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Leyendas urbanas La chica de la curva y otras cuatro leyendas que circulan por el imaginario colectivo

Mónica Arrizabalaga publica 'España: la historia imaginada', donde trilla los mitos históricos y fantásticos para separar el grano de la paja. Conclusión: las leyendas urbanas beben de tradiciones ancestrales y revelan los miedos de la sociedad actual

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La chica de la curva o la autoestopista fantasma es una de las leyendas urbanas más universales. / YOUTUBE


Separar el grano de la paja. O, lo que viene siendo lo mismo, la realidad de la ficción. Mónica Arrizabalaga (Pamplona, 1973) llevaba años buceando en el origen de los antiguos mitos y de las leyendas contemporáneas, hasta que decidió plasmar medio centenar de fantásticas historias —aunque no todas ficticias— en el libro España: la Historia imaginada (Espasa).

En ese viaje en el tiempo, la periodista navarra ha echado la vista atrás hasta el Cid, un caballero que vencía las batallas aun estando muerto. Tras dar cuenta de aquellos héroes y hazañas de antaño (Don Pelayo, Fernán González, Bernardo del Carpio…), la autora penetra en un universo endemoniado y milagrero, donde el lector advertirá que la Coca no sólo es refresco ni fariña, aunque también haga daño.

En tiempos de fake news, la obra de Arrizabalaga refleja cómo incluso la prensa ha picado el anzuelo con —ejem— noticias tan inverosímiles como la chica de la curva o el riñón robado, si bien ella trata de rastrear el manantial del bulo hasta dar con la fuente original. Spoiler: muchas veces no existe, pues el relato aparentemente actual bebe de tradiciones ancestrales y se vale del boca oreja, con el consiguiente tuneo generacional.

Las leyendas urbanas, incrustadas en el imaginario colectivo y luego amplificadas por internet, revelan los miedos de nuestra sociedad. Así lo cree la periodista, quien a lo largo del libro va dejando pistas aportadas por otros investigadores para que el aficionado a la historia y a la superstición pueda seguir tirando del hilo, que suele conducir a antiguos mitos y fábulas puestos al día para que los más crédulos sigan muriéndose de miedo o de risa.

La autoestopista fantasma: ¡atención, que vienen curvas!

No constan denuncias sobre la chica de la curva en comisarías ni en cuarteles de la Guardia Civil. / EFE

Un conductor recoge a una chica que hace autostop. Al cabo de un rato, la joven, sentada en la parte de atrás del coche, le advierte: “Tenga cuidado con la próxima curva, porque es muy peligrosa”. Luego desaparece. Hay tantas versiones como personas que la han contado, como aquella en la que el conductor le pregunta por qué lo sabe: “Porque yo morí precisamente ahí”, responde la mujer, quien en ocasiones va vestida de blanco o, incluso, de novia.

El vespertino Catalunya Exprés llegó a hacerse eco de la noticia en los años setenta, mientras que la revista Blanco y Negro hizo lo propio poco después, aunque situando la aparición en Majadahonda. A mediados de los ochenta, la agencia Europa Press trasladó la acción al País Vasco, y hasta hoy… Algunos —entre comillas— afectados aseguraron que habían denunciado los hechos ante la Guardia Civil, pero obviamente en la Benemérita no consta atestado alguno.

La chica de la curva es una leyenda más antigua de lo que parece...

¡Y tanto! ¡Peina canas! Aunque antiguamente la joven no paraba a un automóvil, sino a un jinete, a un coche de caballos o a un carro. Hay relatos medievales semejantes, aunque en estos lo más habitual es que la misteriosa mujer que desaparece tras ese tramo difícil del camino fuera la Virgen.

También en la mitología hay ejemplos de guías, espíritus de los antepasados o fantasmas errantes que conducen a los viajeros, les advierten de peligros o les prestan su ayuda. Los expertos que han estudiado esta leyenda concluyen que se trata de una especie de hada madrina o conductor de almas, una figura que ha fascinado al hombre desde siempre.

