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Sangría y taconeos para aliviar el bochorno

ANA REQUENA

El autobús con destino Sevilla va lleno. Dentro somos una mezcla de guiris y nativos con ganas de llegar a la ciudad y salir de ese bus incómodo y algo guarro. En los asientos de al lado unos niños alemanes con cara de mala leche juegan a la game boy. De vez en cuando se dan patadas o collejas: son hermanos. Todos los de alrededor deseamos profundamente que la batería de esas pequeñas máquinas dure hasta Sevilla.

Sus padres, unos enormes alemanes con sombreros de paja, están tranquilamente sentados diez filas por delante. Cuando paso por su lado mientras busco mi sitio, el hombre está devorando una bolsa de doce magdalenas. Una hora después, el tipo se acerca a sus hijos y les ofrece amablemente las dos últimas y rotas magdalenas que quedan, en la que ha echado los envoltorios de las que se ha comido. Puro amor paternal, pienso.

De repente, el tipo se pone nervioso. Se levanta. Mira hacia todos lados. Comienza a farfullar frases que nadie entiende. Finalmente, se decide y grita: ¡¿hay alguien en este autobus que hable inglés?! ¡¿qué coño pasa aquí?! Al parecer no está familiarizado con los autobuses de línea españoles y no entiende por qué llevamos una hora de retraso sin ninguna explicación aparente. Su desesperación llega al cúlmen cuando el conductor hace una parada en medio de ninguna parte para que una chica a la que se ve muy apurada haga sus necesidades detrás de un árbol. Spain is different, amigo.

Llegamos a Sevilla con tanto retraso que la excursión a Aznalcóllar que tenía prevista resulta inviable. Estoy dispuesta a explorar la ciudad, pero el calor lo pone difícil. Hasta que no llega la noche no me atrevo a asomar la patita a la calle, donde me esperan cuarenta grados y calles vacias. "En agosto, Sevilla cierra por vacaciones", dicen.

En más de diez minutos andando me cruzo apenas con cinco personas. Sólo dentro de los bares con aire acondicionado puede verse gente y además, la mayoría de los locales más típicos de Sevilla están cerrados. Los sevillanos han emigrado a Matalascañas. Entre las céntricas calles de Sierpes y Tetuán, los que quedan se citan para beber una cerveza en alguno de los bares abiertos.

Me cuentan que no hay nadie en Sevilla que no haya pasado por La Carbonería, "algo más que un tablao flamenco". Encima del pequeño escenario hoy actúan Juan Torres, David de los Santos y la bailaora Ana Japón. El local está a reventar y el público, entregadísimo, aplaude en cada pequeño silencio. Las jarras de sangría se llenan por docenas.

Este no es el típico tablao para turistas. Hay guiris, sí, pero también sevillanos y público entendido. Por aquí han pasado los grandes del flamenco y todos los que actuan son profesionales. Dentro, el calor es aún más asfixiante.

Ana Japón aprovecha el descanso para secarse el sudor en el patio y tomarse una bebida energética. Los tres recargan fuerzas para lo que queda de noche. La cercanía del público es uno de los encantos de este sitio pero también uno de los incovenientes. "Trabajar aquí es más difícil que trabajar con Farruquito, aquí estamos sólo tres delante de todo el público y hay que estar mandando callar continuamente", dice David.

Cuando acaba la actuación, hay quien se les acerca para hacerles fotos y hasta para pedirles autógrafos. David recuerda una anécdota: "Un día, un guiri se me acercó después de una actuación y me dijo que si podía hacerme una pregunta. Le dije que sí y el tio me preguntó: ¿qué es el flamenco? Le dije que lo buscara en gugle, ¡cómo iba a yo a explicarle algó así en cinco minutos!

Más tarde, y en un busca de un poco de aire que apenas llega, paseo hasta el puente de Triana, que se está llenando de candados. Se ha convertido en la versión sevillana del puente del amor de Roma. Ahora, los enamorados vienen aquí a sellar su amor con un candado y tiran la llave al río Guadalquivir. Es curioso verlo, pero sigue sin convencerme eso de que cerrar un candado sea el símbolo del amor.

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