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"Le ruego se dirija a este tribunal en castellano"

El escritor Sebastià Alzamora cuenta las peculiares respuestas obtenidas en su trato con una jueza, un guardia civil y un funcionario de Correos de Palma al dirigirse a ellos en lengua catalana 

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'Cuando habláis mallorquín, todos parecéis medio maricones'.

Esta frase, admirable compendio de racismo y homofobia, se la espetó un taxista –cómo no– a un amigo mío de Barcelona, que había subido a su taxi para desplazarse desde el aeropuerto hasta el centro de Palma. “Mallorquín” es la forma coloquial con la que los mallorquines nos referimos a nuestra lengua, el catalán, lo cual ha dado pie a algunos intentos, por parte de los impenitentes miembros de la carcundia local, de separar el catalán de un supuesto idioma “mallorquín”, intentos que por lo demás han resultado estúpidamente infructuosos. Es interesante añadir que, sin quererlo, el taxista insultón estaba realizando una apología de la unidad de la lengua catalana, puesto que mi amigo no le estaba hablando en presunto “mallorquín”, sino en catalán del centro de Barcelona, idiomas tan diferenciados que incluso ese cabestro los confundió. Finalmente, mi amigo es un homosexual practicante, de modo que la expresión sobre los “medio maricones” sonó, además de ofensiva y troglodita, especialmente ridícula.

Pero dejemos la historia de mi amigo, y déjenme que les explique algunas otras vividas en carne propia. En cierta ocasión tuve que testificar en un juicio: lo hice, como la ley permite, en catalán, ante lo cual la jueza tuvo a bien dirigirme la siguiente imprecación:

–Señor Alzamora, puesto que es usted español y también lo es su apellido, le ruego se dirija en español a este tribunal.

Mi apellido no es español, pero eso da igual: aunque un servidor se llamara Alonso Quijano, debería poder expresarme en catalán ante un tribunal y ante cualquier otra instancia de la administración pública de Baleares. No es así, por supuesto. En una oficina de Correos de Palma:

–Vinc a recollir una carta certificada –digo, ofreciendo al funcionario el papelito con el aviso correspondiente.

–En castellano –es la seca respuesta, mascullada con la mirada fija en el mostrador.

La equivalencia entre “vinc a recollir una carta certificada” y “vengo a recoger una carta certificada” es comprensible hasta para el más rocoso de los zopencos: no se trata de dificultad de entendimiento, sino de beligerancia. De hostilidad. Lo canta Morrissey en una de sus canciones: el desprecio es una cosa, pero el desprecio de un tonto es cruel. Diálogo mantenido con un agente de la Guardia Civil (como Baleares es una autonomía de las de segunda regional, no hay policía autonómica) en un control de carretera:

–Buenas noches, caballero.

–Bona nit.

–Oiga, no empecemos, ¿quiere?

Aquí cedí, porque los mallorquines, como los catalanes, somos sensibles al bolsillo y no era cuestión de llevarme una multa, para una vez que conducía sobrio. Hablando de sobriedad: en la barra de un bar, un hombre que está leyendo la edición de Baleares del diario El Mundo, cuyo director posee una bonita piscina en Mallorca, exclama:

–Qué barbaridad, el Govern quiere eliminar el castellano, esto es una vergüenza.

Le hago notar que, excepto él y yo, el resto de los presentes en el bar, incluida la camarera, están hablando tranquilamente en castellano, el mismo idioma en que se expresan los periódicos de la barra, la carta de bocadillos y la televisión discretamente encendida en un rincón del local. El hombre me mira asombrado y señala el diario, como si se tratara de la Biblia:

–Nada, nada. Tú dirás lo que quieras, pero aquí lo pone bien claro.

Me dirijo a la camarera:

–Oye, Pepita, ¿a ti te persiguen mucho por hablar en castellano?

–Uy, agobiada me tienen –responde sonriendo, mientras seca unos vasos.

Todo esto resulta enormemente cansado, pero así estamos. Pondremos la puntilla con otra frase fatídica que no pocas veces me he oído decir, y que tiene que ver, como diría Borges, con mi lamentable condición de escritor en lengua catalana:

–Hombre, pero ¿cómo no escribes en castellano? Tendrías muchos más lectores.

Como el interlocutor que me ofrece tan amable reflexión acostumbra a ser algún escritor en la lengua de Cervantes, ya tengo una respuesta automática:

–Tienes razón. Y, ¿sabes qué? Puestos a hacer, creo que voy a empezar a escribir en inglés. O en alemán, que aquí en Mallorca se estila mucho. Te aconsejo que hagas lo mismo. Vamos a hincharnos de lectores, amigo, vamos a comernos el mundo.

En fin. Les dejo, que voy a tomar un avión a Barcelona, donde, con unos amigos medio bujarrones, nos divertimos persiguiendo a los castellanohablantes con un garrote por las calles, vestidos como en La naranja mecánica, las noches de luna llena.

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