sus empresas presentes en el país". Por eso, Ommer dice que el próximo gobierno necesita plantearse "una gran reforma sobre las prioridades y la efectividad de la ayuda".

La llegada de la electricidad a la llamada montaña de la televisión en Kabul hace unos tres años revolucionó la vida de las decenas de familias que habitan en sus polvorientas laderas. Las calles cobraron vida después de las siete de la tarde y aparecieron los primeros televisores sin generador. Pero siguen sin agua potable y la carretera que zigzaguea a través de sus humildes casas de adobe está sin asfaltar.

Mahmud presume de tener "una de las mejores vistas de todo Kabul" desde su casa, una de las más cercanas a las antenas por las que se ha rebautizado la montaña, aunque la cambiaría en el acto por un hogar donde en invierno no pasase frío. "Cada año nos ponemos enfermos cuando empieza a nevar y no podemos ir al hospital porque no tenemos dinero", se lamenta de cuclillas sobre un muro. Mientras habla, Mahmud no pierde de vista a su único hijo, que sería el segundo si el primogénito no se hubiese muerto a los pocos días de nacer.

Afganistán es uno de los peores sitios del mundo para dar a luz. Cada 30 minutos muere una mujer durante el parto o el embarazo y el 20% de los niños fallecen antes de cumplir los cinco años, según Naciones Unidas.

"Karzai nos ha traído paz, pero necesitamos trabajo para poder sacar a nuestras familias adelante", explica Lisa, una maestra de etnia tayika, en un colegio electoral de Panjsan. De su salario como empleada de la Comisión Electoral dependen siete personas "y no es suficiente". Por eso, admite en voz baja, la corrupción es tan alta. "Si el presidente creara más puestos de trabajo la gente no aceptaría cualquier cosa porque necesita ingresos extra. Además, si los jóvenes están ocupados trabajando crearán menos problemas. Habrá menos violencia, menos talibanes".

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