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Billete de ida a Marte

Jim McLane, ingeniero retirado de la NASA, propone que un colono funde un nuevo mundo marciano

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Clint Eastwood, Tommy Lee Jones, Donald Sutherland y James Garner representaban en la película Space Cowboys a la generación de pilotos de las misiones Apolo: astronautas de cuero repujado, con piernas arqueadas sobre botas de espuelas y mejillas de granito en las que se podía afilar un hacha.

En la cinta, dirigida por Eastwood, los vaqueros estelares se enfrentaban a una nueva hornada de yogurines espaciales, empollados entre diplomas de algodón en universidades privadas y bañados en crema hidratante.

Para James McLane, ingeniero aerospacial retirado de la NASA , es aquel viejo espíritu el que debería rescatarse a la hora de plantear la que él considera la única opción viable para que la exploración humana de Marte sea una realidad: un viaje con un único tripulante y sólo con billete de ida. En resumen, un colono, no un turista.

Eliminando el regreso a la Tierra, se deja fuera de la ecuación la variable técnica más compleja y costosa de una misión marciana, y reduciendo la tripulación a una sola persona –o a una pareja fundadora de Adán y Eva marcianos–, se puede dedicar la mayor parte de la carga útil a provisiones y equipo.

Tecnológicamente, el desafío no es menor. Sólo cinco artefactos –menos de la mitad de los que lo han intentado– se han posado con éxito en Marte desde que la primera nave Viking lo lograra en 1976. Los fracasos han sido sonados, incluido el de la sonda europea Beagle 2 hace cinco años.

A la complejidad técnica de cualquier vuelo a Marte, el viaje tripulado añade la larga duración del trayecto, unos nueve meses que, según McLane, podrían salvarse sumiendo a los tripulantes en un estado
parecido a la hibernación.

Con todo, la propuesta de este veterano de la ingeniería espacial reduciría el tiempo necesario para poner el pie en Marte. Los actuales programas de las agencias espaciales no contemplan un hito semejante en los próximos 25 años.

El esquema de McLane sería viable, asegura, en menos de 10 años, un plazo adecuado para que los ciudadanos no bostecen ante un proyecto que muchos de ellos no llegarán a ver.

Pérdida de interés

Las sugerencias de McLane afloraron hace dos años en la revista The Space Review , y han encontrado nuevo impulso gracias a un reportaje de Nancy Atkinson en la web Universe Today .

En su artículo original, el ingeniero lamentaba que el público haya perdido el interés por la exploración del cosmos desde las gestas de los Apolo, que en 1969 culminaron con el “gran salto para la Humanidad” de Neil Armstrong sobre el polvo lunar.

Para McLane, lo que ha cambiado no son los gustos del ciudadano, sino la orientación de los programas: “Los esfuerzos post-Apolo han sido poco más que experimentos tecnológicos, estudios de diseño, maniobras políticas internacionales y entrenamiento para la industria aerospacial y de defensa”. Y concluye: “El entusiasmo del público por estas aburridas iniciativas está disminuyendo”.

Según McLane, es el aspecto de la conquista humana, más que el provecho científico, lo que engancha la emoción popular al estribo del cohete. El valor de la proeza era el argumento que presidía los discursos del presidente Kennedy, como el que cita McLane, pronunciado en 1962: “Elegimos ir a la Luna en esta década no porque es fácil, sino porque es duro, porque esa meta organizará y medirá lo mejor de nuestras energías y capacidades, porque deseamos asumir este reto...”.

Seguridad frente a progreso

Frente a esta épica de la superación, el ingeniero reprocha a la NASA, organismo en el que ha trabajado durante 21 años, que hoy embride el progreso con una exagerada obsesión por la seguridad de las misiones.

La aviación moderna, prosigue McLane, se asentó sobre el sacrificio de innumerables pilotos de pruebas, mientras que el programa de motores hipersónicos X-15 de la agencia espacial se canceló al primer accidente, privando a la humanidad de las ventajas que habría aportado esta tecnología.

En contraste con la actitud timorata de la Administración de su país, el ingeniero recuerda el frustrado programa soviético de exploración lunar, diseñado para un tripulante en solitario: “Los cosmonautas son básicamente pilotos de pruebas, enfocados a lograr que el trabajo se haga. Los astronautas americanos se eligen por cosas como sus habilidades sociales y su facilidad para hablar”.

A la propuesta, que su autor bautiza como “el espíritu del águila solitaria” –en homenaje al pionero de la aviación Charles Lindbergh–, no le faltarían, dice, candidatos entre los 6.000 millones de habitantes del planeta.

Razona que miles de exploradores a lo largo de la historia han acometido empresas semejantes, y que montañeros o submarinistas arriesgan sus vidas todos los días en pos de un ideal que, asegura, en este caso serviría para unir a la Humanidad haciendo patente un “vínculo de hermandad que alumbraría una nueva era de cooperación internacional y respeto por los valores humanos”.

