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Comprar artesanía africana en Kenia es cuestión de grado

ISABEL COELLO

Comprar artesanía africana en Kenia es cuestión de grado: del grado en el que uno es embelesado, convencido y timado por vendedores y vendedoras sonrientes, listos y rápidos que analizan cada movimiento de la retina del turista y ponen en sus manos, antes de que tenga tiempo siquiera de pedirlo, el precioso objeto en el que se había fijado. A partir de ahí, a negociar.

Si le pillan las mamas masai que pululan cargadas de pulseras en el paso fronterizo de Tanzania, o a la entrada de los parques nacionales, es probable que, con las prisas, aunque negocie, termine pagando una barbaridad. En los mercadillos de Nairobi logrará un precio alto, pero más razonable, sobre todo si insiste en que es usted español y not american.

Pero hay un lugar especial en el que obtendrá no sólo los mejores precios, sino que podrá sentarse, si así lo desea, y escuchar historias insólitas: se trata del pequeño hotel donde se alojan vendedores llegados de todas partes de África. De Malí, Gambia, Nigeria, Costa de Marfil, Camerún, Congo... El hotelito, le llama la comunidad española expatriada. Está en la calle River, en pleno downtown, cerca de la estación de matatus, los minibuses que animan las carreteras con su temeridad. Es un área por la que es mejor caminar despojado de objetos valiosos o cámaras de fotos.

El hotelito tiene dos plantas y cerca de 40 habitaciones. Allí duermen por siete dólares la noche los vendedores que aprovisionan a los mercadillos, por lo que negociar con ellos elimina de entrada un intermediario y garantiza un mejor precio. Pero no duermen solos. Su mercancía comparte colchón con ellos. Lo normal es llamar a una puerta y esperar unos segundos antes de abrirla. Un vendedor somnoliento le recibirá y hará sitio en su esterilla para que se acomode y contemple todo el género. Unos venden máscaras, otros collares, otros batiks. Según la puerta que se abra, encontrará una especialidad. Vestidos, pequeños objetos de madera tallada, cestos, taburetes...

La mejor parte de la visita puede ser simplemente escuchar las experiencias vividas por los inquilinos de esta Torre de Babel africana.

Tombo, de 38 años, es bajito, tranquilo y de mirada amable. Nacido en Bukavu, en el este de Congo, tiene a su cargo una esposa y nueve hijos, y en su cabeza recuerdos horribles de la guerra. Su familia fue atacada en su ausencia. Con mucho sudor y trabajo ahorró para trasladarles a la capital, Kinshasa, donde ahora viven. Él vuelve periódicamente a Nairobi. Trae cosas para vender aquí y se lleva a casa objetos que en Kinshasa no encuentra, para el puestecillo que regenta frente a un hotel. "Los mejores tapices de Congo los hallas en la provincia de Kasai. Allí los compro", cuenta. Para traer la mercancía, hace en autobús el trayecto desde Lubumbashi hasta la capital comercial tanzana, Dar es Salaam, pasando por Zambia. Desde Dar, otro autobús le llevaba hasta Nairobi. "Cuatro días enteros dura el viaje", añade.

El hotelito está lleno de historias como esta. Y, para las compras, Tombo aconseja: "Divide por cuatro el precio que te oferten antes de empezar a hablar". Palabra de experto.

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