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Ni se te ocurra fumar en el bar... la brigada antitabaco te vigila

Clubes y bares brasileños contratan a guardias de seguridad para evitar multas si su clientela incumple la ley antihumo

HENRIQUE MARIÑO

D-Edge es un club de moda paulistano frecuentado por popies, roqueros, gays y modernos en general que tendrán que extremar sus precauciones para no ser pillados in fraganti con un cigarrillo en la mano.

La sala, situado en un barrio alejada del meollo de la gran ciudad donde ahora abundan los garitos underground a la última, es uno de los locales brasileños que han decidido contratar a vigilantes antihumo.

El motivo es simple: las autoridades cada vez son más estrictas en la lucha contra el tabaco, ya que la nueva ley establece multas que pueden alcanzar los 1.500 euros, además de un cierre forzado que puede ir de las 48 horas hasta los 30 días. En el punto de mira no sólo están los bares y discotecas, sino también los centros comerciales, donde antes eran frecuentes los ceniceros con arena para que los enganchados a la nicotina pudiesen saciar su vicio entre compra y compra.

El veto alcanza todos los espacios donde se despachan alimentos, desde restaurantes hasta supermercados, o se llevan a cabo funciones teatrales. Sí, estará prohibido fumar hasta en los escenarios, lo que ha incomodado al mundo del espectáculo, ya que a partir de ahora habrá que justificar ante un juez el encendido de un cigarro durante una obra teatral. Si el humo no es imprescindible en la comedia o el drama, mejor olvidarse de la escena.

El próximo viernes, pues, entra en vigor la nueva ley antihumo y los establecimientos de ocio de la capital financiera de Brasil se han puesto manos a la obra para no ser sancionados. Para disfrutar las veladas electrónicas de D-Edge habrá que pasar el tupido filtro de la puerta, donde los paquetes de tabaco serán confiscados a los clientes que intenten burlar la norma. Además, habrá carteles recordando la prohibición.

Por si no resultase suficiente, la casa ha contratado a cinco vigilantes más para que nadie se lleve un pitillo a los labios, como señala Vinícius Queiroz Galvão en Folha. Quien haga caso omiso a la primera advertencia de los hombres del pinganillo, no podrá volver a poner un pie en esta disco del barrio de Barrafunda, donde se han asentado clubes de moda aptos para la comunidad roquera como Belfiore y Berlin.

Otros locales evitarán que la gente fume en el baño, retirarán los ceniceros u obligarán a pagar la cuenta antes de salir a fumar un cigarrito afuera, no vaya a ser que el fumador también ejerza de escapista. Una escena —la de fumar en la calle— que no resulta extraña desde hace tiempo en ciudades como Londres o, al otro lado del charco, Montevideo.

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