Héroe universal

Pero McLane no pide suicidas. Su propuesta incluye misiones previas no tripuladas que depositarían en Marte lo esencial para la supervivencia del fundador.

Éste podría instalarse en el lecho de un cañón –al abrigo de la radiación cósmica y donde la presión atmosférica es máxima– y cobijarse en cuevas.

Cada 26 meses, el tiempo que tarda en abrirse una nueva ventana de lanzamiento entre la Tierra y Marte, misiones sucesivas nutrirían la colonia con otros miembros que, como tantas veces antes en la historia de la Humanidad, emprenderían la construcción de un nuevo mundo.

Aunque McLane deja su posible regreso en manos de las futuras generaciones, es probable que nunca pudiesen hacerlo; pero si, como vaticina el padre de la propuesta, los marcianos se convirtieran en “héroes universalmente admirados, ¿acaso alguno de ellos realmente elegiría volver?”.

Siguiendo la propuesta de McLane, la selección del ‘marciano’ se convertiría en el mayor ‘casting’ del mundo, implicando a toda la Humanidad en la aventura del pionero que se sentiría arropado por el fervor popular: “La comunicación constante proporcionaría al ‘marciano’ el apoyo y la presencia virtual de la sociedad”, asegura el ingeniero.

“Aquí en casa todo el mundo sentiría un genuino interés y simpatía hacia él o ella”. McLane predice que “el mundo seguiría cada uno de sus movimientos por televisión, se deleitaría en su lucha por la supervivencia, y celebraría sus innovaciones, sus éxitos y su valentía.

Los pueblos de la Tierra se agarrarían a cada una de sus palabras y sus opiniones recibirían especial consideración, ya que su separación le daría una perspectiva única en los asuntos terrestres”.

McLane reinventa así el ‘show de Truman’, la parábola cinematográfica que escalaba el ‘reality show’ a proporciones planetarias. Pero a diferencia del personaje que interpretaba Jim Carrey, el ‘marciano’ sería consciente de su papel.

¿Ha convertido ya su idea en un proyecto detallado?

He trabajado 21 años en ingeniería aerospacial y casi otros 20 en el sector privado. Un aterrizaje tripulado en Marte es posible en 10 años. Pero mi experiencia me dice que no conviene establecer tan pronto un diseño detallado; sería fácil descalificarlo y hacer que pareciera imposiblemente caro o técnicamente desalentador.

Hay grandes retos; por ejemplo, aún no se ha probado la teoría para posar objetos pesados en Marte. Pero las técnicas que usamos para poner al hombre en la Luna no existían cuando empezó el programa Apolo. Lo mismo ocurriría hoy, pero los retos son menos importantes.

¿Cuál es la reacción de la NASA ante su propuesta?

El grueso del trabajo de la NASA lo hacen contratistas técnicos bajo la dirección de empleados del Gobierno. Yo trabajé para estas compañías. A los contratistas como yo, no se nos animaba a hacer sugerencias independientes e innovadoras. Hace unos 10 años, propuse mi idea en una presentación técnica. ¡La cuestión fue ridiculizada por el orador!

Pero ahora que he dejado la agencia, soy libre de promover ideas inusuales como ésta. Espero que el conocimiento público de la idea induzca a la NASA a estudiarla seriamente. Si no, tal vez lo haga otra entidad espacial que quiera llevar al mundo al siglo XXI.

Voces como la del ex astronauta Buzz Aldrin han sugerido cosas similares.

He oído a Buzz Aldrin hablar a menudo y su entusiasmo es crítico para lograr que algo se haga. Los autores de ciencia-ficción han jugueteado con el concepto, pero eran ideas de soñadores, no pronósticos de experimentados ingenieros y astronautas. Yo propongo algo que es factible y para lo que tengo la experiencia adecuada.

Entonces, ¿la principal objeción es de tipo ético?

Esta misión no propone el suicidio, sino una expedición de alto riesgo con la posibilidad de vivir indefinidamente en Marte. Él o ella simplemente nunca regresarían. Pero sí, hay objeciones. Entre los 1.000 comentarios que he recibido, hay desde adhesiones entusiastas a absoluta
repugnancia e indignación.

¿Podría una empresa privada abordar la misión?

Sería tan caro que sólo los estados pueden costearlo. Pero no se puede persuadir al contribuyente con promesas de retornos financieros. Habría enormes beneficios, pero no cuantificables. Apolo se llevaba el 3% del PIB de EEUU, cinco veces más dinero que la URSS, que no consiguió poner un hombre en la Luna. Sin grandes fondos no hay grandes resultados.

Esos fondos estimularían la innovación y además el programa inspiraría a la gente joven del mundo, desanimada por la falta de objetivos para la humanidad y la pérdida de referentes de la vida moderna.