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Muere el poeta del carbón

El escritor chileno Gonzalo Rojas, voz de los mineros y enamorado de la sensualidad de la mujer, falleció ayer a los 93 a&ntilde

PAULA CORROTO

Fue el poeta del mineral que tizna, de esa piedra silicosa que provoca que Chile esté lleno de oquedades. Gonzalo Rojas (Lebu, 1917-Santiago, 2011), hijo de un carbonero que murió por el gas grisú, tuvo desde sus primeros versos a los mineros como destinatarios, fue su profesor y les puso en el mundo mucho antes del mediático suceso de Los 33 de la Mina San José. También cantó a la mujer y a su sensualidad, sus piernas y su respiración. Ayer murió a los 93 años en la capital chilena tras sufrir un ataque cerebrovascular el pasado mes de febrero del que no se recuperó. Su hijo, el psicólogo Gonzalo Rojas-May, resumió la existencia del poeta tras dar a conocer el fallecimiento: "Tuvo una tremenda vida". Como los protagonistas de sus versos.

Rojas siempre fue considerado uno de los grandes poetas chilenos tras los totémicos Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Ganó todos los premios posibles: el Cervantes, el Reina Sofía de Poesía, el Nacional de Literatura de Chile, entre muchos otros. No obstante, como también afirmó ayer su hijo, "nunca fue un poeta de puertas para adentro". No fue un escritor de medallas, sino "un hombre sencillo, alejado del mundillo, dedicado a su trabajo, que saca chispas a su página, un poeta profundo, de trabajo impecable, versos intensos", según recuerda a este periódico la escritora chilena Andrea Jeftanovic.

Desde joven, Rojas quiso salir a la calle y palpar la mina y la tierra que araba el campesinado del sur. De ahí que su primer poemario se titulara La miseria del hombre (1948), en el que ya están sus dos grandes temáticas: el trabajador y el amor. Como recuerda Jeftanovic, "en este libro hace una inédita asociación, compara el amor a una fosa común: Si el pensamiento erótico pudiera compararse a una destiladera/ con una inmensa panza contuviera todos los vientres más hermosos,/ y el reloj de su gota anunciara al difunto y al viviente/ la hora eterna y vacía, /ningún varón durmiera sobre rosas, ninguna/ mujer lo devorara por labios y caderas".

Estudiante de Derecho en la Universidad de Chile, pronto se alejó de la capital para trabajar en las minas de Atacama, donde se dedicó a la alfabetización de los trabajadores. En este sentido su persona y su poesía podría compararse con la de Neruda. Sin embargo, como señalan otros poetas, no tenían nada que ver. "Es muy diferente a Neruda. Yo leí mucho a Rojas, sobre todo sus poemas que hablan de la infancia y de la juventud. Él es hijo de una persona del mundo del carbón y eso se nota", afirma a Público el narrador chileno y también premio Cervantes, Jorge Edwards.

El propio Rojas quiso separarse de la poesía de Neruda, como reconoció en una de sus últimas entrevistas concedida al diario chileno La Tercera en la que recordaba a otros poetas de su país: "[Vicente] Huidobro tenía una mente cataclística y sana. Y era duro. Neruda era más llorón y la amistad con él, más suave". Esto se demuestra en el camino que siguió Rojas por el surrealismo como jefe de redacción de la revista Antártica y como miembro del grupo La Mandrágora en el que ingresó en 1938. Precisamente, ayer, el poeta mexicano José Emilio Pacheco definió a Rojas como "el mejor oído de la poesía española". También recordó sus aptitudes la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarell, quien resaltó "el inconformismo, la valentía y la búsqueda de nuevos lenguajes" de Rojas, al que calificó de "un maestro de la palabra y un prolífico creador de obras que le valieron los mayores reconocimientos literarios".

Este sendero surrealista no le hizo tampoco desviarse de sus inclinaciones políticas e ideológicas. En 1970, Salvador Allende, convertido ya en el presidente de Chile, le nombró Consejero de Cultura en China. Más tarde fue nombrado embajador en Cuba, país donde le llegó la noticia del golpe de Estado de Augusto Pinochet y la muerte de Allende el 11 de septiembre de 1973. Por este puñetazo sangriento a la democracia, Rojas, convertido en "un peligro para el orden y la seguridad nacional" se exilió a la República Democrática de Alemana (RDA) y después a la Unión Soviética. Precisamente, en este país escribió Domicilio en el Báltico, en el que predecía la caída del Muro de Berlín y sus consencuencias.

"Mi padre fue un hombre profundamente democrático con todos los riesgos que eso significa, porque era democrático contra todos los sistemas regresivos del mundo", explicó ayer su hijo en unas declaraciones a la emisora chilena Radio Cooperativa.

En 1979, tras una estancia en Caracas (Venezuela) regresó a su país, del que ya no se marcharía nunca. De alguna forma, amaba a Chile y al continente americano con todas sus miserias, como él mismo aseguró en unas declaraciones a la Agencia ANSA en 2009: "Nuestra América es nuestra América, y aunque se caiga el mundo vamos a seguir siendo los temerarios y veremos cómo el siglo XXI, o pasando para el XXII, vamos a estar nosotros, con toda la vivacidad".

Este impulso vital late en toda la poesía de Rojas, a pesar de sus coqueteos con la temática de la muerte, a la que siempre vio demasiado cerca de esos mineros que salían de las profundidades de la tierra envueltos en toses secas. Quizá, como decía el cantante Serge Gainsbourg, quien baila con la muerte es quien más la ama, y para Rojas siempre pareció ser una gran pareja de baile. Si no, es imposible escribir poemas llenos de belleza como Del sentido: Muslo lo que toco, muslo/ y pétalo de mujer el día, muslo/ lo blanco de lo traslúcido, U /y mas U, y mas y más U lo último /debajo de lo último, labio /el muslo en su latido /nupcial, y ojo/ el muslo de verlo todo, y Hado, /sobre todo Hado de nacer, piedra /de no morir, muslo:/ leopardo tembloroso.

Esta poesía llena de palabras que invitan al placer atraparon desde el principio a las jóvenes generaciones de poetas chilenos. Así lo reconocieron en declaraciones a Público Alejandro Zambra y Leo Sanhueza, nacidos en la década de los setenta. "Quienes empezamos a escribir y a publicar a medidados de los años noventa crecimos leyendo a Gonzalo Millán, a Enrique Lihn, a Nicanor Parra y a Gonzalo Rojas; queriéndolos y negándolos, imitándolos o desviándonos amorosamente del camino. Para mí, Rojas fue una revelación", destacó Zambra.

El poeta murió ayer, el día en que empezaban las conmemoraciones del premio Cervantes. Y la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde así lo recordó: "En uno de esos gestos poéticos o de la ficción, la vida ha hecho ese círculo completo".

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