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El último rey del techno

Mawangu Mingiedi, un septuagenario procedente de Congo, asombra a los gurús de la electrónica mundial con su grupo Konono Nº 1, que hoy inaugura el Sónar

JESÚS MIGUEL MARCOS

Se llama Mawangu Mingiedi, tiene 72 años y vive en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo (RDC). Conociendo estos tres datos, lo razonable es pensar en un jubilado africano que vive una vida humilde y relativamente apacible acompañado de su familia. Lo increíble sería imaginarle dando un concierto en Nueva York, firmando autógrafos en Tokyo, grabando con Björk o abriendo la 16 edición del Sónar de Barcelona. Pues ahora toca imaginar.

Mingiedi creció en una pequeña población en la frontera entre Angola y la RDC, el antiguo Congo Belga. Su interés era la música, desde niño. Su padre le enseñó a tocar instrumentos tradicionales, normalmente fabricados con madera o con cuernos de animales. No era un virtuoso, pero se manejaba con pericia y años después ya intentaba ganarse la vida tocando en bodas, funerales y también en la calle. Se veía obligado, eso sí, a combinar sus conciertos con trabajos esporádicos, principalmente como conductor de furgonetas.

Cuando estalló la guerra en Angola, huyó con su familia hacia Kinshasa. Corría la década de los setenta, Mobutu gobernaba Zaire -como se conoció a la RDC entre 1971 y 1997-con mano de hierro y el contacto con el exterior era mínimo. A salvo de las balas, pero no del hambre, Mingiedi se lanzó a las calles acompañado de su likembe, un extraño instrumento africano también conocido como piano de pulgar. Consiste en un grupo de lengüetas de bambú adheridas a un resonador de madera. Al presionarlas con los pulgares, rebotan contra el tablero produciendo un peculiar sonido.

En las calles de las pequeñas poblaciones angoleñas donde creció, el likembe resonaba con intensidad, pero en una gran capital como Kinshasa la gente ni se percataba de la presencia de Mingiedi. Le faltaba volumen. Así que de una manera totalmente artesanal, precursora del punk que ensalzaría el hazlo tú mismo, fabricó un nuevo likembe con chatarra. Sustituyó las lengüetas de bambú por otras metálicas que encontraba en desguaces de vehículos. Esto aumentaba la resonancia del instrumento, pero no era suficiente, así que Mingiedi confeccionó unos micrófonos caseros que enchufaba a grandes megáfonos.

Con semejante cacharrería y otros músicos amigos, fundó Konono Nº 1 en los setenta. El sonido que salía de aquellos likembes eléctricos estaba un poco distorsionado, pero a Mingiedi no le importaba. Como en la música punk, él lo que quería era que sonara alto y poco a poco aquel ruido le empezó a gustar de verdad.

El repertorio estaba compuesto básicamente por canciones de la etnia Bazombo, puro folclore africano, pero introducido en la batidora sónica de Mingiedi, aquello se transformaba en algo que sonaba a una mezcla de tribalismo experimental y electrónica de vanguardia.

Aquella era una propuesta difícil de entender para la población de Kinshasa. La música no les daba para vivir y, finalmente, Konono Nº 1 se disolvió. Mingiedi fue dando tumbos con trabajos de poca monta hasta que terminó convertido en un vagabundo y desapareció. No se supo de él en más de 20 años.

Justo antes de que Konono Nº 1 agotara su primera vida, realizaron la única grabación de su carrera. Fue gracias a un musicólogo de una radio francesa, que viajó a Kinshasa para grabar a los grupos que tocaban en la calle. Ese disco, titulado Zaire: Músicas urbanas en Kinshasa y grabado en 1978, no fue editado hasta una década más tarde. El álbum llegó a manos de Vincent Kenis y Michel Winter después del año 2000. El primero dirige el sello Crammed, especializado en música africana, y el segundo es mánager de varios grupos del continente negro. Cuando escucharon la canción que Konono Nº 1 había grabado en 1978 se quedaron alucinados."Decidimos ir a buscarlos", relata a Público Michel Winter, actual mánager del grupo. "Fue hace seis o siete años. Estábamos muy interesados en aquel sonido. Volamos a Kinshasa con pocas esperanzas, porque Mingiedi había desaparecido. Poco a poco, de iglesia en iglesia, gracias a gente que había oído hablar de él, le encontramos. Vivía retirado con parte de su familia. Le preguntamos por el resto de miembros de la banda y dijo que no sabía, que algunos habían muerto y otros vivían en Angola. Le planteamos buscar músicos y grabar un nuevo disco de Konono Nº 1 y no se lo pensó dos veces: aceptó". Con ayuda de sus hijos, nietos y gente de su familia, Konono Nº 1 resucitó.

