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Los mantras del cine de David Lynch

Meditación y trascendencia en Atrapa el pez dorado

CARLOS PRIETO

"A su santidad Maharishi Mahesh Yoqui". Nunca una dedicatoria fue tan esclarecedora. En Atrapa el pez dorado (Mondadori, 2008), ensayo que acaba de publicarse en España, el cineasta David Lynch (Montana, 1946) escribe sobre la meditación trascendental como motor creativo de su cine.

Sí, suena como para echarse a temblar. Tras haber visto a Richard Gere anunciando un vehículo rodeado de monjes budistas y a Sharon Stone diciendo que "China tiene mal karma" (por haber sufrido un terremoto que mató a 70.000 personas), nuestra capacidad para asimilar los desvaríos espirituales de Hollywood se ha visto mermada. No obstante, el ensayo de Lynch es otra cosa: se trata de la autobiografía artística encubierta de un cineasta célebre por su hermetismo respecto a su obra.

Lynch se enganchó a la meditación por una imagen: "Cuando veía en los libros imágenes de yoguis sentados con las piernas cruzadas en la selvas de la India, algo me hacía mirarlas dos veces. No tenían la cara de un hombre que estuviera perdiendo el tiempo. Tenían la cara de un hombre poseedor de algo que yo no solo deseaba, sino que desconocía. Transmitían poder y dignidad y una ausencia total de miedo".

Así que el cineasta decidió ir un día a meditar a ver qué pasaba: "Me senté, cerré los ojos, empecé a entonar el mantra y fue como si estuviera en un ascensor y cortaran el cable. ¡Bum! Caí en la dicha, en pura dicha. Y ahí me quedé".

La meditación le valió para enderezar su primer matrimonio: "¿Dónde ha ido a parar la rabia, me preguntó mi mujer". Manejarse en Hollywood cual guerrero zen: "En el negocio del cine existe mucha presión; hay mucho espacio para la ansiedad y el miedo. Pero trascender consigue que la vida sea más como un juego". Y desarrollar sus ideas creativas: "¿Cómo se traduce esa idea? ¿Cómo la traduces de manera que pase de idea a película o a silla? Se te ocurre una idea y la ves, la oyes, la sientes, la sabes. Actúas y reaccionas. Cuando meditas, ese flujo se incrementa. Es como un baile improvisado. Vas a todo trapo, a todo gas".

Y es que, según Lynch, tanto el cine como la música son lenguajes que pueden expresar abstracciones. Y la vida está llena de abstracciones que solo se comprenden a través de la intuición. "La intuición es la unión de la emoción y el intelecto. Algo esencial para un cineasta. La intuición puede afilarse y expandirse mediante la meditación".

No obstante, tras mantener durante todo el ensayo un encantador tono sobrio, en el último instante, Lynch pide a las autoridades que incluyan la asignatura de meditación trascendental en la ESO. Es entonces cuando pierde el control a la hora de explicar (enardecido) las bondades de esta medida: los chavales estarían más relajados (sin duda), se reduciría drásticamente la delincuencia (dudoso, cuanto menos) y alcanzaríamos de un modo inexorable la paz mundial (delirante). Paradoja: el director de universos oscuros es un hippie de tomo y lomo.

Uno de los ejemplos de intuición lynchiana ocurrió en el rodaje del piloto de Twin Peaks. Lynch decidió que Frank Silva, ayudante de decoración, aparecería en una escena. "Grabamos un plano panorámico del dormitorio con Frank quieto a los pies de la cama. Pero no sabía para qué ni qué significaba. Esa tarde bajamos a la primera planta a filmar a la madre de Laura Palmer. Estaba tumbada triste y atormentada. De repente, veía algo en su mente, se levantaba de un brinco y se ponía a chillar. Grité: Corten: ¡perfecto, precioso! y el operador me replicó:

-No, no, no. No está bien.

-¿Qué pasa?

-Había alguien reflejado en el espejo.

-¿Quién?

-Frank.

Pasan muchas cosas así que te incitan a soñar. Si lo permites, se abre algo totalmente nuevo", asegura.

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