Ladrones de órganos: ¡socorro, me han robado un riñón!

Trasplante (real) de riñón. / EFE

Un joven viaja a Nueva York con sus compañeros de instituto, conoce a una chica en un bar, se ponen hasta las trancas y ella le invita a seguir la farra en la habitación de un hotel. Horas después, el pobre infeliz se despierta en una bañera llena de cubitos de hielo, observa un costurón en su cuerpo y, cuando se mira al espejo, ve un mensaje escrito con pintalabios sobre su pecho: “Llame al 911 o morirá”. Los ladrones de riñones son tan majos que le dejan un teléfono a mano para pedir una ambulancia, mientras que el oyente de esta popular leyenda urbana reza para que el “nivel alto de inglés” que figura en su currículo no sea una bola.

Algunos incautos, desde políticos hasta periodistas, contribuyeron a la difusión de la leyenda del robo de órganos, otorgándole un supuesto crédito que, a la postre, se revelaría falso. Ningún médico asistió a víctima alguna. Tampoco hay denuncias. Y cuando un reportero argentino siguió el rastro del rumor para dar con la víctima, se dio de bruces con una realidad que estropeaba un buen titular. Al final, las fuentes —agonizantes por la sequía de datos e información relevantes— vinieron a decirle que alguien le dijo que alguien le dijo que alguien le dijo que…

Robar un riñón costaría un ídem, ¿no?

Haría falta un equipo completo de profesionales cualificados —dotados de un equipo instrumental costoso y aparatoso— y unas condiciones de trabajo que, desde luego, sería impensable improvisar en una habitación de hotel sin llamar la atención.

Para el trasplante hace falta además que el donante y el receptor sean compatibles —¿cómo saberlo con un desconocido?—, y el riñón solo aguanta fuera del cuerpo un tiempo limitado, no más de veinticuatro horas. El receptor, por su parte, también debería estar preparado, con otro equipo médico completo listo.

Si hubiera habido denuncias de robos de riñones, se habría podido seguir su pista y, sin embargo, no hay ningún caso probado. Además, puestos a robar un riñón, ¿por qué uno solo? ¿Por qué no otros órganos más? ¿Y por qué tendrían unos desaprensivos tantas consideraciones con la víctima, dejándola junto a un teléfono o con una nota...?

El bandolero, gente Corriente: un Robin Hood español

Cómic sobre el bandolero Diego Corrientes.

Era un bandolero tan macarra y desprendido que, cuando ofrecieron una jugosa recompensa por su captura, se presentó en la Real Audiencia de Sevilla para cobrar lo prometido: “Yo soy Diego Corriente. ¡Los veinte mil reales, y pronto!”, le espetó antes de esfumarse a don don Francisco de Bruna, Señor del Gran Poder.

Desprendido y dadivoso, porque solía compartir el botín con las gentes del campo, donde él también había nacido, en el seno de una familia de campesinos. Corriente —a veces mal apellidado Corrientes— pudo darse al pillaje como una forma de rebelión contra la la explotación de los latifundistas, si bien es una hipótesis.

Vecino de Utrera, este Robin Hood español sufrió la persecución implacable del susodicho Bruna, la primera autoridad de la capital andaluza a finales del siglo XVIII. Sus hazañas y fechorías fueron aplaudidos por los desharrapados a quienes ayudaba, acosados por los usureros y temerosos de perder sus escasas tierras.

El final de su historia es fácilmente predecible, aunque no tanto su motivo, que no fue precisamente el desdén con el que trató al Señor del Gran Poder. Porque antes del citado episodio, en 1780 había asaltado su carro de caballos y le había dejado bien claro que él era humilde, pero honrado: “No s’auste usía. Diego Corriente roba a los ricos, socorre a los pobres y no mata a naide”.

