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Entre puentes y viaductos de trazados imposibles

La Vía Verde de Ojos Negros ofrece más de 150 kilómetros de recorrido por parajes naturales y humanos de una gran diversidad.

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Contemplado a la luz de hoy, el proyecto de Sierra Menera se presenta como la historia de un gran despropósito: aquel que condujo a construir un ferrocarril de vía estrecha de más de doscientos kilómetros de longitud casi paralelo a otro ya existente de vía ancha. En todo caso, así se hizo, aunque fuese para abandonarlo apenas siete décadas después, en los años setenta. Hoy, el largo surco por el que circulaba este tren ya fantasma es la Vía Verde de Ojos Negros, entre Teruel y la Comunidad Valenciana. De los paisajes turolenses a la huerta valenciana, recorrerlo completo es transitar por una gran variedad de paisajes naturales y humanos, cruzados por puentes que constituyen, en sí mismos, toda una experiencia.

El ferrocarril minero de Sierra Menera comenzó a funcionar el 27 de julio de 1907. Transportaba el hierro de los ricos filones de las minas de Ojos Negros, en Teruel, desde donde parte la ruta, hacia el puerto de Sagunto, ciudad en la que termina, y discurría a sólo 15 kilómetros de un ferrocarril de vía ancha. En suma: dos trenes casi paralelos para cubrir un trayecto cuasi idéntico. El resultado no podía ser otro que la clausura del tren minero en 1972. Su segunda juventud le llegó en 2002, con el comienzo de su recuperación como Vía Verde. Cualidades para serlo no le faltaban: más de 150 kilómetros de recorrido por un medio natural de bosque mediterráneo, viaductos construidos como si forzasen la ley de la gravedad y poblaciones singulares. Entre ellas, Sarrión y su típico caserío, el casco urbano de La Puebla de Valverde y la propia ciudad de Teruel, con un conjunto monumental declarado Patrimonio de la Humanidad.

Pero la Vía Verde de Ojos Negros es ante todo naturaleza, la de sus pinares y robledales, la de los paseos por rincones suaves aptos para todo tipo de caminantes, la del paraje de la Dehesa, con un bosque mediterráneo en el que se respira calma. Sobre esa naturaleza se fueron construyendo a lo largo de los años toda una serie de puentes y viaductos. Algunos de ellos se cuentan entre los parajes más fascinantes de la ruta, como es el caso del viaducto de Albentosa, que salva un profundo barranco con sus 7 arcos y sus 50 metros de altura. Desde arriba, los altos chopos parecen de juguete y entre ellos culebrean las aguas del río Albentosa. Es también el caso del conocido como "Puente Chispo": 22 metros de altura y 89 de longitud.

Los puentes continúan superando barrancos hasta la llegada al punto de llegada, Sagunto, en la provincia de Valencia. Atrás han quedado más de 150 kilómetros de historia, naturaleza y paisajes diversos para guardar en la retina del caminante.


www.viasverdes.com

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