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La industria de la mentira

Christian Salmon escribe Storytelling, un ensayo sobre la máquina de fabricar historias y formatear las mentes

P. H. R.

La imaginación para la perversión es uno de los grandes logros alcanzados por el capitalismo. Esa capacidad para el libre condicionamiento de las costumbres del consumidor y ciudadano, junto con una inigualable capacidad para reinventarse una y otra vez, ha hecho posible su último guiño a la maldad: la herramienta que se ha dado en llamar "Storytelling", y que, gracias al avance de las tecnologías del poder aplicadas al control de nuestras mentes, ha conseguido que creamos ser libres. La máquina de la propaganda se perfecciona y consigue crear los protocolos de domesticación básicos, para gestionar los relatos que movilizan la opinión pública. Quede claro: nosotros no construimos las historias.

Es posible que el resumen que hacía Henri Guaino, asesor de Nicolas Sarkozy, sobre su contribución a la campaña electoral francesa de 2007, confirmara al escritor Christian Salmon todas sus sospechas: "La política es escribir una historia compartida por aquellos que la hacen y aquellos a los que está dirigida. No se transforma un país sin ser capaz de escribir y contar una historia". La editorial Península acaba de publicar Storytelling, donde Salmon describe el empleo de este "arma de distracción masiva" desde el marketing a las relaciones laborales, pasando por la economía, la empresa, la política, la guerra y los medios de comunicación. Salmon es investigador del Centro de Estudios sobre el Lenguaje, y detectó cómo, aprovechándose de la vulnerabilidad de la audiencia, el relato bien construido es asumido sin oposición. El libro recupera citas en periódicos, revistas, anécdotas de rueda de prensa, informes de consultoras, ensayos y fuentes directas, con las que se barrunta el regreso del mundo orwelliano. Sin embargo, el autor resta dramatismo y apunta motivos para la esperanza: podemos escapar de las historias oficiales si desenfocamos la realidad que nos venden. Recoge la tesis que el director Lars von Trier publicó en el año 2000: "El desafío último es ver sin mirar".

Una de las citas más escalofriantes a las que acude Salmon para sacudirnos de nuestra inocencia y aclarar quiénes son los responsables de crear el relato de la realidad es la de la antigua directora de comunicación de George W. Bush, Karen Hughes: "Y mientras usted estudia esta realidad, juiciosamente como desea, actuamos de nuevo y creamos otras realidades nuevas, que asimismo puede usted estudiar, y así son las cosas. Somos los actores de la historia. Y a usted, a todos ustedes, solo les queda estudiar lo que hacemos", le espetó al periodista del New York Times, Ron Suskind. Y así andan, sin frenos que contrarresten sus decisiones, sus caprichos, y con mil justificaciones que hacen posible lo que deseen.

Christian Salmon dibuja un problema agravado en los EEUU desde los tiempos de Reagan, donde la Iglesia católica y sus contactos con el poder consiguió que la verdad sea reemplazada por una cuestión de fe, y no de razón. Incluso una cuestión de ficción: la cooperación Hollywood-Pentágono ha hecho posibles tramas de ataques y amenazas y el principal argumento de los ejércitos para legitimar el estado de excepción permanente, ya que no pueden encontrarlo en el derecho y la Constitución.

Uno de los mejores momentos de este libro, que muchos vivirán con la atención con la que leyeron el No logo de Naomi Klein, sucede con el desvelamiento del capitalismo de las pasiones. Es la historia del producto que se vende lo que satisface al consumidor, porque las historias permiten mentirnos a nosotros mismos. Tratan de producir una sociedad nueva, otro mundo, de promover las ventajas de una sociedad de consumo y casas llenas sólo de "cosas sentimentales". La marca ya no ofrece un logo, dispone de una experiencia para nuestros deseos.

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