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Londres saca a la luz su oscuro papel en el comercio de esclavos

EFE

Londres suele presumir de un influyente centro financiero y un gran legado artístico, pero tiende a ocultar que esa riqueza emana del antiguo comercio de esclavos, una incómoda verdad histórica que un museo londinense revela ahora sin tapujos.

En un cara a cara con ciertos demonios de su pasado, Londres hace este año acto de conciencia y, con varios siglos de retraso, ha pedido perdón por su papel en el tráfico transatlántico de esclavos, uno de los capítulos más bochornosos del colonialismo europeo.

El pasado agosto, el alcalde de la capital, el laborista Ken Livingstone, no pudo contener las lágrimas al ofrecer sus "disculpas" por la participación de la ciudad en ese "crimen monstruoso".

Así, Livingstone conmemoró el bicentenario de la aprobación en el Parlamento británico de la ley que abolió el comercio de esclavos, si bien la esclavitud como tal no se prohibió hasta 1833.

En esa línea autocrítica, el Museo de los Docklands -los viejos muelles del este de la capital del Támesis- inaugura este sábado una exposición permanente titulada "Londres, azúcar y esclavitud".

Durante varios siglos, Londres se convertió en el cuarto puerto mundial dedicado a la esclavitud y lugar de paso de unos 3.100 barcos que "probablemente" transportaron a "millones" de subyugados africanos, afirmó el comisario de la muestra, Tom Wareham.

La ciudad inglesa fue un vértice fundamental del denominado "triángulo de comercio": los buques europeos llevaban armas, alcohol, tejidos y otras mercancías a África, donde compraban esclavos que luego trasladaban a las plantaciones del Caribe para regresar de allí cargados de azúcar, café, algodón, tabaco y otros productos.

El propio Museo de los Docklands se ubica en un antiguo almacén que servía para guardar aquel azúcar obtenido en el Nuevo Mundo, del que se lucraron la industria manufacturera británica, los comerciantes de esclavos y los dueños de los cultivos caribeños.

La huella de las fortunas amasadas con esa deleznable práctica se palpa actualmente "en todos los sitios de la ciudad: en los bancos, en las aseguradoras, en los nombres de las calles y hasta en la National Gallery", dijo a EFE el director del museo, David Spence.

No en vano, los tratantes de esclavos llegaron a adquirir a éstos a través de la Bolsa de Valores de Londres (London Stock Exchange), mientras el Banco de Inglaterra financiaba las singladuras de aquellos buques cargados de sufrimiento humano.

Asimismo, una gran parte de la herencia artística de la ciudad hunde sus raíces en el tráfico de esclavos, ya que pinacotecas tan prestigiosas como la National Gallery y la Tate Gallery se fundaron con dinero proveniente de aquel despiadado "negocio triangular".

Según Waheram, se trata de "hechos que se habían ocultado hasta hace veinte años, cuando se hicieron investigaciones", si bien el público que visite la exposición podrá descubrir esos secretos y algunos más a través de paneles divulgativos e interactivos.

La muestra recibe al visitante con un enorme tablón negro -como la piel de aquellos pobres desgraciados vendidos como si fueran reses- que resalta en letras blancas un listado de buques, mercaderes y el número de esclavos porteados a diferentes destinos.

Además, unos 140 objetos evocan aquella época, entre los que destaca la "mesa Buxton", en la que el diputado Thomas Fowell Buxton sentó las bases de la Ley de Abolición de la Esclavitud (1833).

También pueden verse -entre otros artilugios- las cadenas de Sam Swiney, un conocido esclavo azotado y condenado a trabajos forzados en 1830 por el mero hecho de ser sorprendido rezando en una iglesia.

Con antecedentes tan oscuros, los Docklands prefieren mirar hoy al futuro por las ventanas de los rascacielos de su moderno centro financiero en Canary Wharf, donde ejecutivos con Ipods conectados a la oreja pasean sus maletines llenos de sueños y ambiciones.

Para llamar la atención de esos viandantes, el museo ha tapado por unos días con una simbólica y llamativa tela negra una estatua de Robert Milligan (1746-1809), empresario enriquecido a partir del cultivo de azúcar en Jamaica, que se alza a las puertas del centro.