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"Nunca he sido capaz de vender ni una papeleta"

La consejera de Obras Públicas andaluza, aunque ya dejó atrás la vocación atlética, imprime a su agenda política un ritmo de alta competición

ÁNGEL MUNÁRRIZ

Ese recuadro de la esquina superior derecha de la página, pese a su aspecto de liviano cuestionario veraniego, esconde más cábalas que un sudoku samurai, casi tantas como las cuentas de la financiación. ¿Un libro? "Elegir sólo uno es ser injusta con una misma", responde, indecisa, Rosa Aguilar. "Espera, que ya digo uno".

Antes de decantarse por La ciudad de los prodigios, repasa la obra de su amigo Antonio Gala, visita a Muñoz Molina, cita de pasada a los poetas del 27 y se acaba asomando a Cavafis. ¿Una canción? Otra vez la hemos liado. Sting, Springsteen, Dylan, Serrat, Llach y hasta el compositor Gustav Mahler desfilan por la respuesta antes de que se atreva a seleccionar dos temas, que no uno: Córdoba, de Vicente Amigo; y Córdoba, de Medina Azahara.

A estas alturas, el avezado lector ya intuirá cuál es la ciudad de Rosa Aguilar. Otra pista, por si acaso. ¿Un lugar? "A la otra orilla del Guadalquivir, junto a la Torre de la Calahorra, en la puesta de sol". Córdoba parece ser lo único que, en cuestión de gustos, borra de un plumazo toda indecisión.

Pero, en lo que respecta a su agenda política, quiere abarcarlo todo. "Me cuesta trabajo decir que no. Siempre soy capaz de dar otra vuelta de tuerca a la agenda para llegar a todos los sitios donde me esperan y agradecerles que cuenten conmigo", explica. Eso confirma su fama de política ubicua e hiperactiva, que arrastra a sus colaboradores con la lengua fuera. "Llegué a ir a una verbena donde me esperaban a las cinco menos cuarto de la mañana", recuerda.

Claves de su alto rendimiento. "Trabajo de noche, y con cinco horas de sueño me vale. Por la tarde, un descanso de cinco o diez minutos. Esas fracciones: cinco o diez. Y sigo". Parecen hábitos de atleta. Y en parte lo son. "En mis tiempos mozos practiqué deporte federado. Voley y natación", cuenta. Está convencida de que si hoy fuera aquella joven atleta, sería profesional. "Pero aquellos eran otros tiempos. Me quiso fichar un equipo, y mi madre me dijo que dónde iba. Hija única, sin padre [falleció cuando ella tenía 8 años]... No pudo ser", cuenta.

No le ha ido mal en el decatlón político. Descubrió sus facultades en Las Francesas, un colegio de monjas, cantera de "cristianos comprometidos", donde despertó su "conciencia social". De ahí pasó al lanzamiento de octavillas en el PCE, que aún jugaba en la clandestinidad. "Tiraba panfletos en mi propio portal, para no ser descarada y que fuera el único donde no había". Estudiando Derecho en Sevilla, pulió su técnica con lecturas obligadas como Marta Hárnecker y Federico Engels. Aún sonríe al acordarse: "Nos sentábamos a debatir, como si lo hubiéramos entendido todo".

Luego, la democracia le permitió dar el salto a profesionales. Concejal en Córdoba, parlamentaria andaluza, diputada en el Congreso y, finalmente, alcaldesa de adivinen qué ciudad. Era, de largo, la jugadora más mediática de un equipo, Izquierda Unida, que hoy vive peligrosamente asomado al descenso. En abril, aceptó una oferta de Florentino Griñán para jugar en la Junta de Andalucía, entrenada por el PSOE. Rosa fue puesta en la picota por parte de su antigua hinchada.

Ella acepta cualquier debate. "Pero de ideas, de contenidos. Sin descalificar". ¿Qué diría Rosa Aguilar que significa ser de izquierdas? "Valores, principios, ideas, ideología. Ser de izquierdas es pensar en los demás". Afirma que ahora se ha puesto al servicio de un proyecto "con alma y corazón". Y señala: "Se puede perder una amistad por política y se pueden ganar muchas".

Aunque sus habilidades lucen como nunca en el contacto directo con la gente, asegura que lleva la timidez a cuestas. "Parecerá mentira, pero siempre tengo que hacer esfuerzos" para superarla. De hecho, dice que es nula para colocar un producto. "Nunca he sido capaz de vender nada. Me daban papeletas siendo niña para un viaje o una fiesta, y ahorraba para comprarlas yo todas, porque me daba una vergüenza horrorosa".

Le encanta el fútbol si hay buen juego. Es del Córdoba -¡sorpresa!- y del Barça. "Pero no soy antinadie", aclara. "Cuando veo a otro equipo jugar bien, lo reconozco".

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