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Leer en minoría

EVA ORÚE

Declaración de principios: el acto de leer es para mí tan importante que tiendo a considerarlo bueno independientemente de la materia leída. Así que no me busquen en el bando de los que critican los superventas por el mero hecho de serlo.

No puede sorprendernos el resultado de este Publiscopio, que refleja lo obvio: en España (en el mundo, valdría decir) triunfan los libros hilvanados con la única voluntad de hacer pasar el rato. Se cuela alguna novela meritoria: El niño con el pijama de rayas, en lo más alto de la tabla; algún clásico inamovible: La Biblia, y El Quijote y Cien años de soledad, que son las biblias de los amantes de la literatura... y textos muy socorridos si queremos darnos pisto; alguna presencia inopinada: Los girasoles ciegos. Pero casi todo son libros que funcionan por lo que son: mecanismos de entretenimiento, con pátina cultural, de extraordinaria y rentable precisión.

Quien lee un libro, aun mediocre, demuestra una capacidad de la que carecen los que apenas se entretienen con la televisión, o prefieren alienarse en ruidotecas infernales y ya ha aprendido que hacerlo es imaginar y recordar, esforzarse y concentrarse, aislarse para salir al encuentro de un autor y sus mundos. Por eso, me gusta creer que quienes hoy se adentran en universos preñados de peligros terrestres y extraterrestres, desentrañan enigmas en varias lenguas muertas o retan a todos los cofrades del mal pueden, llegado el momento, embarcarse en la aventura definitiva: leer libros exigentes, pelearse con la verdadera literatura. Los puretas apocalípticos se ponen histéricos con la novela histórica... ¿No es histórica Memorias de Adriano? Reniegan de la romántica... ¿Qué es Madame Bovary? Desdeñan la novela negra... ¿También A sangre fría?

A estos listados hay que darles sólo la relevancia que tienen. Nos ayudan a saber lo que se cuece, sí, y en cierta medida nos retratan. Pero olvidan que junto a los tropecientos mil incondicionales de kenfollets y zafones, hay unos pocos mil que han optado por esta joya inesperada, otros tantos mil que buscan hasta encontrar ese libro que difícilmente encontrará acomodo en las mesas de novedades y las clasificaciones de ventas, y unos cuantos mil dispuestos a defender a capa y espada (manera novelesca donde las haya) la presencia en las librerías de libros de corto alcance comercial, y largo recorrido emocional y literario. Y que, sumadas, esas muchas minorías constituyen una inmensa mayoría.
Dicen, y yo lo creo, que somos lo que leemos. Pues bien: podemos llegar a ser mejores.

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