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La oposición de Argelia denuncia fraude electoral

Los datos oficiales afirman que hubo más participación que hace cuatro años. El presidente Buteflika obtendrá un tercer mandato en unos comicios boicoteados por los partidos opositores

TRINIDAD DEIROS

"¿Qué hay entre un policía y otro policía en Argelia? Un policía". Este chiste que corría esta semana en boca de los argelinos describe el panorama que se vivía el jueves en los colegios electorales de Tizi Uzu, la capital de la región de Cabilia, donde había más policías, de uniforme y de paisano, que votantes.

En la escuela Les Genets, los miembros de las cuatro mesas electorales para varones esperaban en vano, ateridos, a que algún elector apareciera en las aulas mugrientas.

A juzgar por el aspecto de este centro y de la adyacente escuela Dali, donde votaban las mujeres, el presidente Abdelaziz Buteflika no venció a la única rival de peso a la que hacía frente en las elecciones presidenciales que se celebraron en Argelia: la abstención.

La falta de participación electoral no ha dejado de crecer en los últimos años, demostrando el divorcio de los argelinos y sus instituciones políticas. La victoria siempre se dio por segura, pero habría quedado desacreditada si no se hubiera alcanzado el 58% de participación que hubo en las presidenciales de 2004. Entonces, Buteflika venció con casi el 85% de los votos, en medio de denuncias de fraude por la oposición. Ahora, el Gobierno ha anunciado una inverosímil afluencia a las urnas del 62% a las cinco de la tarde.

Tras cambiar la Constitución para poder presentarse indefinidamente, el presidente se asegura un tercer mandato.

El desolado aspecto de los colegios electorales se vio desmentido durante la jornada por las cifras provisionales de participación dadas por el ministro del Interior, Yazid Zerhuni. Éste ofreció durante toda la jornada cifras superiores a las de 2004 a las mismas horas.

El Frente de Fuerzas Socialistas (FFS), uno de los partidos de la oposición que había pedido el boicot a los comicios, denunció el "fraude masivo" y la falsedad de los datos oficiales. La Agrupación por la Cultura y la Democracia (RCD) también denunció una "estrategia centralizada de fraude" y dijo que los datos de participación "están manipulados".

Si el presidente ha recurrido al fraude para conjurar el fantasma de la abstención no será porque no haya desplegado medios para evitarla. En todo el país, enormes carteles con su imagen observan desde hace semanas a los argelinos, mucho más preocupados por la carestía de la vida que por unas elecciones "que no cambiarán nada en un país en el que a uno le duele el corazón todos los días", en palabras de Nuredin, un taxista de Argel de 57 años. No han sido sólo los carteles; también las 8.000 reuniones o actos públicos que han constituido la campaña de Buteflika. La guinda a este cortejo a los votantes la puso ayer un SMS como el que el cabil Mustafá mostraba con no poca ironía: "Cumple tu deber ciudadano de participar masivamente en las elecciones".

Si Buteflika y su inmenso aparato de campaña- sus cinco adversarios han denunciado que ha utilizado los medios y el dinero del Estado para su candidatura- no han conseguido convencer a muchos argelinos, mucho menos lo han hecho en Cabilia, una región tradicionalmente rebelde al poder central que en los últimos años se ha convertido en el feudo de Al Qaeda en el Magreb Islámico, el nombre que tomó el antiguo Grupo Salafista para la Predicación y el Combate cuando rindió pleitesía a Bin Laden, en 2006.

La escarpada orografía de la región y su cercanía a la capital ofrecen un escondite ideal para los terroristas. Durante la jornada electoral, dos bombas hirieron a dos policías cerca de un colegio electoral en la localidad cabil de Imenghenine.

En Tizi Uzu, muchos carteles de Buteflika han sido arrancados de las paredes. Sus rivales, de los que los dos más conocidos son Luisa Hanun, del ex trotskista Partido de los Trabajadores, y Musa Tuati, del Frente Nacional Argelino, apenas si se dejaban ver en algún solitario cartel o en papeletas electorales tiradas en las calles cubiertas de basura.

Jamal tiene 28 años y vende móviles en un mercadillo del centro de la capital cabil, junto a su amigo Mohamed. Ambos se quejaban de la falta de trabajo. Aún así, Jamal aseguraba que iba a votar. ¿Y Mohamed? A la pregunta de si pensaba acudir a las urnas, este joven de 30 años respondió con un irónico "Sí, sí, ahora mismo". A escasos metros, los policías que siguieron durante toda la mañana a los periodistas, observaban en silencio.

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