Congotronics, el primer álbum de Konono Nº 1, apareció en 2004. "Músicos que hacían techno y artistas alternativos de todo el mundo, de Japón, Estados Unidos o Inglaterra, se quedaron muy sorprendidos con el disco. Algunos decían que era muy nuevo, que era lo que estaban intentando conseguir con sus ordenadores", explica Winter.
No es una broma: con tres likembes eléctricos, percusiones caseras -con sartenes, cazuelas y capós de coches- y tres cantantes, hay instantes que parecen techno estridente, krautrock experimental e incluso rock industrial bastante marciano. Es el caso de Ungui Wele Wele, Kule Kule Reprise y, sobre todo, TP Coleur Cafe, canciones que se pueden escuchar en el Myspace de la formación (www.myspace.com/konononr1).

Congotronics se convirtió en su visado. Mingiedi nunca había salido de la RDC y, con casi 70 años, comenzó a viajar por todo el mundo al frente de Konono Nº 1. "Para ellos, es un sueño ganar dinero con lo que les gusta hacer. También les sorprende mucho que públicos de lugares tan distintos se interesen por su música, ya que en sus lugares de origen suelen tocar para comunidades muy concretas y reducidas. Por ejemplo, en Kinshasa sólo les conocen en su comunidad", afirma su manager.

Nº 1 circuló entre los gurús de la música electrónica mundial y llegó a oídos de la islandesa Björk, que los invitó a colaborar en su disco Volta (2007). "Evidentemente, ellos no había oído hablar nunca de Björk", puntualiza Winter.

Como tampoco conocían al grupo de post-punk holandés The Ex, que versionaron un tema de Konono Nº 1 en uno de sus últimos discos; ni de Underground Resistance, pioneros del techno político, que se ofrecieron a colaborar con ellos; ni mucho menos de Tortoise, una de las bandas de rock vanguardista más influyentes de los noventa, con los que estuvieron a punto de hacer una gira que finalmente se frustró por problemas con los visados del grupo.

El año pasado, el grupo se vio obligado a suspender más de 35 conciertos, entre ellos su actuación en el Sónar, porque no les concedieron los pasaportes para salir de su país. "Fue horrible -recuerda su mánager-; nos quedamos en bancarrota. Perdimos muchísimos billetes de avión y para ellos fue un momento muy difícil, porque viven de esto". Pese a que la posición económica de los miembros del grupo había mejorado mucho desde que comenzaron a girar por el mundo, esta cancelación les llevó a situaciones límite. "Mingiedi, que tiene una gran dignidad, llegó a llamarme desde Kinshasa para que le enviara 20 dólares", confiesa Winter.

Este año podrán completar su gira española sin problemas. A su concierto de hoy en el Sónar de Barcelona, hay que añadir tres fechas más: el sábado, en el Festival Sinsal_7 de Vigo; el 3 de julio, en el Festival Cruilla de Culturas de Mataró (Barcelona), y el 24 de julio, en La Mar de Músicas de Cartagena.

Una gira mundial con Konono Nº 1 debe ser una experiencia muy peculiar. "Siempre están comparando los lugares que visitan con su propio país. Suelen decir: ‘Esto es el paraíso'. Porque donde van todo funciona y está bien organizado. Kinshasa es una ciudad muy caótica: hay cortes de electricidad seis o siete veces al día. A veces duran una hora y otras, una semana. Y estamos hablando de la capital del país", cuenta Winter.

La palabra Konono se utiliza para definir la posición que se adopta cuando uno está asustado, ante el estallido de una bomba, por ejemplo. El efecto de asistir a uno de sus conciertos, auténticas maratones musicales, puede ser similar. Una bomba de ritmo e
intensidad.

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