Robar a los ricos para dárselo a los pobres: ¡eso no tiene precio!

Pues Diego Corriente lo pagó, y muy caro. Francisco de Bruna ordenó que fuera ahorcado, su cadáver descuartizado y sus restos expuestos en los lugares donde había cometido sus fechorías, pese a que no había cometido ningún delito de sangre. Era tal la ojeriza que le tenía el oidor de la Real Audiencia, que se saltó hasta las normas que impedían ejecutar a un preso en un Viernes Santo.

Hay episodios legendarios de su vida, como el que comentabas anteriormente: ¡presentarse a cobrar su propia recompensa! Pero sí puede que fuera cierto que era un "bandido generoso", como ha pasado a la historia. Su última voluntad fue que se gastaran 37 reales en dar de comer a sus compañeros de la cárcel.

Sillón del diablo: tesis y máster, ¿un atajo hacia el saber?


Andrés de Proaza
, alumno de Anatomía en la Universidad de Valladolid, se entregó tanto a la medicina que sus vecinos comenzaron a sospechar que sus intereses iban más allá de las clases del catedrático Alfonso Rodríguez de Guevara. El rumor pregonaba que se escuchaban gemidos procedentes del sótano de su casa, que daba a un río cuyas aguas teñía de sangre durante sus presuntos rituales de magia. Cuando desapareció un niño, las autoridades entraron en su domicilio y se encontraron los restos del menor, a quien había practicado una disección en vivo.

Confesó ante el tribunal que un nigromante le había regalado un sillón frailero un tanto especial: quien se sentaba en el mismo recibía “luces sobrenaturales para la curación de enfermedades”, pero advirtió que si lo hiciese tres veces alguien que no fuese médico perecería en el acto. Tras su ejecución, la silla fue a parar a un trastero de la Universidad, donde la encontró un infeliz bedel. Huelga decir que se sentó en más ocasiones de las necesarias y palmó, la misma suerte que correría su sustituto.

Esto ocurrió en 1550, aunque casi cinco siglos después algunos políticos se aplican en sus másteres y doctorados en su afán de alcanzar el conocimiento por la vía rápida, aun a riesgo de que se les vaya su carrera en ello. 

Antes, uno vendía al diablo su alma a cambio de sabiduría. ¿Hoy se pone toda la carne en el asador curricular para medrar en política?

Uy, seguro que más de uno estaría dispuesto, si es que no lo ha hecho ya. Aunque un sillón así también sigue siendo muy codiciado entre médicos y científicos. ¿Qué responderían muchos si se les ofreciera a cambio la cura contra el cáncer o la inmortalidad?

Las meninas y la Cruz de Santiago: ¿la pintó Velázquez?

'Las meninas', de Velázquez, expuesto en el Museo del Prado.

Cuando Velázquez pintó en 1965 Las meninas, no bordó con el pincel la Cruz de Santiago en su pechera. ¿Quién la añadió posteriormente? ¿En qué momento? ¿Y qué significado encierra el crucial detalle?

En la fecha en que se retrató a sí mismo, el artista todavía no había ingresado en la orden militar, un honor que codiciaba con desmesura. Misión imposible, porque no cumplía los requisitos, aunque un favorcillo del monarca le brindaría tamaño privilegio. Aquel descendiente de una familia modesta de origen portugués, tras lograr convertirse en el aposentador de palacio, al fin podía trepar hasta la cima de la corte.

Medrar social o realmente: ¡qué cruz!

No podía ser un símbolo más claro, ¿verdad? Una cruz... Porque Velázquez vivió un calvario hasta convertirse en caballero de la Orden de Santiago. Y si lo consiguió fue gracias al rey. Tan evidente resultó su apoyo que hasta nosotros ha llegado la duda de si fue Felipe IV quien añadió la cruz a Las meninas para que su pintor de cámara pasara a la posteridad con el emblema que tanto le costó conseguir.