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Molina reclama cultura contra el turista cultural

El ex ministro publica la cuarta parte de sus memorias en forma de guía de viajes

PEIO H. RIAÑO

César Antonio Molina es pre-pop, pertenece al mundo clásico, ese que surge hace más de 2.500 años y acaba con la televisión. Por eso en el libro que presentó ayer en Madrid, Lugares donde se acaba el dolor (Destino), no asoman referencias a canciones como This must be the place (Este debe ser el lugar), en la que David Byrne cantaba dulce y surreal al lugar al que creía pertenecer porque se sentía bien. Sin embargo, sí aparecen en esta cuarta entrega de sus memorias lugares que le calmaron "el dolor físico y espiritual" a lo largo de años viajando.

Los sitios de César Antonio Molina (A Coruña, 1952) están llenos de referencias a sus contemporáneos, que como él mismo explica son Séneca, Diderot, Goethe o Pessoa, "mucho más próximos a mí que mucha de la gente con la que he tenido que trabajar". Dice que ellos le acompañaron y que le ayudaron a dar respuestas, incluso cuando fue ministro de Cultura durante casi dos años.

Su libro parece un best seller pero es justo todo lo contrario. Llega a las 700 páginas, pesa, tiene una bonita portada, pero es lo más parecido a una ofensiva descarada a la industria que habla del "turista cultural", ese que ha matado al espectador y al lector. Por mucho que les pese a sus editores, que para eso tienen a Stieg Larsson, César Antonio Molina confirma que "la cultura no vive sólo de ventas".

"Hay escritores que venden mucho y nos ayudan a los demás a vender poco"

"Hay escritores que venden mucho y nos ayudan a los demás a vender poco. La cultura da conocimiento y placer y te hace saber más libre", cuenta serio y vehemente para aclarar que el rendimiento económico de la cultura marcha detrás del rendimiento intelectual. ¿Pero entonces la cultura puede ayudar a levantar el PIB de un país? "Eso sólo es una consecuencia".

Así que analiza y dispone: "Vivimos en la pura superficialidad, hemos pasado de la alfabetización de todo el mundo a un analfabetismo emocional, sin conocimiento de los grandes referentes, sin saber siquiera la propia historia de cada uno". Él mejor que nadie sabe que siempre ha habido "prejuicios contra la cultura!, como si sólo sirviera a unos pocos. "¡Pero si la cultura la hacemos todos! La gran cultura es la que nos ayuda a ser libres, a respetar a quienes no piensan como tú, a procurar la convivencia. No hay otro camino que el saber", siempre tajante.

Lugares donde se calma el dolor está plagado de múltiples presencias, que arrancan en Nápoles y mueren en Damasco. Un recorrido mayoritariamente europeo, en el que quien se considera poeta antes que nada desata toda su formación acudiendo a la memoria de otros para hacerla suya (desde Pushkin, Lampedusa, Visconti a Derrida). Por eso, Molina cree que su obra "es un antídoto contra el turismo analfabeto". Por eso, Molina cree que "si suprimimos a Velázquez, a Goya, a Miró, a Dalí, a Rosalía de Castro, no somos nada". Y lanza un mensajito para quien quiera recogerlo: "Nuestra importancia en el mundo es esa, no darse cuenta de ello es algo muy grave". Precisamente, insiste en que la política del ministerio que dirigió debe tener la potestad sobre las competencias repartidas por otros ministerios, "sobre todo las de Exteriores". Esa fue una de sus peleas y una de sus derrotas.

Para el detalle: la portada es una estampa de unos jardines italianos enmarcados en unos dientes de película el cine, siempre el cine, a pesar de todo. "No creo que el cine haya influido contra mí". Esa es una bonita metáfora a la reivindicación del libro, dedicado a saber ver y saber explicar lo que se ha visto. Un homenaje a la vista y lo que la vista puede ayudar a la escritura que calma el dolor.

Es inevitable ver a Molina en las últimas páginas del libro, cuando habla de la decapitación de san Pablo y su carta a los Filipenses confiándoles su indecisión: “Tengo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es sin comparación mejor”. Al hilo menciona a Jacques Derrida: “Tememos y temblamos porque ya estamos en manos de dios, siendo libres sin embargo para trabajar, pero en sus manos”. Temiendo y temblando, “sin recibir ninguna explicación ni razón”... ¿una alusión a su salida del Gobierno? Ríe. “Ya lo dijo san Pablo y eso estaba escrito antes de que a mí me pasara nada. Además, a veces es mejor no buscar las explicaciones”. Dice que ya estaba escrito y entregado antes del despido.  

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